1 de mayo: Día Internacional de los Trabajadores. Conmemoración del movimiento obrero mundial. Jornada para las reivindicaciones sociales y laborales a favor de las clases trabajadoras. Etcétera, etcétera, etcétera. Una fecha histórica que casi nadie conoce su origen. Lo comprobé esta semana entre una docena de amigos y conocidos. Pregunté: “Oye, ¿por qué se celebra el Primero de Mayo?”. A excepción de dos, el resto desconocía que su origen hubiera que encontrarlo en el Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional, celebrado en París en 1889, como una jornada de lucha reivindicativa y de homenaje a los Mártires de Chicago, sindicalistas que fueron ejecutados en Estados Unidos por participar en las jornadas de lucha por la consecución de la jornada laboral de ocho horas, que tuvieron su origen en la huelga iniciada el 1 de mayo de 1886. Y aquí quiero llegar: reivindicaban la jornada laboral de ocho horas. Y algunos pensarán: ¡Qué barbaridad, qué indignante, qué osadía, qué delirio de lunáticos poco patriotas!

Pues ya ven, las reivindicaciones del siglo XIX y las sucesivas reclamaciones de los trabajadores han conseguido que la jornada laboral se haya reducido en la mayoría de los países. Y lo curioso es que el crecimiento económico no se ha estancado ni el progreso social ha empeorado por “culpa” de que los trabajadores dediquen menos horas a producir bienes y servicios. Sin embargo, aún hay personas que siguen pensando que la mejora de la productividad es fruto de trabajar más; es decir, cuantas más horas de trabajo, mejor. No hace mucho tiempo, un expresidente de la CEOE reivindicaba que en España había que trabajar más horas para ser más competitivos. ¡Qué barbaridad! Menos mal que los datos de los países vecinos que destacan por tener una economía mucho más productiva que la nuestra indican que la jornada laboral es menor que aquí. Por ejemplo, los países con menos horas de trabajo semanales son Holanda (30), Dinamarca (32), Noruega (34) y Alemania (34). Y no parece que en esos países se viva peor que por estos lares.

Algunas lecciones. Primera: los derechos laborales (reducción de la jornada laboral, salario mínimo, conciliación de la vida familiar y laboral, reducción de la brecha salarial, etc.), como el resto de derechos sociales, civiles o políticos, se conquistan, no son limosnas de quienes tienen agarrada la sartén por el mango. Segunda: si la jornada laboral se ha ido reduciendo progresivamente y no se ha producido ningún cataclismo económico, ¿por qué se ha armado tanta algarabía cuando hace unas semanas Íñigo Errejón ha reclamado que se empiece a hablar de la jornada laboral de cuatro días semanales? Tercera: el trabajo ya no es lo que era, las relaciones laborales han cambiado drásticamente y la adaptabilidad es y será la principal virtud para hacer frente a los retos del presente y del futuro. Y si no lo creen, lean el maravilloso libro “El trabajo ya no es lo que era. Nuevas formas de trabajar, otras maneras de vivir”, de Albert Cañigueral. Deseo que ustedes lo saboreen. Si el tiempo de trabajo se lo permite, claro.