Nadie me dijo que ser madre es divertido. Había oído, claro, que es sacrificado, que te cambia la vida, que duermes poco. Tres verdades. Pero nadie me dijo, no vi en ningún sitio, que ser madre es una dosis continua de una alegría pura, brutal, inasible. El mundo es nuevo de nuevo. La vida es más ancha, más transitable.

En las series y en algunos clubes que ahora están de moda, la imagen es la de la madre que quiere salir huyendo a reencontrarse con el mundo adulto, reducido siempre a una mesa con gin-tonics. A mí cada tarde me alivia el camino contrario: apago el ordenador lleno de calamidades y odios para refugiarme en el mundo infantil de mi hijo. Por la mañana remoloneo para no salir de él.

Dicen que ser madre te quita tiempo, yo creo que te lo regala. Por primera vez en mi vida puedo dedicar muchas horas solo a estar en familia. Antes también podía, claro: pero aún participaba de esa tiranía que nos impone estar todo el tiempo haciendo “algo”.

Ejemplos de “algo”: tomar una cerveza con un par de personas que ni fú ni fá, aturdirse un rato más en esa caja sin agujeros que también son las redes sociales, regalar horas y juventud a una empresa que no te sujetará el pelo cuando vomites.

Que no nos digan que las palabras que han sostenido a la humanidad durante todas las atrocidades de la historia -amor, familia, hermano- ya no son tendencia

No hace falta, claro, ser madre o una pandemia para romper ciertas ataduras modernas. Pero a algunas nos ha servido esa conjunción para hacerlo antes.

El otro día, unas jóvenes criticaban en Twitter a Mónica García, candidata de Más Madrid, por mencionar que es madre. Decían que eso no es de izquierdas. A Ana Iris Simón la llaman ahora “falangista” porque ha escrito un libro en el que dice que tiene envidia de la vida que tenían sus padres a su edad, los 30 años.

Yo también la tenía. Yo quise la vida que no tuvieron mis padres: salir fuera, trabajar sin uniforme, ir mucho al cine. Pero mientras hacía todo eso, lo que más quería era encontrar la vida que siempre han tenido mis padres: una familia sólida, una casa grande, la lumbre siempre encendida.

Encontré lo segundo haciendo lo primero: tuve mucha suerte. Sé que tenía todos los números para creer que el único camino posible es el precipicio neoliberal al que han abocado a mi generación: prioriza el trabajo, vive solo para ti, ama de usar y tirar, no tengas hijos. Hártate de tostada de aguacate (hay cosas mejores que hacer con el aguacate, por cierto).

Que no nos nieguen la capacidad de elegir. Y si con sus cartas -las del mercado, las del poder- no podemos ganar la vida que queremos, rompamos la baraja. Que también hay dominó, y hay parchís.

Que no nos digan que las palabras que han sostenido a la humanidad durante todas las atrocidades de la historia -amor, familia, hermano- ya no son tendencia. Dividen, porque quieren vencer. Nos quieren cansados, abatidos y quejumbrosos, porque saben que no hay nada más poderoso que la alegría. Y los niños son, como dice mi abuela todo el rato, la alegría del mundo.