El impacto que la pandemia ha tenido entre los mayores dejará una huella indeleble. En primer lugar, por haber sido el colectivo más castigado, que más ha sufrido la enfermedad con una elevada mortandad. La situación vivida tanto en residencias como en otros centros geriátricos, la incapacidad de alcance del sistema sanitario, ha sacado los colores a toda la sociedad. La única esperanza es que tanto sufrimiento suponga un punto de inflexión en las políticas desarrolladas hasta ahora para colectivos a los que, injustamente, se les ha tratado como menores de edad, sin tener en cuenta su opinión y voluntad en muchos de los casos.

Ahora, que las generaciones más longevas tienen casi la inmunidad al haber sido los primeros, qué menos, en recibir las ansiadas vacunas contra el COVID-19, el colectivo respira un poco menos intranquilo. Pero son muchas las consecuencias que, sobre la calidad de vida de demasiadas personas, tendrán tanto si han sufrido la enfermedad como si han tenido que hacer frente a las restricciones y al duro confinamiento de hace un año. Los geriatras y especialistas de los centros de día ya han confirmado el deterioro motor y cognitivo en muchos mayores que se valían por sí mismos antes de la pandemia. En no pocos casos, uno de los problemas que se apuntaban como el miedo principal al que se enfrenta la población a medida que cumple años, la soledad, ha sido su única compañera durante demasiados meses al cerrarse los espacios sociales que servían de escape para quienes carecen de familia bajo su mismo techo.

Los hogares unipersonales aumentan cada vez más. Los datos publicados por este periódico este pasado mes de abril cifraban en 23.500 los zamoranos que los ocupan, en gran parte, mayores. La tendencia al alza se mantiene y ha crecido en los últimos cinco años, pese a que, en términos generales, la despoblación de la provincia ha supuesto la desaparición de 3.500 hogares desde 2014. Las viviendas en las que habita una sola persona en Zamora son ya más frecuentes que los pisos en los que residen matrimonios con hijos.

Morir solo y que te descubrieran al cabo de unos días porque nadie te echaba de menos ha dejado de ser patrimonio exclusivo de las grandes ciudades

Cuando la soledad no es una opción, sino la única alternativa, y sobre todo si, como sucede, abundan y afectan a la salud de las personas, nos enfrentamos a un problema social. De la magnitud de lo vivido durante los meses más duros de la pandemia da fe el trabajo realizado por organizaciones como Cruz Roja, cuyos voluntarios constituyeron un servicio de apoyo telefónico que recibió más de 3.000 llamadas durante los tres meses de confinamiento. Antes de la pandemia, Zamora no contaba con ningún plan específico contra la soledad más allá de la teleasistencia y la ayuda a domicilio. Morir solo y que te descubrieran al cabo de unos días porque nadie te echaba de menos ha dejado de ser patrimonio exclusivo de las grandes ciudades. La mitad de los rescates que realizan los bomberos de la capital zamorana se deben a incidentes protagonizados por personas mayores, solas, que han sufrido algún percance y carecen de un socorro cercano.

En el otro fiel de la balanza, hay también una clara mayoría de personas que, una vez finalizada su vida laboral, optan por seguir viviendo en su propio hogar. Un derecho legítimo, una opción que nunca debe suponer el descuido de las condiciones de vida y de envejecimiento activo de quienes se decantan por seguir en su casa. La fórmula que combina servicios y áreas comunes con la independencia e intimidad que solo proporciona el hogar propio, ha dejado de ser una experiencia casi experimental para convertirse en el modelo de las nuevas políticas sociales.

Ese es, al menos el proyecto defendido desde la Consejería de Familia de la Junta de Castilla y León, que planea para Zamora la construcción de un complejo de 300 viviendas de pequeño tamaño que conformen, en conjunto, una residencia dotada de todos los servicios necesarios, incluidas las actividades que fomenten la inclusión social y alejen el fantasma de la soledad impuesta. El proyecto opta a los fondos europeos de reconstrucción y está valorado en 16 millones de euros.

Otras iniciativas tienen que ver con la implantación de nuevas tecnologías en los centros residenciales para los más dependientes, en viviendas dotadas con sensores y asistentes digitales. La iniciativa se ha puesto en marcha en la provincia de Soria, otra de las grandes afectadas por la despoblación. Y está claro que la tecnología está llamada a revolucionar todos los sectores, también el de los cuidados sociosanitarios, pero en ese caso el reto es aún mayor: debe contarse con la conectividad necesaria, que escasea aún en provincias como Zamora, y, además, tener en cuenta la habilidad y el manejo del usuario.

Porque, aunque reclamamos de continuo la evidente necesidad de contar con un plan de digitalización que ponga a Zamora en el lugar que le corresponde con un servicio que puede ser considerado tan necesario como el suministro eléctrico, nunca se pone el acento en cubrir las carencias en formación de determinados colectivos a la hora de convertirse en usuario de Internet. Parte de esa soledad indeseada se palía con el acceso a la información que ahora tienen vetado, sobre todo, en el mundo rural.

Y sí, en los pueblos podría parecer, a priori, el lugar donde el sentido de lo colectivo prima sobre la individualidad que conduce a las peores soledades en las grandes urbes. Por eso, todos los recursos, incluidos los tecnológicos, resultan imprescindibles para cumplir el deseo de quienes quieren permanecer en su entorno porque así lo deciden. Si, al fin, la sociedad deja de tratar a los mayores, una población de la que todos, al menos los más afortunados, formaremos parte algún día, como si carecieran de criterio propio, los responsables de las políticas sociales tendrán que cambiar urgentemente de “chip”.

Lo importante es dejar de identificar edad con decadencia vital y con problema social. La denominada “sylver economy” tiene en ello su base, con la creación de servicios de calidad que redunden en creación de empleo para otras generaciones más jóvenes. Tras la pandemia, los emprendedores buscan nuevos nichos incluso en esa temida soledad, inventando fórmulas para combatirla. El proyecto de un zamorano, Javier Benavente Barrón, tiene, precisamente, ese objetivo, y con ello ha ganado el prestigioso Global Impact Award. Su apuesta: “Ilumina una vida”, que desarrolla las posibilidades de ayuda efectiva contra el aislamiento social, ha sido elegida entre las de catorce galardonados de toda Europa. El ejemplo quizá sirva para marcar un halo de esperanza, devolviendo la mirada a valores éticos que parecieron olvidados durante los peores días del COVID.