Las legiones romanas, a partir del siglo I de nuestra era, nos trajeron sus usos y costumbres, así como su lengua el latín, El latín culto quedó como lengua usada por la administración, y el latín vulgar fue utilizado por el pueblo. Este se mezcló con el resto de las lenguas que se hablaban por entonces en la península, y dio lugar a las lenguas románicas, una de ellas es el castellano o español.

A lo largo de la Edad Media, el latín vulgar se fue olvidando, se acabó perdiendo y es así como se fue forjando una nueva lengua, el castellano o español.

Si observamos uno de los espléndidos capiteles de la iglesia visigoda zamorana de San Pedro de la Nave encontramos, como dato curioso, a Daniel entre dos leones que están lamiendo agua. Y es que, a pesar de que en la historia se nos cuenta que está en un circo con el suelo de arena, ya en el siglo VIII, el anónimo tallista del capitel no comprendía bien el latín vulgar, pues lacum había cambiado su significado y de lugar arenoso, pasó a significar lago, una superficie de agua separada del mar.

Este fue un paso más en la creación de nuestra nueva lengua.

Las primeras manifestaciones escritas en castellano se remontan al siglo XI y se conservan en un monasterio riojano, el de San Millán de la Cogolla. Se trata de unas notas explicativas de palabras o glosas, que los copistas ponían al margen de los códices latinos, porque en ese momento tampoco entendían bien el significado de las palabras en latín y necesitaban explicarlas en la nueva lengua que se había desarrollado. Por eso las llamaron Glosas Emilianenses. Se conservan más de cien escritas en lengua romance español antiguo.

Algunas son simples palabras como, por ejemplo, trastorné; otras frases como, nos non kaigamus, y la primera glosa en romance, la conocida como la número 89, aparece en un sermón de san Agustín, y comienza así, “Cono aiutorio de nuestro Señor Cristo, señor salvador…”.

Después aparecieron los primeros escritos de la poesía castellana. Y en 1948, un erudito y experto arabista español, Emilio García Gómez descubrió por casualidad en unos manuscritos árabes semidestruidos en la Sinagoga de Fostat, en El Cairo, como remate de poesías en árabe clásico, llamadas moaxajas, unas breves cancioncillas puestas en boca de una mujer enamorada, que hace participes a su madre y hermanas de sus penas de amor, las denominaron jarchas, y sonaba así nuestra lengua por aquellos tiempos: “Qué farallo? / ¡Qué será de mibi/, Habibi/. No te tolgues de mibi”. (¿Qué haré yo/ ¿Qué será de mí? /Amor mío/. No te alejes de mí).

Y demostró que, contrariamente a lo que por entonces se creía, la lírica románica no descendía de la provenzal.

Y después de las jarchas vinieron las canciones en las que se alababan las gestas de nuestros héroes y una vez más Zamora, fue la protagonista, no sólo de nuestra historia, sino también de este tipo de literatura.

Ya que los poemas de gesta se encuentran prosificados en las crónicas. Y antes que el Poema de Mío Cid, del que Pidal acabó haciéndose con el manuscrito, se escribió el Cantar del Cerco de Zamora, a pesar de que no se haya encontrado el texto original.

En el del Cerco de Zamora se recoge el asedio al que sometió Sancho a la ciudad, la muerte de este a manos de Vellido Dolfos y el enfrentamiento a muerte entre los hijos de Arias Gonzalo y los seguidores de Sancho.

Dicho Cantar del Cerco de Zamora, se conserva en gran parte en latín y en romance, por un lado, en un poema latino titulado Carmen de norte de Sanctii Spiritus y en romance en la Crónica Najerense y en la Primera Crónica General.

El Cantar del Cerco acabaría con el reto de los hermanos en el Campo de la Verdad, y el del Cid empieza con la Jura del rey Alfonso en Santa Gadea para demostrar que no ha tenido nada que ver en la muerte de su hermano.

Estos versos que siguen forman parte del Cantar del Cerco de Zamora, en ellos el rey Fernando está a punto de morir y al repartir el reino entre sus hijos se ha olvidado de Urraca y Elvira, y esto es lo que le deja a Urraca: “Allá en Castilla la Vieja/, un rincón se me olvidaba;/ Zamora había por nombre/, Zamora la bien cercada;/ de un lado la cerca el Duero,/ del otro Peña Tajada,/ del otro la Morería,/ una cosa muy preciada.”

Y este fue el principio de una nueva manera de pensar, de un nuevo mundo, de una nueva comunidad de hablantes que actualmente está formada por más de 580 millones de personas, siendo la segunda más hablada en el planeta, después del chino y con 483 millones que la tienen como lengua materna.

Y quienes nos gobiernan, parecen no darse cuenta de la aberración que supone privar a parte de una comunidad de hablantes de España de una lengua que debería ser un nexo entre todos los habitantes de un país, sin dejar a un lado al resto de las lenguas que en él se hablan.

García Márquez defendió siempre una literatura en lengua castellana:

“No hablemos más por separado de literatura latinoamericana y de literatura española, sino simplemente de literatura en lengua castellana. Esta división se hacía hace poco entre los propios países de América Latina, y ha sido olvidada ante la aparición simultánea e inexplicable de buenos novelistas en la mayoría de nuestros países”.

¡Qué riqueza de país! ¡Qué políticos sin luces!