Con la pandemia sanitaria volvieron las colas. Y a nuestro recuerdo volvieron esas “colas del racionamiento”, de las que nos hablaban las abuelas que se hicieron bisabuelas y que habían vivido la guerra civil y la posguerra. También esas otras “colas soviéticas del reparto” entre la población, de las que se reían los fascistas de ayer criticando la escasez de alimentos en la antigua URSS, y las actuales “colas de la dignidad del pueblo cubano” ante el eterno bloqueo de los Estados Unidos, de las que se siguen riendo los anticomunistas de siempre.

Las primeras colas de la pandemia se hicieron a la puerta de los establecimientos considerados esenciales cuando se declaró hace algo más de un año el estado de alarma y el confinamiento duro. Eran “las colas del miedo” los primeros días en las cajas del supermercado, cuando se avivó el recuerdo de las vividas por las bisabuelas en la posguerra, y que como se las contaron a sus biznietas las llevó a hacer desaparecer algunos productos de primera necesidad de las estanterías. Eran las “colas del papel higiénico” de quienes saben valorar la higiene y la limpieza necesaria en tiempos de pandemia sanitaria y de pandemia bélica. Aunque sólo se valore en esas circunstancias.

Rápidamente nuestros gobernantes salieron a declarar públicamente que no se trataba de las colas de racionamiento de la posguerra ni de las de la escasez de los países comunistas, porque ellos nos garantizaban el abastecimiento normal de la población (¡Gracias, agricultores y ganaderos, gracias!). Pero al cabo de pocos meses, a la puerta de los bancos de alimentos, de Cáritas, de los comedores sociales, de las asociaciones vecinales, de Cruz Roja y de otras ONGs y de algunas iglesias, empezaron a crecer “las colas del hambre” que se extendían a lo largo de la calle no sólo por el distanciamiento obligado, sino porque cada vez había más personas arruinadas, sin trabajo, sin recursos, con necesidad de alimentos, con hambre. Las mascarillas de quienes por primera vez acudían a la solidaridad social y a la caridad cristiana, escondían la vergüenza individual de una madre, de un padre, de una persona solitaria, de las que deberían haberse llamado “las colas de la vergüenza”, no por quienes avergonzados las formaban, sino por los que las habían provocado al no contar con un sistema público de protección de la gente: esos gobernantes que garantizaban el abastecimiento sólo para quien podía pagárselo. Como siempre.

Siguen las colas del miedo, las colas del hambre, la cola del paro… Esas que ya estaban antes de la paciencia y que forman parte de “las colas de la vida” cuando la vida es no dejar a nadie atrás, ni en la pandemia, ni en el trabajo ni en los derechos

Las citas individuales para acceder a servicios como el desempleo, y los ERTES especiales que evitaron que el cierre de empresas mandara a miles de trabajadores a la calle, evitaron en parte “las colas del paro” a las puertas del INEM -que eran habituales para pasar revista o apuntarse- pero no han podido impedir el aumento de las listas de trabajadores en paro. Como no se ha podido evitar el aumento de las listas de espera en los hospitales debido a la suspensión de consultas y operaciones provocada por la atención preferente al COVID. En este caso no hay colas en la calle, pero sí existen “las colas de espera” en cada familia, en cada casa y en cada persona que espera la llamada telefónica para ser atendido y curado.

Las más recientes son “las colas de la vacuna” que se forman a la puerta del Ramos Carrión en Zamora, del Hospital de Benavente y de algunos Centros de Salud, debido a la dificultad de planificar la vacunación en una provincia que lleva años sufriendo recortes públicos en la sanidad que cerraron los Consultorios de los pueblos, y que nunca han contado con un transporte público que los comunique con normalidad con su Centro de Salud o su lejano Hospital.

Y aun así, hasta las personas más mayores de las zonas rurales más alejadas de Zamora han conseguido llegar con la ayuda de sus familias, sus amigos y sus vecinos a las colas de la vacunación, porque saben que son “las colas de la esperanza”, pese a la actuación confusa y partidista de los políticos que se encargan de la salud en las comunidades y en el Estado.

Frente a “las colas de la confusión” que en cada persona se crean debido a las contradictorias actuaciones de los políticos “responsables” (las comillas son con toda la mala intención) de nuestra sanidad, las ganas de vivir y de colaborar en la vida de los otros nos está llevando también en Zamora a formar parte de “las colas de la paciencia” mientras esperamos la vacuna, a asistir cuando nos avisan para formar parte de “las colas del optimismo”, y apostar por “las colas de la supervivencia”.

Eso sí, sin olvidar que siguen las colas del miedo, las colas del hambre, la cola del paro… Esas que ya estaban antes de la paciencia y que forman parte de “las colas de la vida” cuando la vida es no dejar a nadie atrás, ni en la pandemia, ni en el trabajo ni en los derechos. Y eso supone que hay que si hay que hacer colas, que sean para repartir por igual los derechos, las vacunas y hasta el hambre.

En una provincia como Zamora que desde hace años ha estado a la cola del desarrollo económico y social, tenemos que reivindicar ante el Estado “las colas de la igualdad” en el reparto de los fondos europeos y los de reconstrucción, “las colas del compromiso” que nos prometieron para repoblarnos en Monte la Reina. También “las colas de la justicia” para recuperar lo que nos debe la Junta por el coste de los servicios sociales.

Pero dando ejemplo desde nuestras instituciones provinciales como la Diputación: invirtiendo y repartiendo los 70 millones que no nos gastamos el año de la pandemia en las necesidades de los pueblos que han hecho frente al COVID y mantenido las obras a la vez con sus escasos recursos; y entre la gente de Zamora que está dando ejemplo de lucha en cada cola.

En “las colas de la lucha” que cada vez son más largas afortunadamente también en nuestra zona rural y que son “las colas de nuestra dignidad”.