El negocio de la prostitución causa mucho sufrimiento. Y mientras exista la prostitución habrá esclavitud, abusos y situaciones denigrantes para muchas de las mujeres que por voluntad o en contra de su voluntad caen en las redes mafiosas de los centros de expedición de sexo fácil para puteros, que son el adjetivo que reciben todos esos hombres dispuestos a pagar una cantidad por echar un polvo.

La prostitución hay que abolirla y no hay excusas para lo contrario, sencillamente porque su existencia se lo pone muy fácil a quienes sacan partido del engaño y la desesperación de muchas mujeres, adolescentes y niñas. Así de simple, y luego habrá que buscar soluciones para todas ellas, sin dejar a ninguna atrás, por supuesto. Es posible que haya mujeres que consideren que están trabajando y para nada son explotadas, no lo dudo, incluso seguro que las hay que se creen muy feministas, tampoco lo dudo, pero esto solo demuestra un tópico: que durante siglos la prostitución ha sido considerada como el oficio más viejo del mundo, nada más. Que haya putas felices, si es que las hay y no mienten para ser portada de un importante periódico, no es un argumento para negar la vejación generalizada.

La prostitución hay que abolirla porque supone un estatus de privilegio machista inaceptable. Y la demostración de esto es que nuestra puritana sociedad no soportaría ni un solo día que se extendieran como las setas los prostíbulos para mujeres, cutres hoteles de carretera donde los hombres ejercen para que la señora de la casa, aburrida después de volver del trabajo pueda divertirse con las amigotas y darle rienda, de paso, a sus más cotidianos instintos.

La prostitución hay que abolirla porque su normalización no es sino un síntoma de la incapacidad de los hombres para establecer relaciones sin el atributo de la violencia, porque violencia es querer tener lo que no te dan por gusto, y gusto, gusto, hombre, eso seguro que no hay mucho por la parte que lo concede.

La prostitución hay que abolirla porque de no hacerlo, no habrá forma de establecer ningún juicio moral de ningún tipo sobre cualquier otro asunto si en este los cuerpos, tal que mercancías, pueden ser comprados libremente.

Abolirla porque significaría un punto aparte. Una forma de dignificar el mundo en el que vivimos, encontrar salidas más allá de la aculturización que padecemos. Y es que no hay nada más acultural que tratar de mantener una tradición a toda costa e impedir que la cultura la cambie o la anule, en el caso evidente de tratarse de una tradición perniciosa.

La ley no está para legalizar el oprobio y la humillación, por más que estas estén extendidas de manera pornográfica y absolutamente obscena

No sé si hay otros problemas mayores que resolver pero este es urgente. La trata de mujeres es lo que llena y da sentido a esos clubs de carretera, no nos engañemos. Y mirar para otro lado nos debería dar vergüenza, porque mirar para otro lado significa aceptar que una joven pueda ser captada por una red mafiosa para quedar atrapada durante años, a veces toda su vida, en un mundo sin salida, sin futuro, y con frecuencia pavoroso.

La ley no está para legalizar el oprobio y la humillación, por más que estas estén extendidas de manera pornográfica y absolutamente obscena. La cuestión no reside en que el dinero negro que genera la prostitución pueda tributar como si fuera tan blanco como la espuma, tampoco en que tal y como están las cosas, ellas puedan ser consideradas trabajadoras y tener tantos derechos como si sirvieran en la Administración. Esto solo sería plausible si la situación fuera transitoria, si en el horizonte estuviera la abolición, es decir: como un mal menor. Pero no como forma de legalizarla para así protegerla y que todo siga igual pero con dos categorías: la prostitución legal y la ilegal, la cual seguiría existiendo al menos para las mujeres que ni siquiera tienen permiso de trabajo, que por lógica son muchas, quizá la mayoría.

El sexo solo es sexo si es consentido, y saltarnos esta premisa, también con este tema, nos precipita un poco más hacia el abismo de la deshumanización.

Como ser humano que eres, intentarán, lo estamos viendo estos días, convencerte de lo contrario. En el fondo, no solo hay reticencias al cambio necesario, hay necesidad de justificar unos hábitos ampliamente extendidos y que forman parte de lo que vulgarmente se llama machismo, un machismo con víctimas reales, unas víctimas que todos y cada uno de los días del año, y en cualquier parte de la geografía, tienen nombre y apellidos, a pesar del anonimato que se pretende que ejerzan, como objetos fáciles de conseguir, fáciles de manipular, fáciles para todo lo que un hombre pueda necesitar a cada momento.

Esas mujeres quieren dignidad, piden dignidad en lo que hacen, pero esto no implica que digan o tengan que decir que la prostitución sea necesaria, y menos si hay otras oportunidades. Esas oportunidades que pertenecen a las mujeres, solo a las mujeres, no a los hombres que acuden a los prostíbulos.