El Miércoles Santo, horas antes de que se hiciera el Silencio que no se pudo jurar a los pies del Cristo de las Injurias en el atrio de la Catedral, tocaron las campanas en nuestra tierra vaciada de habitantes desde hace mucho tiempo, que camina hacia la despoblación de campos, casas y gente.

En los pueblos de la provincia vaciada este año de cofrades y turistas, se dejó oír en el aire el toque de las campanas, como testigo de que sigue latiendo en el corazón de la España vaciada la revuelta que hace dos años llenó las calles de Madrid de razones para seguir luchando por el presente y el futuro de estas tierras: las de Teruel existe, las de Soria ya, las de la España que se vacía.

Las tierras conscientes de que Zamora no se ganó en una hora, ni la lucha se ha ganado en los ¡dos años ya! desde que se demostrara la fuerza de las razones que se gritaron a la puerta del Congreso que representa la soberanía nacional.

Por el contrario, el tiempo de pandemia que ha vaciado las calles y los lugares de reunión en toda España, ha supuesto en la España vaciada el cierre de servicios esenciales como los Consultorios médicos que ya estaban amenazados de esa muerte llamada reestructuración sanitaria. Otros servicios privados, como los comercios y los bares obligados a cerrar temporalmente, no han podido volver a abrir sus puertas por ruina.

Si las decisiones políticas eran la causa de la despoblación de territorios enteros, las tomadas para prevenir la pandemia han puesto de manifiesto el desconocimiento y el olvido de esa parte de España en la que las distancias ya eran una realidad llamada soledad, que los vecinos llevaban practicando varios años, cuando se iban los veraneantes. Y aun así ¡cómo se cebó la muerte en las residencias de los más mayores donde se agrupaban los escasos habitantes de estas tierras!

Horas antes de que las campanas enmudezcan en conmemoración por la muerte de Cristo, los pueblos que se resisten como él a morir han tocado las campanas para demostrar que siguen vivos y luchando.

Algo se ha conseguido ya con la revuelta de hace dos años en Madrid y los toques de campana que han sonado como la respuesta que está en el viento

Y que tocan a rebato para que se unan a su reivindicación todos aquellos que sufren ese mismo fenómeno que les lleva a huir en cuanto pueden de las grandes ciudades donde se ganan la vida, para disfrutar de unos días de otra vida en el pueblo, en el campo que se nos queda vacío.

En ese campo que durante la pandemia, aunque no han podido disfrutar porque no se podía viajar por el confinamiento, ha recobrado su valor como productor de esos alimentos que no nos han faltado durante la pandemia en las ciudades.

La valoración de los servicios esenciales como la salud y de la alimentación, del trabajo sanitario y del agrícola y ganadero, ha impuesto en el corazón de la sociedad agradecida el valor de la España que no estaba en las prioridades de la mesa de los despachos de la política, pero sí en las mesas de los hombres y mujeres que comen, beben y defienden la vida en las camas de los hospitales. Las de todos los seres humanos con sus derechos esenciales.

Algo se ha conseguido ya con la revuelta de hace dos años en Madrid y los toques de campana que han sonado como la respuesta que está en el viento. Y que son toques de conciencia: ante la rebatiña por los fondos europeos para la reconstrucción –que tiene paralizados el gobierno de Alemania- se oyen la voces de quienes defienden tener en cuenta los desequilibrios territoriales y el mantenimiento de la población, no como un derecho de los habitantes de las tierras vaciadas, sino como un nuevo modelo de desarrollo más justo, más sostenible y mejor para todos.

Las gentes de la zona rural de Zamora y de otras despobladas, donde Internet no deja de ser una promesa de tantas siempre prometida y casi siempre incumplida, han mantenido una cultura propia que les permite comunicarse con toques de campana: si hoy es fiesta repicando; si hay que llamar a misa tranquilamente, o llamar rápido a rebato porque hay amenazas; si hay que acompañar con tañidos a los muertos aunque el COVID no nos deje acercarnos.

Antes de que enmudecieran las campanas por respeto al Cristo muerto, el miércoles han sonado para decirnos que los pueblos también mueren; que hay que moverse a rebato porque amenazan nuestra forma de vida si cierran el Consultorio, la escuela, el bar y la tienda; que hay que reunirse en misa o en concejo para verse, para rezar, para hablarnos, para luchar.

Volverán a voltear las campanas el Domingo de Ramos porque también resucita la primavera en nuestra tierra. “Y los campos desiertos / volverán a granar/ unas espigas altas / dispuestas para el pan. / Para un pan que en los siglos / nunca fue repartido…”.

Han sonado las campanas para decir que “¡La España vaciada no se rinde! ¡La España vaciada no será callada! ¡La Revuelta continúa!”. Así sea, por los siglos de los siglos.