Que lo que hacemos comunica tanto o más que lo que decimos es una máxima bien conocida en el ámbito de la comunicación política. Por eso es tan importante guardar el decoro y la compostura cuando uno ocupa altos cargos públicos o asesora a cargos políticos. Y más aún en “los edificios de la democracia”.

Las instituciones son lugares de trabajo y, en consecuencia, deben ser utilizadas para eso: para trabajar. Si uno se sale de esa linde, corre riesgos (normalmente innecesarios, por mucha adrenalina que traigan consigo las transgresiones).

Un buen ejemplo de estos riesgos lo encontramos el pasado mes de marzo en Australia, debido a la difusión de vídeos y fotos en los que se ve a empleados del Gobierno del Partido Liberal australiano realizando actos sexuales en el Parlamento (incluyendo la masturbación de uno de ellos en la oficina de una conocida diputada).

El material audiovisual fue obscena e imprudentemente compartido en un chat grupal de asesores gubernamentales. Y uno de ellos, abochornado, decidió filtrar los contenidos al periódico The Australian y al canal Channel 10. El resultado: un monumental escándalo.

Lo que se hace en las instituciones públicas es muy probable que acabe siendo público. Tomen buena nota, porque el escrutinio público, afortunadamente, siempre está al acecho

El denunciante, identificado anónimamente como “Tom”, afirmó que varios diputados y asesores usaban frecuentemente la sala de oración del Parlamento para mantener relaciones sexuales, llegando a ingresar varias prostitutas en el edificio.

El propio primer ministro conservador, Scott Morrison, calificó estos comportamientos de “escandalosos” (Morrison ya había recibido severas críticas recientemente por la indulgente forma en la que gestionó una acusación de violación formulada por una empleada contra un ex alto cargo). Incluso la ministra de la Mujer, Marise Payne, quien también es titular de la cartera de Relaciones Exteriores, declaró a los medios que las revelaciones eran “más que decepcionantes”, afirmando que pondría en marcha una investigación sobre la cultura machista existente en el Parlamento y que crearía un grupo de trabajo para tomar decisiones que mejoren la paridad de género en la política australiana. Ese grupo estará copresidido por el propio Morrison (cuya popularidad se está desplomando debido a este caso) y estará conformado por todas las ministras y los encargados de las carteras del Tesoro y Finanzas.

Por de pronto, Scott Morrison ya se ha visto forzado a introducir cambios en su Gobierno, con el objetivo de alcanzar una mayor cuota de equilibrio de género y mostrar mano dura con aquellos altos cargos involucrados en escándalos de carácter sexual.

Y es que no son pocas las voces que llevan años denunciando la cultura sexista de la clase política australiana, que cuenta en su haber con numerosos y bien conocidos casos de acoso contra mujeres por parte de políticos en activo (incluyendo denuncias de violaciones, tocamientos indebidos, frases obscenas o la distribución de vídeos y de fotografías de mujeres en las redes sociales). Es tal el alcance del asunto, que a mediados de marzo decenas de miles de personas participaron en una campaña de manifestaciones llamada “#March4Justice” (Marcha por la justicia) para denunciar la violencia sexual y exigir la igualdad de género en el país. La ministra de Industria, Karen Andrews, dijo que estaba “completamente harta” del sexismo y añadió que su “conciencia no le permitía callarse más”.

Este escándalo probablemente terminará con la carrera profesional o política de más de alguno que creyó que podía impunemente campar a sus anchas por Parliament House (inaugurado en Canberra el 9 de mayo de 1988 por la Reina Isabel II del Reino Unido y de Australia, siendo, en el momento de su construcción, el edificio más caro en el hemisferio sur). Esos empleados pagarán cara su conducta machista. Unas conductas que deberían ser erradicadas de cualquier institución pública.

Corolario: lo que se hace en las instituciones públicas es muy probable que acabe siendo público. Tomen buena nota, porque el escrutinio público, afortunadamente, siempre está al acecho. Y de eso, de rendir cuentas, también van tanto la comunicación como la buena política. El machismo es intolerable. Aquí, en España, y en las antípodas.