Si todas las personas, con independencia de su responsabilidad hacía los demás, debieran ser ejemplares para sus conciudadanos; más, si cabe, las que tienen como profesión la docencia, pues además de transmitir conocimientos y saberes, deben procurar que las actitudes profesionales, el comportamiento ético, el afán de superación, la búsqueda constante de la verdad científica, la formación continua, el ejercicio permanente de pensar, la motivación por el aprendizaje, el sentido crítico en el aula, y un larguísimo etcétera, les sean consustanciales, muy especialmente a los universitarios, al condicionar tales actitudes el aprendizaje de los discentes, lo que influirá en su futuro laboral y personal.

Y también el compañerismo, atributo indispensable en los colegas “de bien”, recibiendo y acogiendo con cariño, con amabilidad, con comprensión, con el apoyo, orientaciones y asesoramiento que precisan los recién llegados a las tareas de enseñanza; es decir, siendo un “maestro”, “De mérito relevante entre las de su clase”.

Pero además de todo lo dicho, el profesor es persona que, como todas, tiene multitud de relaciones dentro y fuera del aula, donde manifestar su talante liberal, su espíritu universalista, sus opiniones fundadas en evidencias, en la lógica, en el sentido común, en deducciones y métodos racionales, en su proceder constructivo, en sus aportaciones a la sociedad, en su participación en organizaciones civiles de todo tipo, etc., en suma, poniendo al servicio de todos, todo lo que su persona tiene, con altruismo, con elegancia, con “savoir faire”, con “fair play”.

La amistad suele ser “santo y seña” de las buenas personas, con sus consejos, con la puerta siempre abierta de su domicilio, con el acercamiento a sus familiares, a sus conocidos, a todas las buenas gentes con las que comparte inquietudes y sus momentos de ocio.

Lo reseñado, y muchísimo más, son predicables de Enrique Cabero García, (q.e.p.d.), que fuera profesor, compañero y amigo ejemplar en la excelente Escuela Universitaria de Estudios Empresariales de la USAL, donde impartió, con el magisterio que le caracterizaba, las asignaturas de “Análisis de Mercados” y “Comercio Exterior”, rompedoras e innovadoras en los Planes de Estudio de la Diplomatura, y que sí respondían a lo que la economía y las empresas españolas demandaban de los titulados que salían del “Alma Mater”.

A su esposa Teresa, como a sus hijos y nietos, a través de estas líneas, le expreso mi más sentida condolencia.

El recuerdo, el talante, el magisterio, la hombría de bien y el ejemplo de Enrique serán imperecederos. “La muerte no existe, la gente solo muere cuando la olvidan”. Descanse en paz.

Marcelino Corcho Bragado