Me he comprado un coche fotosintético. Es un último modelo de coches bioeléctricos que no necesitan mantenimiento y con un diseño espectacular, con muchas hojas siempre verdes. Ha venido un camión a traérmelo y he pedido que lo pongan en el jardín, junto a otros seres vivos.

Mientras tanto, recibo una llamada. Es del Banco. Me ofrecen fondos a canjear por metros cuadrados en el desierto del Sáhara. ¿Pero para qué quiero yo invertir en un desierto?, pregunto. La corriente del Niño está muy alterada a causa de la inminente desaparición del hielo en Groenlandia y esto afectará de forma grave a la Amazonía, que dejará de recibir lluvias, se incendiará de punta a punta, y etcétera, etcétera. Es el efecto superdominó del clima, esto es: hemos sobrepasado el punto crítico y ahora solo queda ir acostumbrándonos al concatenado borrado del mapa mundi tal y como lo conocemos. Excepto desiertos como el Sáhara, que seguirán avanzando.

Pues no me interesa, respondo. E inmediatamente cuelgo. Pero al momento me llaman. Es otra voz distinta, pero del mismo Banco. Ahora el asunto es que me van a subir las comisiones de mantenimiento. ¿Y qué alternativas tengo? Usted puede adquirir productos financieros canjeables por metros cuadrados en el desierto del Sáhara... No siga, haga lo que tenga que hacer, no soporto las comisiones.

Salgo al jardín y me doy cuenta de que mi automóvil nuevo no tiene ruedas. ¿Cómo es posible que no me hubiera percatado de esto antes? En esta ocasión no ha sido por comprar por Internet, como la vez que adquirí un estupendo sofá que ahora cuando te sientas acabas con el culo en los cimientos. No, esta vez me acerqué al concesionario y traté de comprobar con mis propios ojos que lo que quería era exactamente lo que me estaban ofreciendo. Hay que tener mucho cuidado con la publicidad porque se sirve de trampantojos con el objetivo de estimular las hormonas del deseo para que así acabemos comprando lo que ni necesitamos ni queremos. Pero hombre, lo de un coche sin ruedas ya es mucho. Abro el catálogo que me dejaron los del camión, y en efecto, la foto del modelo adquirido corresponde con el objeto del jardín. Vaya despiste el mío. Llamo al concesionario. No disimulo mi enfado. Pero al otro lado no hay más que una serie de preguntas automáticas que me conducen a una única respuesta contundente: “El producto elegido no tiene ruedas”. Y con esto me quedo tranquilo porque si desde el concesionario me dicen que el coche que me han vendido no tiene ruedas es que lo fabrican así y que no necesita las ruedas para moverse.

Imaginen los superordenadores de California, que es donde se guarda todo, echando humo de tanta hiperactividad

Permanezco mirando mi móvil después de abrir un mensaje de texto: Enhorabuena, 5G activada en su terminal. El anuncio del 5G me inquieta un poco. No por mí, que apenas gasto datos sino por los miles de millones de terminales que se estarán activando en estos momentos. Solo de pensarlo siento un profundo agobio. Imaginen a toda esa población, imaginen al planeta entero subiendo y bajando vídeos, conectándose en streaming, descargando aplicaciones, haciendo compras, interaccionando en todas y cada una de las plataformas... Imaginen los superordenadores de California, que es donde se guarda todo, echando humo de tanta hiperactividad. Imaginen la electricidad circulando a raudales para que nada deje de funcionar. Imaginen la atmósfera saturada de electromagnetismo, que por muy inocuo que sea, quién sabe si no estará exacervando los periplos de la corriente del Niño y en consecuencia la desaparición de la Amazonía, y el superefecto dominó.

Ahora que lo pienso, si me activaron el 5G es porque resulta imprescindible para la conducción de un coche fotosintético, y si me ofrecieron un trozo del desierto del Sáhara fue porque marqué sin querer la casilla de mantenerme informado tras la adquisición a plazos del singular producto.

Debería coger el coche y hacer un viaje para celebrarlo. Al Sahara no estaría mal, así podría comprobar que, en efecto, es un valor en expansión. Aunque mejor no, no sea que le haga un arañazo a la primera y se active la teoría de los cristales rotos. Ya saben, esa teoría que afirma que es mucho más probable que un edificio se destruya completamente cuando un pequeño cristal se rompe.

Oigo ruidos. Yo diría que en el jardín el coche ha comenzado a rugir. Para mí que al coche bioeléctrico le pasa algo. Y sus hojas han empezado a amarillear. Agua, necesita agua, y es urgente.

Igual no he comprado un coche. Las palabras evolucionan y vaya usted a saber a lo que llaman coche hoy en día. Todo avanza de manera vertiginosa. Es posible que el coche sea el 5G con el que viajar al desierto. Ahora sí, ahora todo tiene sentido.