La crisis de las hipotecas subprime en 2007 impulsó una internacionalización empresarial last minute donde fin y medio eran uno, la supervivencia. Una huida hacia delante que priorizó las necesidades fisiológicas a las de seguridad, cual corolario empírico a los principios de Maslow.

Las motivaciones que impulsaron esa decisión coral al unísono se esgrimían en un artículo publicado el pasado diciembre, “La internacionalización como palanca”, concluyendo que ésta constituye, junto a la innovación, la estrategia más efectiva para impulsar el crecimiento empresarial. Compartiendo ambas requisitos y criterios como la necesidad de inversión, el firme compromiso de la dirección, una eficiente gestión de riesgos, coherencia con la cultura corporativa, navegar en la incertidumbre o asumir que no hay resultados garantizados de antemano, también presentan notables diferencias. Entre todas destaca, por sus implicaciones, el retorno esperado de la inversión. Mientras la internacionalización puede provocar un crecimiento a corto o medio plazo, la innovación suele dar resultados a medio o largo plazo. Un parámetro crucial que ha marcado las preferencias empresariales durante la última década.

Cuando en 2008 España encadenaba seis años de crecimiento ininterrumpido, pocas voces alertaban de la fragilidad del modelo. El optimismo desbordaba incluso al entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, quien llegó a afirmar “Ya hemos superado a Italia, y vamos a superar también a Francia en renta per cápita”. Cuando la solidez del sistema se mostró más quebradiza de lo esperado, los analistas coincidieron en tres grandes causas. Por un lado no haberse internacionalizado lo suficiente durante el ciclo expansivo de la economía, por otro lado la carencia de una inversión sostenida y sostenible en innovación, y por último las limitaciones de disponer un tamaño medio de empresa inferior al de otras potencias competidoras como Alemania, Reino Unido o Francia. Las consecuencias, por todos conocidas, convergieron en una mayor dificultad para superar la crisis, rememorando las palabras de Cadalso en sus Cartas marruecas cuando lamentaba que “no era España sino el esqueleto de un gigante”.

País emocional donde los haya, tras la euforia vino el miedo, y muchas empresas, endeudadas y sin acceso a nueva financiación, optaron por la internacionalización en detrimento de la innovación, cuando no directamente reubicaron recursos de una a otra, primando la urgencia a la importancia. Una decisión apreciable en la evolución de los índices de ambos parámetros tras el batacazo de 2009. Mientras el nivel de internacionalización -medido como la suma de exportaciones de bienes y servicios respecto al PIB- recuperaba en 2010 (25,5%) el valor de 2008 (25,3%), manteniéndose al alza en años posteriores, la innovación -medida como inversión conjunta de los sectores público y privado- tardó diez años en alcanzar los 14.701 millones de euros invertidos en 2008. Esta conjunción de ralentización innovadora con aceleración exportadora ha marcado el devenir del tejido empresarial nacional y su capacidad de creación de empleo.

La internacionalización, especialmente "en época de crisis, también presenta sus jinetes, implacables al desconocimiento" y a la realidad del mercado

El impacto en las empresas ni se hizo esperar ni fue homogéneo, con múltiples tonalidades de grises entre las que precipitaron su fin y las que lograron contrarrestar el desplome del mercado interno. Mientras en las primeras internacionalizarse ejerció de catalizador de una muerte anunciada, en las segundas fue la adrenalina que precisaban para afrontar retos erróneamente postergados. También se detectaron notables diferencias a medio plazo entre aquellas que mantuvieron su inversión en innovación y las que no lo hicieron, sufriendo éstas últimas una gradual pérdida competitiva con las consecuencias que ello supone en la remuneración del empleo, la satisfacción de los trabajadores y el número de empleados en plantilla. Sin embargo, hubo un factor común a todas, que no es otro que tener que enfrentarse, de la noche a la mañana, con los cuatro fantasmas que acechan toda internacionalización contrarreloj.

El primero son las decisiones tomadas como consecuencia de proyectar factores, conclusiones, principios y considerandos del país de origen al de destino, siendo en muchos casos dogmas de fe tan impregnados en la cultura interna, por años de evidencia empírica o endogamia, que nadie es capaz de plantearse si su extrapolación merece una valoración previa. El segundo es la reducida experiencia de personal con dotes multiculturales (vocación, gestión del cambio, adaptación, idioma, etc.), factor que afecta a toda la cadena de suministro marcando la relación con clientes, socios, proveedores y personal propio. El tercero es el escaso margen de maniobra ante demoras, imprevistos o errores cuando la internacionalización responde a una reacción y no a una acción. Por último, la dificultad de acceso a la financiación internacional, factor tan crítico como desigual, siendo mucho más determinante en startups y pymes que en grandes empresas.

Abierta la caja de Pandora, es difícil evitar todo contagio, aunque pocos empeoran las consecuencias de un liderazgo mediocre. Su diagnóstico pasa por apreciar síntomas como una planificación irreal por optimista, financiación minusvalorada, operaciones mal ejecutadas, errónea selección de personal clave, política de expatriación incoherente y/o desconocimiento del factor multicultural. Todos ellos suelen converger en “hacer fuera lo que hacemos aquí”, reconfortando a quien lo impulsa al no hacer frente a las dudas que implica asumir el desconocimiento propio. De nada sirve mirar a otro lado. Si no se cierra la caja, los males siguen brotando, como bien reflejó Blasco Ibáñez en su novela de mayor éxito internacional. Un estremecedor relato ambientado en la Gran Guerra, articulado a través de cuatro jinetes (guerra, hambre, peste y muerte) que simbolizan el drama apocalíptico de todo conflicto bélico.

La internacionalización, especialmente en época de crisis, también presenta sus jinetes, implacables al desconocimiento y a la realidad del mercado. De la capacidad profesional de quienes lideran estos procesos depende no sólo el devenir de trabajadores y empresas sino parte del progreso de la sociedad en su conjunto.