El estado emocional de cualquier persona, descansa sobre una estructura arquitectónica, que va a disponer de dos valores esenciales, siempre presentes en cada individuo sano, el primero estaría en relación con la concepción de éste como ser social, ser que necesita de los demás para ser o estar en el mundo, que es uno más entre todos, formando a lo largo de la vida, diversas células sociales con el resto de ciudadanos, entre la que destaca la familia, donde nace y se desarrolla su seguridad, amén de otros grupos sociales, vitales para el desarrollo de una sociedad madura y ordenada.

Por otra parte su carácter de ser libre, ser que disfruta de la capacidad de elegir a la vez de renunciar, que escruta y discierne, que de acuerdo con su costumbres, hábitos y en definitiva cultura, va a diseñar su forma de vida, así como el lugar donde ésta se deba desarrollar, visionará su itinerario vital, y conducirá sus actos desde la su concepción del mundo y de las cosas, desde el ejercicio del rol que haya elegido, las circunstancias podrán incidir en esta facultad, pero él siempre conservara la esencia de decidir en último lugar.

Ello significa que, siempre que en la vida circunstancialmente nos enfrentemos a lo desconocido, o a una situación que supere nuestra capacidad de adaptación, sentiremos miedo, o nos estresaremos, fruto del esfuerzo fisiológico que deberemos realizar, situación en la que convivimos fruto de esta pandemia, por lo que en este momento nos es familiar a todos, aunque cada uno, poseído de una personalidad diferente, dispondrá de una específica reacción.

Al temor a que el virus nos ataque, y que sintamos su capacidad destructora y letal, se suman los enormes y profundos cambios de nuestro comportamiento. Familias más disgregadas y temerosas, y en ocasiones más alejadas emocional y físicamente de los hijos, bien por sus preocupaciones, por la instalación de nuevas normas de convivencia, por el paro, por el cambio en el modelo de trabajo, por la precariedad, e incluso en ocasiones por la miseria, además de por la falta de contacto con los seres queridos, por la limitación de encuentros entre grupos de amigos y compañeros con los que liberarse, en definitiva, por la falta de libertad etc... Todo ello en su conjunto, es obvio que incida en nuestra salud mental, por una parte, incrementando la incidencia de aquellos casos cotidianos, y por otra, provocando modificaciones y especialmente un incremento de la expresión de los mismos.

La prevalencia de los trastornos de salud mental, a lo largo de la vida de un individuo, afecta a un tercio de la población total, representado un tercio de la totalidad de los casos, siendo los de carácter reactivo los más frecuentes, y representando el 46,6 % de la totalidad, y de los que destacamos especialmente, los trastornos adaptativos, los trastornos de ansiedad fóbica, los somáticos y los disociativos, los T O C, y los trastornos de estrés postraumático.

El miedo y el estrés, referido a las singularidades del virus, así como sus consecuencias sociales provocan especialmente un agravamiento de estos procesos, que por una parte no están siendo correctamente atendidos

Otro grupo de trastornos que representarían un 27% del total, serian los referidos al humor, depresión mayor y distimia, trastornos de personalidad, trastornos por el consumo de sustancias, trastones de carácter físico, trastornos orgánicos, y los trastornos propios de la infancia y los referidos al desarrollo y al comportamiento.

El miedo como hemos dicho y el estrés, referido a las singularidades del virus, así como sus consecuencias sociales, miseria, pobreza, enfermedad, ruina y muerte, son los factores que inciden sobre la persona, provocando especialmente un agravamiento de estos procesos, que por una parte no están siendo correctamente atendidos, y por otra, se suma la incertidumbre con la que vive la sociedad, con la inseguridad, la desazón y en ocasiones la falta de esperanza, una mayor demanda, una mayor necesidad de cuidados, un mayor color y entendimiento por parte de todos es esencial, cuando lo que encuentran es la soledad, el alejamiento y la frialdad de una sociedad, embargada por el miedo.

Ello implica además, que algunos procesos, especialmente los que tienen el carácter de reactivos, hayan sufrido un empeoramiento, dándose la presencia de episodios periódicos graves, que deben ser atendidos en urgencia. Un estudio llevado a cabo en la universidad de Ottawa, y realizado sobre 190.000 personas pertenecientes a diferentes países, nos indica que, la presencia del insomnio es seis veces mayor, la del estrés postraumático cinco veces mayor, la de la depresión cuatro veces mayor, la de la ansiedad cinco veces mayor, dándose más de 200 intentos de suicidio por caso consumado, representando estos, un caso por cada dos horas y media, siendo la tercera causa de muerte, y la primera por causas externas.

Si nos referimos al personal sanitario, han presentado algún problema de salud mental, el 51% de los médicos, el 85% de las enfermeras, el 86% de los trabajadores de las farmacias, en definitiva el 79% de los sanitarios sufre algún tipo de ansiedad, y el 49 % muestran síntomas de agotamiento.