Una de las clásicas afirmaciones sobre la gestación de los Estados Unidos es que fue un proyecto político erigido sobre un intenso y concienzudo uso de la violencia. La población indígena fue diezmada hasta casi el exterminio y la esclavitud constituyó uno de los fundamentos del sistema productivo todavía en la segunda mitad del siglo XIX. El nuevo país emergió en sintonía con los valores ilustrados, aspirando a separarse de una Europa anclada en los viejos valores políticos y en la intolerancia, aunque algunos de los nuevos colonos blancos trajeron consigo inoculado el fundamentalismo religioso. Ser el primero en algo si bien supone emprender en ocasiones un proyecto épico, también implica asomarse a un precipicio insondable cuyo final no se observa, aunque pueda intuirse. El proyecto de la nueva patria americana para los desheredados del mundo permitía generar ilusiones, pero a un precio muy alto porque nada estaba escrito y, ya se sabe que, ante la ausencia de reglas prevalece la ley del más fuerte, hasta que las instituciones logran imponer cierto orden, proceso que en Estados Unidos culminaría únicamente en la segunda mitad del siglo XIX tras la expansión hacia el Oeste.

Desde entonces han transcurrido muchos años, aunque también muchos menos de los que estamos habituados en Europa para asimilar y comprender los ritmos de la Historia. Esto significa que el papel cultural y político desempeñado por la violencia estructural en el contexto norteamericano se encuentra muy presente en el imaginario colectivo. Dicha violencia interna resulta difícilmente comparable con guerras internacionales, donde la imagen del enemigo resulta lejana y está muy perfilada. Por el contrario, la violencia norteamericana es íntima y silenciosa, casi siempre desarrollada por los mismos y en un único sentido, normalizándose progresivamente e interiorizándose a través de unos elevados niveles de criminalidad, el libre acceso a las armas, los modelos carcelarios que representan la muerte en vida, la ausencia de monitorización de la brutalidad policial o la singular circunstancia de ser el país democrático que aplica la pena de muerte con mayor frecuencia. Resulta lógico pensar que, en este contexto, la violencia directa o su presencia latente juega un papel importante en las pugnas políticas.

Estados Unidos es una sociedad en plena transformación identitaria. En el año 2044 la mayoría de la población no será blanca, y ésta ya se encuentra en clara posición recesiva social y cultural, mostrando algunos de sus sectores más vulnerables alarmantes niveles de declive económico. De forma paralela, la población negra en una posición de postración secular, cuya situación objetiva ha mejorado en términos absolutos -pero en parte frustrada por el empuje dinámico de otras minorías-, ha visto emerger de su seno minorías cultas de clase media que entienden la pugna sociopolítica y la necesidad de abrirse espacios. A ello resulta preciso añadir que se sienten cada vez más agraviados por un relato histórico en el que se encuentran rezagados y con una capacidad de influencia que interpretan muy inferior de la que les corresponde. En este contexto de competencia identitaria y cultural con negros, hispanos y otras minorías, la población blanca más vulnerable debido a su carencia de oportunidades, escasa formación, empobrecida, olvidada y menospreciada por las élites culturales, siente amenazada su identidad y proyección de futuro.

Como consecuencia de esta situación, estamos asistiendo en estas comunidades blancas de origen europeo a la emergencia de cierta relación esquizoide con la violencia, al concebirla como una opción desesperada y romántica cuando se amenaza con ella por parte de las milicias supremacistas vinculadas a la extrema derecha. Sin embargo, también la interpretan como una certera amenaza, al ser empleada en las calles contra la policía por parte de minorías que intentan alterar el viejo orden natural de las cosas. Este contexto ha sido muy correctamente interpretado por el presidente Trump y su finalidad es instrumentalizarlo para ponerlo al servicio de sus objetivos políticos. El presidente es consciente de que la violencia desatada contra los episodios de brutalidad policial puede apuntalar la sensación de un caos generalizado y descontrolado. Si es capaz de transmitir dicha percepción a amplios sectores de la sociedad norteamericana de clase media, al margen de su adscripción racial, puede lograr unos votos muy valiosos, si estos se encuentran estratégicamente distribuidos. Por esta razón la pretensión de Trump de transmitir que los demócratas representan el caos y, por el contrario, él encarna la firmeza frente al desorden, constituye uno de los principales ejes vertebradores de su mensaje. La principal dificultad radica en que otros problemas como la gestión del COVID-19 no le permite resultar coherente en su pretendido mensaje de gestor eficaz. Por otro lado, la abierta permisividad mostrada con los grupos supremacistas y los guiños realizados a uno de ellos (Proud Boys), indicándoles que estén preparados por si vienen mal dadas, no permite tampoco reforzar su imagen de hombre de Estado.

La Historia nos muestra que manipular la violencia en beneficio propio puede resultar en ocasiones relativamente fácil, pero una vez desencadenada, el resultado final produce sorpresas poco gratificantes para quién dio el primer paso. El recurso a la violencia en las sociedades democráticas sigue estando muy penalizado y suele generar gran inquietud. Apostar por su utilización de forma activa o pasiva supone asumir un gran riesgo. El presidente Trump ha asumido que su única oportunidad para ser reelegido es jugar fuerte y arriesgar, lo que está generando gran incertidumbre a amplios sectores de la sociedad norteamericana y no parece que haya logrado por el momento ganarse el voto masivo de esos sectores indecisos, pero potencialmente temerosos de la violencia racial. Por el contrario, en este momento sigue prevaleciendo la imagen de un líder provocador dispuesto a poner a su servicio una violencia sectaria para la defensa sus propios intereses.      

(*) Óscar Jaime Jiménez. Profesor de Sociología. Departamento de Tendencias Sociales. UNED