Un político que se entregase a la inmoralidad-amoralidad (Política) sería un mal político, lo mismo si se declarase formalmente maqjuiavélico. El maquiavelismo del político puede ser jun modo secreto de proceder, nunca constituir un programa político.

El político maqjuiavélico no sería mal político solamente por decirse maquiavélico, lo sería por serlo. La democracia tiene que ser algo más serio que la manipulación permanente de la opinión pública. No se puede engañar por sistema a los electores. El Político ha de “creer” en lo que dice.

Gumersindo de Azcárate, uno de los grandes estudiosos de los problemas de la democracia de finales del XIX y principios del XX, mantuvo la necesidad imperiosa de un cambio moral en quienes practicaban la política en España. Azcárate no se quedaba además en el puro remedio: afirmaba que era preciso que los políticos fuesen morales, buscó procedimientos eficaces para arreglar la vida política tanto en cuanto estructura de poder como en cuanto al ejercicio y administración de la misma. Se daba cuenta de que las instituciones requieren en cada caso concreto reajustes e incluso novedades para que la democracia se realice en la práctica según el régimen parlamentario.

Azcárate hacía también hincapié en la necesidad de extender la moral en política a todos los comportamientos relacionados con ella. La honradez del gobernante no consiste únicamente en no meter las manos en la Caja, no hacer ni favorecer negocios sucios. En el decálogo de la moralidad política debía figurar también el respeto a las leyes, la sinceridad en los procedimientos electorales, la lealtad para cosas y personas, para con los particos y el propio país. Son preceptos cuya infracción no causa el escándalo que lleva consigo la violación de los primeros, pero que producen quizás efectos más hondos y perniciosos.

Cuando los hombres y mujeres se dedican a la función pública y hacen en el desempeño de su función actos que serían incapaces de realizar en su vida privada, entonces, la impudicia se llama celo en favor de los amigos el engaño cuando logra su objetivo prueba de talento. Ocurre entonces que las personas comienzan a acostumbrarse a este tipo de abusos. Decía Azcárate “primero se formulan con temor, para pasar después a reglas de vida entre los que se llaman hombres del mundo, a la postre, se deslizan traidoramente a través del cuerpo social, llegando a no dejar en pie otra moralidad que la consignada en el código penal”. Las faltas que no transcienden se aceptan como inevitables acabando, corroyendo la estructura moral de la sociedad por la fuerza de la costumbre.

Hoy la vida social está convertida en una mera farsa, en un espectáculo, donde muchos no delinquen no por falta de ganas, sino simplemente por miedo a las consecuencias jurídicas de su proceder. Vivimos en una sociedad donde la picaresca imprimé carácter a todas las formas de relación social. Llegando el proceso al punto, de que quienes lo denuncien corren el riesgo de caer en el ridículo y que se les tome por cándidos e inocentes. Reclamar a los políticos sinceridad en tal clima moral sería irreal. Para muchos la política es una cosa ajena, una profesión simplemente para lucrarse los que la ejercen por medios ilícitos.

Los problemas de la ética en la política no se circuscriben solamente al comportamiento de unos políticos, o de una clase política concreta, sino que tienen una dimensión social indudable, pues influyen y determinan el clima moral de toda la sociedad.

El clima moral es importante ya que muchos miembros de las nuevas generaciones no dejan de iniciar su aprendizaje social en medio de las modelos de conducta que imperan en el medio. Nos dice José Luis Aranguren “cada hombre se hace a sí mismo. Pero en el sentido que en este momento nos concierne, el hombre es hecho por la sociedad en que vive y por el mundo histórico-cultural a que pertenece. Y esto tanto positiva como negativamente. La Cultura nos abre un camino, pero, a la vez, nos encamina o encauza por él”.