A primera hora de la noche del lunes 3 de noviembre de 1980 cinco jóvenes entran a tomar una copa, como hacían de manera habitual ellos y varios de sus compañeros de trabajo, al bar Aizea, un pequeño local ubicado a las afueras de la localidad guipuzcoana de Zarauz. Dos de ellos tienen poco más de veinte años y llevan apenas unos meses residiendo allí. El bar está prácticamente lleno, con más de veinte personas a esas horas. Justo en ese momento la maquinaria del crimen se pone en marcha y es posible que algún chivato se asomara para ver si, en efecto, aquellos jóvenes estaban en el bar. Así, poco antes de la medianoche, cinco asesinos se acercan al local: dos de ellos se quedan fuera mientras que tres entran en el local por la puerta trasera y, sin mediar palabra, ametrallan al grupo de los cinco chavales.

Durante el fusilamiento, los pistoleros descargan más de sesenta disparos que no solo acaban con la vida de cuatro de los jóvenes, sino que también hieren de gravedad a varios clientes. Uno de ellos, Miguel Lasa, peluquero, sale justo en ese momento del aseo del bar y un disparo le atraviesa la cabeza; morirá al día siguiente en un hospital de San Sebastián. Cuando cesa el fuego de los asesinos, llega la ejecución a sangre fría de jóvenes moribundos que yacen en el suelo, desarmados e inermes; uno de los asesinos se acerca a rematarlos con tiros a corta distancia. Cuando los asesinos huyen, la escena que dejan tras de sí es dantesca; además de los jóvenes muertos, uno de los camareros, Antonio Izquierdo, ha recibido un tiro en el cuello y queda malherido, al igual que tres clientes que estaban en el local, Ismael Aguirre de 23 años, quien resulta herido en ambos pies y en un brazo; Izaskun Garmendia de 19 años herida en un tobillo, y Basilio Elola, de 39 años, herido muy grave, recibe un tiro en la espalda y la bala se le queda alojada en la segunda vértebra dorsal. De la cuadrilla de los cinco jóvenes solo uno de ellos, Nicolás Martín Maestro, de 26 años, queda malherido y logrará salvar la vida.

La cuadrilla de los cuatro jóvenes asesinados aquella noche estaba formada por Ángel Retamar, que deja huérfanos a dos niños de corta edad, Arturo López, Julio Cantillejo y Modesto García Lorenzo. Este último tenía apenas veintidós años aquella noche maldita. Había nacido en Ribadelago, y se había criado en diferentes pueblos de Sanabria. Sus padres vivían, aquel año maldito de 1980 y según cuenta la prensa de la época, en el Barrio de San Francisco de la Puebla. Modesto era hijo de Josefa Lorenzo, de la Puebla, y de Modesto García Doval, gallego de Viana, según me contaban este verano en el Mercado del Puente. Aquel matrimonio tuvo cuatro hijos: dos hijas y dos varones, Francisco y el asesinado Modesto, que eran guardias, como su padre, una salida laboral en aquella época con la que labrarse un futuro fuera de las estrecheces del mundo rural. El cadáver de Modesto llegó el martes día cuatro por la noche al aeródromo de Matacán en Salamanca y continúo por carretera hasta la Puebla. El entierro tuvo lugar el miércoles 5 de noviembre, en una iglesia abarrotada y al mismo asistieron varias autoridades civiles y militares de la provincia de Zamora. La crónica con la que el viejo Correo de Zamora narra aquel instante es desgarradora, tantos años después: una familia se despide de su hijo, un joven asesinado en la flor de la vida, que hoy tendría 62 años y que estaría cerca ya de la jubilación. Su familia no superó el drama y las cosas nunca volvieron a ser iguales para ellos. Después, como con tantas otras víctimas, llegó el olvido. La democracia española no tuvo una ley de reparación y apoyo a las víctimas del terrorismo hasta una fecha tan tardía como 1999.

No todos los asesinos pagaron por su crimen: detenido en 1983, Juan María Tapia fue condenado en 1988 a penas que sumaban más de cincuenta años de prisión por su participación en la matanza de Zarauz como encubridor de los asesinos. Abandonó la prisión en abril de 2005. Por su parte, el siniestro José Javier Zabaleta -uno de los autores del ametrallamiento- llegó a ser jefe de los comandos etarras hasta su detención en 1990. Condenado a 200 años de prisión por los asesinatos cometidos aquella noche, salió de la cárcel en julio de 2019, siendo recibido en Hernani como un héroe por decenas de simpatizantes de Sortu, el partido que vertebra y lidera la coalición electoral EH Bildu.

Aquel año de 1980 no fue un año cualquiera: el terrorismo ultranacionalista y de extrema izquierda que practicaban las dos ramas de ETA -la militar y la político-militar- sembró el País Vasco y Navarra en particular, y España en general, de cadáveres. Más de 132 personas fueron asesinadas en 1980 y en torno a cien quedaron heridas en los 395 atentados -más de uno al día- cometidos por la organización. El nacionalismo cruento de extrema izquierda buscaba desestabilizar a la recién nacida democracia española apenas un año y pocos meses después de aprobada la Constitución, con la intención de conseguir un golpe militar que tirase por tierra los anhelos de paz y convivencia de gran parte de la sociedad española.

Muchas de aquellas víctimas nunca fueron más que un número y en eso los asesinos también consiguieron sus objetivos. Cuenta el historiador Timothy Snyder en “Tierras de Sangre”, un estudio sobre la violencia que la Unión Soviética y Alemania ejercieron sobre el territorio que hoy forma parte de Polonia, Ucrania y Bielorrusia, que los regímenes nazi y soviético, al asesinar a millones de personas entre los años treinta y cuarenta del pasado siglo XX, convirtieron a las personas en simples números. “A nosotros nos corresponde”, dice Snyder, “buscar esos números y situarlos en perspectiva. A nosotros nos toca transformar de nuevo esos números en personas”. Y este deber cívico para con todos aquellos que fueron asesinados por defender nuestras libertades es también nuestro. Aunque hayan pasado ya cuarenta años.