Superado el primer estado de alarma establecido por el Gobierno español para hacer frente a la pandemia de COVID-19, Zamora intentó posicionarse en el mercado turístico ante el incipiente verano con una campaña titulada “Espacio vital”. El Ayuntamiento y la Diputación entendían que la baja densidad de la población -uno de los grandes males que desangran la provincia- podía convertirse en una oportunidad, si se lograba atraer a los turistas que buscaban entonces un refugio frente al virus. La oportuna expresión ha resucitado esta semana con la presentación del proyecto de peatonalización del entorno de la muralla. Pero, paradójicamente, es ahora la propia ciudad la que parece haber encontrado en la avenida de la Feria ese “espacio vital”: una interesante zona de expansión para ciudadanos y turistas.

Así será el espectacular paseo para la muralla que ha diseñado el Ayuntamiento de Zamora Luis Garrido

No es la primera vez que una ciudad descubre un verdadero filón en un área inexistente, olvidada o marginal. Una nueva superficie de vida capaz de ampliar las posibilidades de los ciudadanos y de revolucionar su percepción desde el exterior. Dos ejemplos concretos. En 1995, Gijón inauguraba la playa de Poniente, dentro de un macroproyecto de regeneración de la costa. La ampliación urbanística es hoy una parte indisociable de la urbe asturiana. También desde la década de los noventa, Bilbao impulsó la recuperación del entorno de la ría para convertirlo en un paseo, el de Abandoibarra, sin el que actualmente se entendería la capital vizcaína. De paso, el conjunto de actuaciones logró devolver la fauna perdida a un ecosistema profundamente degradado.

Este tipo de hallazgos no son nuevos tampoco para Zamora. En una dimensión completamente distinta, la capital ha logrado integrar el paseo de La Aldehuela en las dos últimas décadas. La zona pasó de ser una carretera sin mayor relevancia a convertirse en una superficie de convivencia entre peatones y vehículos, irrenunciable ya en el día a día de los zamoranos.

Obviamente, la avenida de la Feria ofrece además dos valores capaces de propiciar una verdadera revolución urbanística. De un lado, su emplazamiento en el corazón urbano. De otro, y lo que es más importante, su pasado histórico y la presencia de un monumento singular, la muralla, testigo en el siglo XXI del origen medieval de la ciudad. Y en esa impronta de la Edad Media, sobre la que el Ayuntamiento de Zamora quiere cimentar una nueva marca de promoción, está la clave de la atracción turística. El ejemplo clásico es la recuperación de las murallas de Ávila, las de mejor salud de todo el continente, que propiciaron a la ciudad de Santa Teresa la declaración Patrimonio de la Humanidad y se convirtieron en el principal motor de su éxito turístico.

Ya en los años noventa, el Ayuntamiento renovó la imagen de la fortificación con una serie de actuaciones junto al Duero que rejuvenecieron la fisonomía del muro adosado a las Peñas de Santa Marta. Aquella intervención puede ser completada ahora, tres décadas después, con un proyecto que pretende otorgar al ciudadano 18.000 metros cuadrados de pavimento entre el parque de San Martín y la Puerta de la Feria. El coste total será de diez millones de euros, de los que aproximadamente la mitad se dirigen a la expropiación de construcciones que durante el siglo XX han ocupado el “glacis”, terreno junto al recinto amurallado que está siendo liberado. La otra mitad se destinará a la construcción de nuevos ajardinamientos y paseos, que “robarán” dos carriles al tráfico de vehículos.

Francisco Guarido aceleró desde el inicio de su etapa como alcalde las expropiaciones en la avenida de la Feria, dando continuidad a una empresa iniciada en 2001 por sus predecesores. El resultado esperado era la obtención de un valioso espacio, tanto que su urbanización y revalorización precisaban de un proyecto específico a la altura de Zamora y su pasado. Dicha tarea ha recaído en el arquitecto zamorano Marco Antonio Martín, que ha elaborado un plan director en tres fases cuyo último episodio -la limitación de la circulación rodada- competerá ya al próximo mandato municipal.

La presentación pública de la propuesta, a través de una recreación virtualizada, tuvo tal impacto que las reacciones no se hicieron esperar en las redes sociales. En una sociedad ávida de señales esperanzadoras ante un futuro que se adivina aún más negro tras el efecto devastador de la pandemia, la acogida fue insólitamente positiva, con un aplauso casi generalizado que se ha impuesto a algunas críticas puntuales. 

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Pero los mismos ciudadanos que han revelado su ilusión por la noticia se han recetado para sí mismos prudencia y cautela. El bloqueo que sufren algunos proyectos municipales clave -como la adaptación del Banco de España en cuartel de la Policía Municipal y el efecto dominó que impide avanzar en el futuro Museo Lobo- impide otear sin recelos el horizonte. Un resquemor que, llevado a la provincia, se incrementa al comprobar la estéril, por escasa, implicación del Estado en dos demandas fundamentales: la conversión de la N-122 en autovía hasta Portugal y la reactivación del campamento militar de Monte la Reina.

Zamora es consciente de que se juega parte de su futuro en la recuperación de un espacio de enormes posibilidades sociales y turísticas. Así lo entienden las ciudades medias que se sitúan a la vanguardia, con una apuesta decidida por la sostenibilidad y un urbanismo que coloca a las personas en la cúspide de la pirámide. Si a eso se suma que la identidad medieval es aún un valor por explotar, la peatonalización de La Feria puede, efectivamente, impulsar la construcción de una “marca” diferenciadora que ya tiene en su haber el románico y la Semana Santa. La propuesta, por ilusionante, ha vencido el hastío ciudadano. Cabe reclamar ahora que el Ayuntamiento responda con una responsabilidad proporcional para hacer realidad algo que, más que un anhelo, aparece ya como una necesidad vital.