Al bajar la ventanilla del coche esperaba que me llegara un chorro de aire fresco, o incluso frío. Pero lo cierto es que fui atacado por una bocanada de aire caliente, con cierto olor a azufre, proveniente del tubo de escape del camión que en ese momento me estaba adelantando.

Suelen pasar esas cosas cuando uno se confía, y piensa que los acontecimientos van a desarrollarse según unas pautas más o menos predeterminadas. Porque no es de esperar que por una carretera de segundo orden circulen muchos camiones. Y menos aún que adelanten sin avisar, rozándote el flequillo.

Así que más vale desconfiar, al menos un poco, de cualquier acontecimiento que esté aún por suceder. Como por ejemplo de la construcción del nuevo museo de Semana Santa. Porque, desde luego, de llevarse a cabo no podría ser en el plazo que se anunció en octubre de 2019, fijado para principios de 2022, en el que se contaba con 18 o 20 meses para la realización de la obra. Y es que, para empezar los trabajos, hay que contar con liquidez. Pero, por el momento, la única institución que se ha movido, a ese respecto, es el Ayuntamiento de Zamora, que, en palabras de su alcalde, ha aprobado una aportación de algo más de medio millón de euros para el año actual, y consignado (se supone que el importe restante) 1,25 millones, para los dos años siguientes. Quiere esto decir que, en el mejor de los casos, el museo no estaría listo hasta el año 2023.

A ese plazo se llegaría, si la respuesta de las otras dos instituciones se adaptara a los plazos anunciados por el Ayuntamiento. Pero héteme aquí, que los planes de la Diputación y de la Junta de Castilla y León son aún un misterio. La Diputación debería contribuir, al igual que el Ayuntamiento, con un 21,5 % de la obra (el total asciende a 8,3 millones de euros) y la Junta de Castilla y León con 4,7 millones correspondientes a su participación del 57%.

Teniendo en cuenta los reiterados incumplimientos de la Junta, sería de ingenuos confiar que esta vez sí vaya a ser capaz de cumplir su compromiso. A no ser que se dé la circunstancia de la casualidad, como aquella del día del camión que me regaló un aromático olor a gases de su tubo de escape.

Suelen pasar esas cosas cuando uno se confía y piensa que los acontecimientos van a desarrollarse según unas pautas más o menos predeterminadas

Para este año, según la información trasmitida por el Ayuntamiento, la Junta debería contribuir con algo menos de medio millón de euros y la Diputación con algo menos de doscientos mil. Pero se da la circunstancia que el convenio que debía haberse firmado a finales del pasado año, aún no se sabe cuándo se consolidará.

En la versión más optimista, para este año el museo contaría con un monto de 1,2 millones de euros, para ir empezando, o lo que es igual, un 14 % del total. Más vale poco que nada. Más vale que empiece la obra si es que se quiere que alguna vez se termine. Y más vale que se empiece pronto, pues si bien el equipo municipal, salvo hecatombes, parece que va a durar hasta el año 2024, tanto en la Diputación como en la Junta de Castilla y León pueden pasar muchas cosas. Pues tanto el PP como Ciudadanos andan enfrascados en luchas intestinas, prefiriendo entretenerse en hacer votos de censura y convocar elecciones anticipadas, en lugar de dedicarse a trabajar en sus funciones. Por si fuera poco, la opa del PP a Ciudadanos ayuda a dudar sobre quien será el partido que llegue a pilotar esas instituciones en un futuro próximo.

Así que uno no gana para sobresaltos. Ahora, que parecía que lo del museo iba adelante, resulta que dos de los tres partenaires se encuentran en posición inestable. Y no es que uno no haga lo posible por distanciarse de un sentimiento pesimista, pero es que es difícil acercarse a la confianza.

No he contado como terminó aquel viaje, en el que sufrí el resoplido de un camión, aunque, bien es cierto que no le importará a nadie. No obstante, les diré que, en la medida que me aproximaba a Zamora, las ramas de algunos árboles iban serenándose, mientras otras, en cambio, continuaban agitándose, porque el temporal no tenía ganas de calmarse. Menos mal que iba provisto de paraguas, ya que siempre llevo uno en el maletero, por aquello del por si acaso, lo que me permitió llegar a casa incólume, a pesar del torrente de agua que caía de aquel cielo encapotado.