Hace un año, el mundo se sumergía en las aguas tenebrosas de la pandemia del COVID-19. La Semana Santa de 2020 quedó suspendida en el aire, como tantas cosas, como tantas vidas. Han pasado doce meses y el hecho histórico volverá a repetirse: Por segundo año consecutivo no hay procesiones ni Zamora vive su Semana Grande como lo hacía en esa vieja normalidad que tanto echamos de menos, tanto como los abrazos a los zamoranos que regresaban, a miles, durante estas fechas, para encontrarse con familia y amigos. La parte más festiva de la celebración, la escenografía en un marco único que ha paseado el buen nombre de Zamora por todo el orbe como atractivo cultural enhebrado, siempre, al hecho religioso, queda relegada por una buena causa: preservar la salud de todos. Porque, en estos doce meses transcurridos han sido demasiadas las despedidas, demasiado el dolor, demasiada la miseria generada alrededor de la pandemia, como para olvidar que aún circula y viaja entre nosotros el coronavirus que ha desbaratado tantos sueños.

Los más creyentes podrán recordar la cita del libro de los Proverbios: “Cor hominis disponit viam suam, sed Domini est dirigere gressus eius”: el hombre dispone su camino, pero al Señor corresponde disponer sus pasos. No se trata ahora de culpar a la ira divina de lo que la ciencia achaca a la propia irresponsabilidad de la especie humana, capaz de generar monstruos como el COVID-19 cuando quiebra el equilibrio del ecosistema en nombre de beneficios espurios. Pero la cita sí puede ilustrar la evidente fragilidad del ser humano que, ni siquiera la sociedad más avanzada y tecnificada, ha sido capaz de evitar. Un virus de tamaño imperceptible ha sentenciado que el ser humano sigue siendo incapaz de adueñarse de su destino, porque hay golpes de realidad que se imponen a deseos y ambiciones.

Después de lo vivido, deseos y ambiciones son, en este Domingo de Ramos, más bien modestos para la mayoría de los zamoranos: poder reencontrarse con los suyos, simplemente vivir. Pero la experiencia aconseja la contención. Este año, a diferencia del 2020, no estamos recluidos en casa por obligación, las cofradías tienen actos litúrgicos con aforo limitado, las instituciones como la Diputación han puesto en marcha iniciativas para dotar a la calle del mejor remedo que la técnica permite, del ambiente que debería reinar por las viejas rúas zamoranas, en forma de proyecciones y sonidos; al Museo de Semana Santa puede accederse de forma gratuita y las iglesias están abiertas a visitas de forma espaciada y regulada. Los reposteros de las distintas hermandades lucen en las fachadas del Consistorio, como si fuera un año cualquiera. No lo es. Siguen vigentes las restricciones sanitarias que limitan horarios y reuniones. Ninguna de estas loables iniciativas puede convertirse en la excusa para saltarse normas diseñadas para salvar vidas.

Saltarse las más elementales normas que impidan la transmisión del virus asegura una condena sin fecha, la prudencia debe ser la máxima ejercida en estos días en los que, litúrgicamente, se exalta el espíritu de la compasión y la generosidad sin límites

La incidencia del COVID-19 en Zamora se mantiene baja, 43 casos por 100.000 habitantes en los últimos 14 días, aún lejos del umbral de 65 que la OMS considera riesgo extremo. La situación en el hospital ha vuelto a niveles de antes de la segunda ola. Estamos ya en plena vacunación del colectivo más castigado, los mayores, y el personal esencial, de sanitarios a fuerzas de seguridad y docentes. La responsabilidad social ha conseguido doblegar la tercera ola, provocada por un mal entendido concepto de “Salvar la Navidad”. Ni se salvó la Navidad ni antes el verano, cuando la segunda ola sacudió la provincia con violencia con un ascenso vertiginoso de contagios y defunciones. Más de 700 zamoranos han perdido la vida por culpa del COVID, solo en el recuento de quienes viven aquí. Otros muchos habrán muerto lejos de su tierra, lejos de los suyos. El duelo aún es patente. Sigue habiendo muertes, siguen los contagios y se observa un ligero repunte que indica la fragilidad de lo atesorado.

Las cofradías han acusado, en forma de bajas, la doble vertiente de la pandemia: algunos no podrán volver a salir en procesión porque ya no están, otros no podrán hacer frente al pago de las cuotas que las hermandades han decidido cobrar para dedicar a obras sociales. Ojalá se cumpla ese fin para que en años sucesivos podamos recuperar la tradición en todo su esplendor, sin huecos en las filas de los cofrades que han encontrado, por segunda vez consecutiva, la inesperada penitencia de dejar guardadas las túnicas hasta que todo pase. Y pasará. Lo importante es seguir cuidando la esencia y transmitirla a las nuevas generaciones que, seguro, llegarán a contemplar con ojos atónitos ese milagro que Zamora pone en pie cada primavera. Volverán el bullicio y las multitudes, pero no ahora. La fuerza vertebradora que la Pasión ha ejercido desde hace tantas generaciones debe servir, de nuevo, para conseguir que ésta sea la Semana Santa de la esperanza, la que antecede al renacer y a revivir ilusiones.

Queda un largo camino aún por recorrer, demasiadas piezas que recomponer. Más de 16.000 desempleados en una provincia con una economía marchita están a merced de la pobreza. La mayoría de ellos proceden de quienes, en años anteriores, nos habían mostrado las excelencias de la gastronomía zamorana, la grandeza de su patrimonio, la calidad de sus productos. La contracción del consumo interior y la práctica ausencia de turistas ha dejado terribles secuelas.

Pero saltarse las más elementales normas que impidan la transmisión del virus asegura una condena sin fecha, la prudencia debe ser la máxima ejercida en estos días en los que, litúrgicamente, se exalta el espíritu de la compasión y la generosidad sin límites.

De Cáritas a la patronal CEOE se invita a ejercer la solidaridad para evitar la exclusión social de los que, hasta la llegada de la pandemia, sobrevivían dignamente con un puesto de trabajo que hoy han perdido temporal o definitivamente. Ese vuelco fraterno de todos y cada uno de los componentes de la sociedad zamorana da sentido a esta Semana Santa no tan festiva, pero igualmente propicia para poner en práctica las enseñanzas del Evangelio, un sentido ético y cívico extensible a cualquier creencia, al agnóstico y al ateo. Porque son las bases de una convivencia que permite asegurar el futuro. Si de verdad queremos salvar la Semana Santa, debemos acatar nuestro deber como ciudadanos respetando, por tentador que resulte, la prohibición, desde nuestros hogares a lugares de reunión como bares y restaurantes. Quizá no seamos dueños absolutos de nuestro destino, pero sí de que la Semana Santa perviva en nuestros corazones para sacarla de nuevo a las calles la próxima primavera.