La verdad es que el comportamiento de muchos de nuestros representantes políticos no deja de sorprenderme pese a que al inicio de esta larga pandemia escribí en estas mismas páginas que, en lo tocante a ellos y a lo suyo, poco iban a cambiar las cosas. Pues aun con esa premonición, reconozco mi estupefacción por alguno de sus discursos, sus gestos y sus silencios, que estos, no solo en el relato judeocristiano, sino en la propia ley, vienen sancionados por lo que tienen de omisión de lo que debiera hacerse, o decirse.

Y es que, aun cuando las olas de esta pandemia se superponen no dándonos tiempo a liberar camas hospitalarias y féretros, buena parte de nuestros políticos andan enzarzados en otras cuestiones y cualquier excusa parece buena siempre que pueda suponer un rédito en votos y con él una permanencia en el puesto de trabajo, que no es baladí en los tiempos que corren, aunque ellos, asunto este curioso, no se hayan planteado en ningún momento los grandes beneficios que tiene estar en un ERTE, especialmente cuando su puesto de trabajo ha estado cerrado meses a cal y canto, para no contagiarse, supongo.

Así que entiérrese a los muertos y a los hospitalizados y enfermos atiéndaseles como mejor se pueda, que total, como escribió Daniel Múgica, uno vive y muere solo y, por lo tanto, tampoco hay que rasgarse las vestiduras cuando nuestros políticos se dedican a calentar el cotarro con comentarios que obvian algo que es importante tener en cuenta: sacar a la gente a la calle es muy fácil, sobre todo en época de crisis generalizada, pero devolverlos pacíficamente a casa es harto más complicado.

Y en este contexto ahora el asunto se ha centrado en la libertad de expresión, uno de los derechos fundamentales amparados en la Constitución, esa que, como el Quijote, todo el mundo dice haber leído, aunque no hayan pasado del título. Que la libertad de expresión está en la base de cualquier Estado democrático está fuera de duda, otra cosa es cuál es su límite. El punto 4 del artículo 20 de la Constitución señala de manera genérica, como no puede ser de otro modo en este tipo de textos, que los límites están “en el respeto a los derechos reconocidos en este Título, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia”. Claro, palabras como honor, intimidad, o propia imagen son tan abstractos como el propio término libertad de expresión, así que quizás hayamos de buscar los límites de la misma en otros más concretos.

Para empezar, no estaría de más reflexionar sobre un hecho. Que yo pueda expresarme con libertad no presupone que ni lo que diga sea cierto y ni si quiera que sea fruto de un pensamiento previo y no digo ya meditado y documentado. Aunque también puedo acogerme a que si la tontada que digo levanta ampollas será que entonces estoy en lo cierto, de manera que cuando se está de acuerdo con mi opinión es una certificación de que ostento la verdad y cuando no también, que ya lo dijo todo un vicepresidente de gobierno. Así que amén, aunque esto me trae a la mente una entrevista que hace años hicieron a Rafael Álvarez, “El Brujo”, en la que decía, con la seriedad e ironía que da el ser uno de los pocos grandes del teatro que nos queda, que los gilipollas no habían aumentado, sino que ahora sus gilipolleces las conoce todo el mundo a través de las redes sociales.

Tengo para mí que las palabras en sí no ofenden, sino la intención con la que se dicen. Prueba de esto es que, a modo de ejemplo, una expresión como decirle a alguien hijo de puta parecería fuera de toda duda su naturaleza ofensiva. Sin embargo, era la manera amistosa de saludarse la gente del hampa desde el siglo XV. Y más en la actualidad, pensemos en el término cabrón. Así que la cuestión no es dirigirse a alguien con términos que, si responden a la evidencia, no han de levantar ampollas, como negro, tetrapléjico, cojo, pelirrojo, o chino, que, a fin de cuentas, las cosas son como son. Otra cosa es la intención con la que decimos a alguien alguno de esos términos, y una infinidad más, porque es esa intención la que ofende y la que viola el espíritu de la libertad de expresión.

Puestas así las cosas, me parece más que oportuno recuperar un término en desuso, pero que formó parte de la estilística literaria, y debiera que vital, desde el siglo XVI: decoro. Este término podría servir para poner coto a los desmanes de aquellos que manejan la boca y el dedo en teclado como los legendarios pistoleros del far west. Porque el decoro no es solo el clásico respeto o reverencia debido a alguien por su nacimiento o dignidad, como señala en su primera acepción el Diccionario de la RAE, sino algo mucho más profundo y que viene al hilo.

Hablando de ello en la España del siglo XVII, la profesora Mercedes Blanco señala que toda composición debía ajustarse al decoro, que no era otra cosa que matizar y modular la expresión “según quién hable, a quién, dónde, cuándo, con qué intención y sobre qué materia”. En definitiva, lo que hoy entendemos por guardar el decoro. Y así, quizás, podamos empezar a entendernos con esto que llamamos libertad de expresión.

Si quien expresa su opinión amparándose en su libertad olvida estos parámetros, es muy probable que esté haciendo el ridículo, o generando una situación peligrosa. Y esto me lleva a pensar en las declaraciones de destacados miembros del gobierno y portavoces de partidos ante las imágenes de gentes reclamando libertad mientras arrasan con locales comerciales para llevarse objetos vendibles a bajo precio, y algunos dicen que es que demandan libertad, qué huevos; o en cuando se apedrea con saña a las mismas fuerzas del orden público que se aplaudía o se clamaba por su ayuda cuando han venido mal dadas con la pandemia o la climatología; o cuando se jalea a un delincuente, pésimo poeta, por cierto, por mucho que grandes poetas como Serrat se apunten a este carro, la edad no perdona, maestro, obviando que está en prisión no por injurias al monarca, que también son delito, qué le vamos a hacer, sino por una serie de delitos anteriores, entre ellos amenazas y agresión; o cuando se alude a fugados de la justicia como exiliados y a condenados por sedición como presos políticos.

Cuando todo esto pasa y pasa cuando la angustia, el dolor, la incertidumbre, el paro y la muerte acechan en cada esquina, me parece que este país no está falto de libertad de expresión, sino de decoro y muy probablemente de decencia.