La acción política tendría que hablar por sí sola. Y tendría que hacerlo con un lenguaje de promesas cumplidas, de soluciones, que lleguen hasta lo más cotidiano del día a día. Y que lleguen y tomen presencia palpable, beneficiando la vida diaria de los ciudadanos. Sin contraluces de ideologías y sin horizontes que se pierden. Porque si se llega a la percepción de una democracia frágil, al esplendor de populismos o al escarceo y coacción de coaliciones ideológicas, el horizonte se pierde prevaleciendo el juego político y el estatus quo. Juego y estatus que la clase política necesita, para mantener sus votos y para estar captando permanentemente votantes.

Es el escenario en el que se equilibra Estados Unidos y Joe Biden. Con la gran oportunidad y desafío de mejorar las relaciones con los ciudadanos de un país debilitado y dividido, y de retomar sus sesgadas relaciones internacionales. Pero es también el escenario en el que equilibra nuestro país, frente a las próximas elecciones catalanas. Donde se tiene la gran oportunidad y desafío de mejorar las relaciones entre los ciudadanos de una Cataluña debilitada y dividida, y de retomar sus sesgadas relaciones dentro del conjunto de España.

La llamada a la unidad nacional siempre ha sido un clásico en los discursos de investidura de los presidentes de Estados Unidos. Pero esta vez, toda la teatralidad y simbolismo de la ceremonia de investidura del nuevo presidente, puede ser muy necesaria para sus cuatro años de recorrido. Donde el agresivo y populista nacionalismo de su predecesor va a estar presente de alguna manera. Y no solo en los 74 millones de electores sino también en el trumpismo como posible programa republicano para el futuro. Por ello, Biden, católico, conciliador, con una escasa mayoría en el Senado y escaso margen en la Cámara, necesita llegar, con su gestión política, a todos los ciudadanos rápida y visiblemente. Ya que una derrota en las próximas elecciones a la Cámara en 2022, sería un gran desastre y retroceso.

Lo sería también si esa gestión no llegase al escenario de los problemas mundiales. Donde coexisten, compitiendo, muchos centros de poder; y en donde EE. UU. se ha ido deteriorando. En este escenario, se necesita una cooperación global y multilateral para resolver la crisis del Covid, la económica y la del clima, entrelazadas entre sí. Por ejemplo, inmunizar a EE. UU. o a Europa, no sería suficiente si los países pobres no pueden afrontar la vacuna; ya que el virus seguiría mutando con posibilidad de reinfectar a los inmunizados. Pero además, en ese mismo escenario están asuntos tan importantes como: la vuelta al acuerdo nuclear con Irán, abrir una nueva era al desarmament0 acordando prohibiciones de pruebas nucleares y de enriquecimiento del uranio, la paz en Oriente Medio, o el plan estratégico y transatlántico de una OTAN 2030 más tecnológica y global.

Tener unos presupuestos aprobados, siempre ha constituido la clásica seguridad de que el gobierno, aun siendo de coalición, puede llevar la legislatura hasta su término (en 2023). Aunque haya intervenido el apoyo de 11 partidos heterogéneos. Pero toda la teatralidad política frente a las próximas elecciones catalanas, es cada vez más esclarecedora de las batallas que se libran en el gobierno. A un lado la complacencia de Sánchez y al otro el proyecto populista de Iglesias. Aquí, sus referencias al exilio político de Puigdemont y a que no va a ser un criminalizador del independentismo, tienen la función de un mero juego provocador para su proyecto. De ahí su fricción con ministros como Calviño, Robles, y últimamente con Escrivá por la propuesta de ajuste del sistema de pensiones. Y allí, del lado de Sánchez, otra fricción, el registro en solitario por parte del PSOE en el Congreso, sin contar con el Ministerio de Igualdad, de la ley Zerolo (Ley Integral para la Igualdad de Trato y la No Discriminación).

Es la pugna en el ejercicio de poder con fines partidistas. Y ésta, ya ha sido un fracaso en el independentismo. Donde la utilización partidista de las instituciones catalanas ha originado un bajo beneficio en la vida diaria de sus ciudadanos. Y donde un procés captando populistamente votos ha propiciado el resentimiento cultural. Y una vez más, partidista ha sido el pretender aplazar las elecciones 14-F. Pero al menos, el TSJC ha tumbado esa pretensión de un Govern que carece de presidente investido, declarando que suspender los comicios “afecta al normal funcionamiento de las instituciones democráticas”.