Perdóneme que insista. Si hace pocas fechas abordaba el problema de la soledad en España, ateniéndome a datos facilitados por el Instituto Nacional de Estadística, hoy vuelvo a hacerlo con datos que proceden de la Organización Mundial de la Salud. Para la OMS, la soledad de los mayores es una “epidemia creciente que atenta contra los derechos humanos” con un gran impacto en su salud física y mental: deterioro cognitivo, demencia precoz, enfermedades cardiovasculares, empeoramiento de las patologías osteoarticulares, diabetes, malos hábitos alimentarios, obesidad, riesgo de accidentes domésticos, depresión, ansiedad, alteraciones del sueño, consumo de alcohol, malos hábitos de higiene, doble riesgo de mortalidad prematura… Si prosigo llego al final de la columna y me falta espacio.

Esta organización de Naciones Unidas que considera la soledad como “el mal del siglo XXI”, ha cargado las tintas en dos hechos: que estamos ante una epidemia creciente y que atenta contra los derechos humanos. He estado repasando la lista de los 30 derechos universales que todos debiéramos conocer al dedillo y, la verdad, no he encontrado ninguno que se refiera específicamente a la soledad, pero sí alguno que otro tangencial, posiblemente el 25 que habla del derecho al bienestar.

La soledad de los mayores, declarada ya como fenómeno se da con mucha más frecuencia, según los expertos, en las ciudades que en los pueblos. Las relaciones sociales tienen mucho que ver. Mientras en las ciudades, con el paso de los años y la presencia de la soledad, disminuyen, en los pueblos las relaciones tienden a ser más cercanas y personales. La reducción de las salidas a la calle por carecer de compañía se traduce en un empeoramiento de las enfermedades de tipo óseo como la artrosis. Según el coordinador del Grupo de Psicología del envejecimiento de la sociedad Española de Geriatría y Gerontología, “la soledad podría llegar a ser tan dañina como fumar 15 cigarrillos al día, según calculó la Academia Americana de Psicología en 2017”.

El panorama no puede ser más desalentador. Nos avisan de todos los males que se ciernen sobre la soledad, pero no dan soluciones. Lamentablemente esta cuestión permanece oculta. A la sanidad pública no le interesa abrir nuevos frentes. Si es verdad que según la OMS la soledad que padecen tantos millones de nuestros mayores se considera un tipo de maltrato, ¿Quién es el maltratador o maltratadora? ¿La propia sociedad? ¿Los gobiernos? ¿La sanidad pública? ¿La familia?

Los expertos distinguen entre la soledad objetiva o elegida, que puede ser buscada y enriquecedora, y la subjetiva e impuesta, que representa un sentimiento doloroso y realmente temido, que desemboca en las patologías denunciadas por la OMS.