Correcto, etimológicamente, es lo que sigue en su trazado la línea absolutamente recta y no sale del camino que ella marca. En ese camino se halla todo lo que consideramos que está hecho de acuerdo con lo que corresponde, lo que cumple con la norma o patrón establecido. Es, por tanto correcto “lo que es como debe ser” frente a todo lo que no lo es porque no sigue la norma o no cumple los requisitos del patrón establecido como modelo y, por tanto, no va hacia su fin directamente. El fin de la lengua es comunicar y para comunicar es tan importante saber lo que se quiere decir como saber lo que quien recibe nuestro mensaje puede interpretar.

La existencia de un modelo supone una idea previa de lo que se desea (porque está en la línea de lo que “debe ser”) y ese patrón tira de nuestro modo de hacer para acercarnos a la mayor perfección, que se halla en el mayor parecido con lo que “debe ser”. Precisamente ahí es donde colocamos el punto final de la línea recta que nos marcamos, y hacia él vamos sin abandonar los límites que su logro nos impone.

Para decirnos cómo debemos comportarnos en la vida, los moralistas, cuyo pensamiento queda patente sobre todo en tratados de carácter religioso y cívico, establecieron desde el principio de sus tiempos una serie de preceptos que han llegado hasta hoy en forma de “diez mandamientos de la Ley de Dios” y “cinco de la Iglesia” con los que se pretende ajustar la vida interior de cada uno a lo que socialmente se considera mejor. A ello se han sumado multitud de leyes civiles, reglamentos de asociaciones, manuales de educación cívica, normativas municipales, códigos de circulación, etc., etc. que regulan nuestras relaciones habituales para lograr un orden que haga que “El Planeta” sea habitable. Y, sin embargo, hay quien pretende que el patrimonio común que constituyen nuestras lenguas cumpla su finalidad sin normas de uso ni necesidad de respeto a sus tradiciones y enseñanzas. A primera vista, parece un disparate: si todo (cualquier medicamento, cualquier aparato, por sencillo que sea) sale a la vida acompañado de un prospecto de instrucciones o un manual de uso, ¿cómo las lenguas, que son tan decisivas en nuestra vida diaria, van a ir de cabeza en cabeza sin una normativa que regule su uso? ¿Por qué el legislador municipal, provincial o nacional puede decir cómo hay que portarse y el gramático no puede decir cómo hay que hablar? ¿No es más lógico que cada uno legisle y aconseje en su campo y que sea el experto en lengua quien se responsabilice de difundir el buen orden gramatical que imponen las tradicionales prosodia, ortografía, morfología y sintaxis?

Cuando, sirviéndonos de la lengua, creamos frases, textos o conversaciones estamos haciendo uso de nuestra libertad creativa, pero no hemos de olvidar, lo mismo que cuando conducimos un vehículo, que estamos manejando la dirección constantemente, sin levantar las manos del volante, para llegar con bien a nuestro destino. El símil es muy adecuado: hablamos o escribimos guiando, conduciendo, dirigiendo nuestras palabras hacia un fin que puede ser, como es mi caso en este momento, llegar a explicar con claridad y corrección lo que uno tiene en la cabeza (y quiere convertir en mensaje) del modo más claro y ameno posible para hacerse entender por quien nos oye y para que quien escucha aproveche lo que le sea más útil de nuestra comunicación. Unas veces hablamos para preguntar, otras para explicar qué es o cómo es algo, para definir, para dar órdenes, para contar lo que nos ha ocurrido, para enseñar, para aprender… y, siempre, para cooperar con los demás, que es la función primordial del habla y de todo acto comunicativo.

En el campo, los caminos se conocen por la huella que han dejado los que por ellos han transitado antes que nosotros. En los mapas, las carreteras y las autopistas aparecen destacadas con distintos trazos y colores para indicarnos su importancia y, cuando vamos por ellas, las reconocemos porque están allanadas, pavimentadas, señalizadas y trazadas para conducirnos a nuestro destino del mejor modo posible.

Los caminos de la lengua los marca el bien hacer de los que han vivido antes. Ellos son quienes nos han transmitido en vivo el uso de tan preciado instrumento y nos han dejado modelos de expresión en lo que escribieron y contaron. Las pisadas de ese camino son las palabras creadas y las frases dichas. De ese conjunto de elaboraciones extraemos modos de hacer (las lenguas y sus variantes) que son sendas de saber y pensamiento.

Teóricamente es así de sencillo, pero la práctica exige leguas de marcha para llegar a dominar con precisión lo que se quiere decir y decirlo con gracia e incluso con belleza.

Hablamos por varias razones: La primera tal vez sea para decirnos algo a nosotros mismos (que es lo que hacemos cuando pensamos “que no se me olvide que…” y guardamos la frase para repetírnosla luego.

Muy posiblemente, esta necesidad surgió de situaciones tan perentorias como recordar dónde hay agua o comida. La segunda razón o necesidad debió de surgir de la necesidad de hacer partícipes a los nuestros de tan buenas noticias como dónde hay agua y comida. Comunicar es una necesidad que sienten todos los seres dotados de algo de inteligencia, pero el desarrollo de la instrumentación necesaria para ello depende de su capacidad cerebral y de la realimentación que se produce al crearse el órgano y su desarrollo con el ejercicio de su función.

Así pasamos del grito sin sentido al grito con sentido. Seguramente ahí está el origen de todos los lenguajes, en que el grito pasara de ser un desahogo emocional a ser un sonido de una lengua.