Tras escuchar a varios de los presidentes de CC.AA. y/o consejeros de sanidad que participaron el pasado miércoles en la reunión de coordinación del Consejo Interterritorial de Salud, quejarse por la inacción del Gobierno de España, me pregunto ¿cuántos más muertos tiene que haber “sobre la mesa” para que el señor Sánchez se deje ver en la lucha contra la transmisión de la Covid 19, en esta tercera ola que, tiene toda la pinta, va a colapsar todos los sistemas de salud de la nación?

No quisiera ser reiterativo, más como el que calla otorga, y yo no quiero ser cómplice, con mi silencio, de un gobierno que nos miente, trata de engañarnos ocultándonos datos, e intenta tomarnos el pelo tratándonos como si fuéramos imbéciles, creo que debo denunciar, una vez más, la falta de compromiso que está demostrando el Gobierno de España, con el presidente Sánchez a la cabeza, aunque solo para poner de manifiesto la dejación de funciones que está protagonizando en la lucha contra la maldita pandemia que está haciéndonos añicos.

Estoy seguro de que, puesto que entre tantos ministros y ministras debe haber personas de bien que estén asistiendo atónitas a la vergonzosa actuación de su Presidente, que parece estar más preocupado porque el señor Illa gane las elecciones catalanas que porque se adopten cuantas medidas sean necesarias para parar la marcha ascendente de la curva de contagios, solo espero y deseo que las que sean capaces de hablarle con valentía (no sé si los hay) sepan cambiar a tiempo el paso y convencerle de que debe priorizar y poner a todo su gobierno al frente de la lucha contra el virus que tiene a más de medio país atemorizado (siempre hay idiotas que no se enteran de que va la cosa y siguen poniendo su vida en juego y la de todos los que les rodean)  

La indubitable desfachatez que están demostrando muchos de los miembros del Gobierno en el ejercicio de sus funciones y el insoportable aire que se debe respirar en el seno del Consejo de Ministros, por las disensiones que, es notorio, se dan entre varios de ellos, es un espectáculo tan deprimente que solo debería conducir a su disolución o a una crisis tan acentuada que se llevase por delante a todos los que, ya lo han demostrado, no son capaces ni siquiera de respetar la Constitución cuya observación y preceptos prometieron cumplir . Unos y otros, lejos de tratar de evitar que trasciendan, sacan a la luz sus diferencias, digo yo, con el objetivo de desgastar a sus compañeros de gabinete y, de paso, ganar adeptos de cara al futuro. Ya lo decía Winston Churchill hace muchos años: “los verdaderos enemigos son los que se sientan a tu lado”, o dicho de otro modo “líbrame de mis “amigos”, que de mis enemigos me libro yo”.

Vicente Vallés, uno de los periodistas más acreditados del momento, cada vez que nos informa acerca de las actuaciones del Gobierno, lo hace apoyándose en la documentación que pueda acreditar la veracidad de sus afirmaciones; así lo hizo cuando puso en entredicho las cifras que nos daba el Presidente Sánchez sobre las víctimas de la pandemia, por su diferencia con las que sacaba el INE (Instituto Nacional de Estadística) que es el que organismo que, tras recibir y analizar cuanta información recibe, ofrece los datos estadísticos reales sobre cualquier cuestión de relevancia, como lo es, sin ningún género de dudas, la evolución de la Covid 19. 

Poco después puso en evidencia a la señora portavoz, y ministra de Hacienda, Maria Jesús Montero, al afirmar que mentía cuando nos decía que la Comisión Europea no nos permitía rebajar el IVA de las mascarillas, cuando era absolutamente falso; cosa que también hizo hace escasas fechas cuando la misma ministra trataba de hacernos creer que tampoco se podía “tocar” el IVA de la factura de la luz, porque la Comisión Europea impedía que se bajara; falso también, como pudo demostrar fehacientemente….¡Olé por Vicente Vallés!

El mismo periodista, como lo hicieron muchos más líderes de opinión de los medios de comunicación más acreditados, hace bien poco, dió la cera que se merecía al vicepresidente Iglesias por equiparar a los exiliados de la guerra civil con el prófugo Puigdemont, manifestación desde todo punto reprobable, que motivó el enfado más generalizado del gobierno de coalición por la salida de tono que tuvo, y van ni se sabe, el señor del moño; pero nada más. El señor Iglesias, que no suele dar puntada sin hilo, puede que, como dijo, haya hecho tales manifestaciones por convicción, lo que no es óbice para que muchos pensemos que, además de por lo aludido, las haya hecho para sacar tajada de su pronunciamiento en las próximas elecciones catalanas; en cualquier caso, una opinión muy compartida es que sus declaraciones deberían ser motivo más que suficiente para su cese. Allá el señor Sánchez y sus “sanchadas”, que espero le pasen factura más pronto que tarde. 

Otro periodista “cum laude”, Carlos Alsina, que tampoco se queda atrás cuando hay que hablar claro, hace unos días, tal vez sin quererlo, puso en evidencia al ministro de lnclusión, Seguridad Social y Migraciones, señor Escrivá, cuando al preguntarle por el cambio de criterio en el periodo de cómputo para el cálculo de las pensiones, éste, al querer ser “más papista que el Papa” “metió la pata hasta el corvejón” al tratar de hacer creer al Sr. Alsina que el gobierno nunca se había planteado aumentar el periodo de cómputo para el cálculo de la base reguladora de las pensiones de jubilación, cuando hay sobrados documentos públicos que así lo acreditan. Las malas lenguas dicen que, o bien el señor ministro no se entera de lo que se cuece entre bastidores, o bien no quiere asumir que sus “compas” de Podemos le han ganado por la mano…. Las declaraciones del ministro Escrivá, en el programa “Mas de Uno” de Alsina, fueron insólitas y esperpénticas, cuanto menos.

Y yo me pregunto ¿no hay forma de exigir la dimisión de los gobernantes que una y otra vez nos tratan como si fuésemos tontos?

Algo habrá que hacer para conseguir que el funcionamiento de las instituciones sea más riguroso, y para que los políticos, en general, y los gobernantes, en particular, estén sujetos a una disciplina y a un código de conducta que obligue a quienes incumplan sus promesas, mientan o engañen, a dimitir de facto, es decir, a dejar sus cargos en el momento que pueda quedar demostrado que nos han mentido o engañado, pues una conducta tan deplorable no puede ser algo que se convierta en un proceder normal con el que tengamos que acostumbrarnos a convivir.

Si la clase política tuviera un mínimo de dignidad debería imponerse a sí misma unas normas de conducta cuyo incumplimiento llevara aparejado el apartamiento de los cargos a los que se pueda acceder por elección, porque quienes no cumplen con lo prometido, ni llevan a cabo los compromisos que asumieron en campaña electoral, se mire como se mire, bien podrían ser acusados de cometer fraude electoral, y, en consecuencia, deberían ser obligados a dimitir, sin más. De igual modo que habría que exigir el cese en el desempeño de sus funciones de aquellas personas que, habiendo sido nombradas para ejercer un cargo público, mientan, engañen, o defrauden a la ciudadanía por un comportamiento inadecuado o indecente, como hay tantos casos.  

El que un día sí y otro también tengamos que asistir impasibles, y sin poder hacer nada, al espectáculo que nos dan nuestros gobernantes, es algo que deberíamos intentar cambiar; de lo contrario ¿para qué sirve la tan demandada en tiempos pasados soberanía popular, si el pueblo no puede hacer nada contra los gobernantes que, una vez asentados en el poder, sistemáticamente le mienten, le engañan, o se comportan de forma indebida?

Sean del partido que sean y gobiernen donde gobiernen (ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas o en el mismísimo gobierno de la nación) siempre que a un gobernante se le pueda coger en un renuncio, debería haber una norma, que le fuese de aplicación, en virtud de la cual se le pudiese exigir de facto al abandono del cargo que estuviese desempeñando, sin más justificación que la demostración fehaciente de los hechos, mentiras o engaños que se le puedan imputar; por ejemplo, si a un presidente del Gobierno, al que se le votó porque en su campaña electoral dijo que haría, o que no haría nunca esto o aquello, se le pudiese tachar de mentiroso por haber faltado a la verdad, o haber hecho justo lo contrario de lo que prometió hacer, o no hacer, habría que abrirle la puerta para que se fuera sin hacer el menor ruido. Con que se hiciera efectiva una vez la exigencia de dimisión a un gobernante que haya mentido o engañado a su electorado, en particular, y al pueblo, en general, <otro gallo cantaría>.

Lo mismo digo de los gobernantes que, estando como estamos, por culpa de la maldita pandemia, y aprovechándose de su posición, se están saltando a la torera los protocolos y prioridades de vacunación, para vacunarse ellos y, algunas veces también, sus allegados. A mi juicio, todo el que se haya vacunado sin tocarle, y no pueda demostrar que lo hizo por motivos justificados, debería irse a la calle, sin dilación…

Y como nunca es tarde si la dicha es buena, creo que va siendo hora de que empecemos a exigir a la clase política que se comporte de otra forma. Si no somos capaces de conseguirlo, mejor nos dedicamos a la vida contemplativa.