El pasado mes de agosto, sobre el letrero luminoso de la tienda de pan y dulces “María Victoria”, en la calle Candelaria Ruíz del Árbol, hizo su nido una pareja de golondrina común. Y un nefasto día, cuando habían eclosionado los huevos y tres crías se veían siendo alimentadas sin cesar por los padres, el inhumano proceder de mi especie destruyó el nido, dejando solo sobre la superficie del letrero algunos rastros de excremento. Éste fue su delito y no otro; un excremento perfectamente evitable sobre los transeúntes si una simple loneta se hubiera puesto a su debido tiempo. Y el riesgo de nuevo nido e igual suerte sigue vigente al día de hoy.

Hace pocos días el mismo destino ha sufrido la colonia de avión común que desde hacía unos 40 años venía anidando entre las ménsulas y la cornisa del edificio situado entre la plaza de Fernández Duro y Santa Clara. Como bien es sabido ambas especies, la golondrina común y el avión, son especies protegidas, y la Ley Orgánica del 23 de noviembre de 1995 del Código Penal, actualmente en vigor, considera delito la destrucción de nidos de especies protegidas, por no hablar de las penas en prisión entre seis meses y dos años.

Señor jefe del servicio de Medio Ambiente en Zamora, paremos este brutal comportamiento de un sector de la población zamorana que es incapaz de apreciar la belleza de nuestro patrimonio alado. Coloquen bandejas, placas o paneles temporales mientras dura la estancia entre nosotros de estas aves migratorias. No creo que suponga un coste gravoso para sus presupuestos. Recorran la ciudad, centrando su atención en las fachadas orientadas al este, tomando nota de la presencia de nidos. Todo, menos que se vuelva a repetir tan deplorable hecho. Ayuden a estas aves; tienen tanto derecho como nosotros a vivir en paz. El Planeta, natural o urbano, es para compartirlo, no para poblarlo a expensas de eliminar especies.

Esa vecindad, preocupada por la apariencia de sus fachadas y cegada por enfoques de muerte y destrucción como el mejor y más rápido remedio a su “problema”, demuestran su pobreza interior, su total ausencia de compasión y misericordia para con esas aves que comparten nuestra ciudad unos meses al año solo. Y en sus vidas, ésta será su tónica, actitudes despiadadas, incapaces por ello de apreciar la belleza de la compañía de estos seres, el aleteo de sus vuelos y sus delicados y breves gorjeos. Les recuerdo a esos justicieros zamoranos que el peor excremento es el nuestro: drogas, alcohol, botellones, vulgaridad como argamasa de la convivencia, y coches en cuyos deplorables anuncios atraviesan, brutales, charcas y regatos de montaña, masacrando la vida que en ellos habita. La lista es mucho más larga.

Usted y su equipo tienen la solución. En nombre de todos los zamoranos amantes de la Naturaleza junto a nuestras viviendas, y más en estos tiempos de enfermedad y muerte, les pido que actúen rápido y protejan a estas aves. Para esos individuos que firmaron la sentencia de muerte de esos hermanos nuestros, como la Ciencia viene demostrando con todos los seres vivos, les dedico los dos últimos versos del Romance del prisionero, poema anónimo de nuestra literatura medieval. Ese hombre, metido en una oscura mazmorra, sólo sabía cuándo era de día por una avecica que me cantaba al albor. Matómela un ballestero/ déle Dios mal galardón.

María Fuencisla García Casa

(Universidad de Salamanca)