Hoy el camarero del bar enfrente de mi trabajo me ha contado que lleva unos días sin poder coger el coche porque, tras una borrachera con trifulca, perdió la cazadora con las llaves de casa y las del coche. Peor trifulca fue la que le esperaba en casa. Otro comparte conmigo remedios naturales que su novia filipina pone en práctica. Unos minutos después, un compañero de trabajo, al que conozco de vista, me ha contado que el martes no es su día y que tiene ganas de que llegue el jueves para poder ser persona. Me guiña un ojo y me aconseja mejorar nuestra conversación entonces. Al rato, un alumno me cuenta que tiene novia, una chica que es muy inteligente mientras él es un vago impenitente, pero que ella es verdaderamente especial. La conozco. Lo es.

A menudo temo mirar a la gente en los bares, en las tiendas… tienen tantas cosas que contar, que les rebosan las palabras por las pestañas. Miran y yo disimulo, porque si preguntara con un gesto involuntario, vomitarían sin pudor que su marido no les habla desde hace dos días y que, aunque lo hicieran, saben que ya no lo tienen cerca. Que sus hijos no han comido bien esa mañana y que no se fían del todo de la señorita de la guardería. Que su novio es fantástico, encantador y un empedernido mentiroso. O que quizás la mentirosa es ella por hacerse creer lo increíble. Que están enamorados de su compañero de pupitre pero que más vale disimular y mostrar un odio contenido para mantener las apariencias y soñar con esos ojos comprensivos cuando le presta el tippex durante un examen. Que esperan el fin del turno del viernes en la gasolinera para escaparse a visitar en su pueblo a su padre, enfermo terminal, a pesar de los confinamientos y multas acechando en los quinientos kilómetros de trayecto.

A menudo temo mirar a la gente en los bares, en las tiendas… tienen tantas cosas que contar, que les rebosan las palabras por las pestañas

La vida sin filtros. Nuestros días están repletos de situaciones de todo tipo, pero parece que no sepamos cómo afrontar convivir con ellas. Algo pasa cuando buscamos en los ojos de cualquiera el reposo de poder sincerarnos, sin que sepan si es verdad o no, sin que nos importe realmente si ese otro está interesado en lo que decimos. Hablar sin consecuencias.

A menudo necesitamos pagar a alguien para que nos escuche, como los hombres que pagaban a una prostituta cuando lo que querían realmente era una confidente. Las cosas no han cambiado mucho. Nos paseamos por esta ciudad llena de gente con el alma llena de secretos y dudas, con los labios prestos a desencadenar un torrente de palabras. Las que sean. A veces lo que de verdad queremos es hablar de nada, una conversación de ascensor que, en cuanto se produce un despiste, hace asomar toda una realidad llena de esquinas que nos obliga a poner el pie en la puerta para que no se cierre e interrumpa tu segundo de confesión sin perdón a ese desconocido que, involuntariamente, consigue remover nuestras tripas y que confesemos aquello que no compartimos con los más cercanos. Contar incluso aquello que no sabíamos, porque hablar ordena las ideas y en ocasiones ni somos conscientes de que una idea se adueña de nuestra cabeza hasta que lo descubrimos hablando de nosotros en otro contexto.

Es posible que los daños sean menos si se narran, se dialogan y se introducen notas a pie de página. Puede que a algunos les cueste admitirlo y prefieran narrar en tercera persona lo que les duele por las mañanas. El resultado es una coctelera llena de gente con mucho que decir y, al parecer, pocas ocasiones para hacerlo. Deseosos de encontrar una mirada que no diga “¿por qué?” o “¿cómo se te ha ocurrido?” para soltar por esa boca hasta el color de sus entrañas. Quizás con una anécdota, o con un comentario jocoso… que puede dar pie a una triste realidad o al ridículo de vivir lo que uno no quiere, o, simplemente, las pequeñas alegrías que nos permiten estos días que corren. Trampas e historias que nos atrapan dentro de nosotros mismos y que, al final, solo parecen existir si las compartimos, aunque no sepamos realmente con quién lo hacemos.