En Madrid la hostelería funciona -con medidas de prevención, pero sin mayor problema- hasta las doce de la noche los siete días de la semana. Pero en Castilla y León hay que mantener cerrada la hostelería porque se aglomera la gente que no existe. Ayuso y Madrid eran el peligro, también para nuestros gobernantes regionales. Hoy Madrid registra la menor incidencia de casos por 100.000 habitantes de la península mientras Castilla y León sigue disparada en ascenso y duplica la media nacional. Nadie dimite, pide disculpas o rectifica.

Eran quince días, justificados en que se reducirían los contagios, ahora se prorroga por otros quince porque siguen aumentando. Todo apunta a que luego serán otros quince y previsiblemente después otras dos semanas con independencia de la evolución. Se ha demostrado que existe un modelo que funciona; falta explicar qué baile neuronal impide a nuestros dirigentes seguirlo y aplicarlo, adaptado a las características de nuestros pueblos y ciudades. Falta explicar por qué seguimos sin gastar unos cientos de miles de euros públicos en hacer test de antígenos que han demostrado ser el más rápido y eficaz método de control y a cambio hacemos perder millones de euros a nuestra economía productiva, cerrar definitivamente cientos de pequeños negocios y destruir decenas de miles de puestos de trabajo urbanos y rurales.

Pintar en los escaparates que la hostelería somos todos sirve tanto como escuchar el “Imagine” de Lennon cuando hay un atentado terrorista, o como los ladridos a la luna del verso de Bécquer. Detrás del hostelero, están la distribución, el panadero, frutero, carnicero y pescadero. El agricultor y el ganadero. Detrás las tiendas de ropa y calzado que nadie compra porque no hay ocasión de lucirlos. Detrás todo lo demás en Zamora, una provincia escasa de vida y de vidas, machadianamente hendida por el rayo y en su mitad podrida por la parálisis y la resignación.