A veces pienso que el exceso de información, lejos de aclarar las cosas, ha creado cierta confusión en torno a Covid- 19; nos llega desde cualquier parte, sin tregua y con tal proliferación de datos que hace difícil su proceso. Por si esto no bastara, la falta de claridad en los mensajes de las diferentes administraciones añade un punto de crispación a una situación ya de por sí delirante y que se arrastra desde que el pasado 11 de marzo la OMS reconociera como pandemia la propagación del coronavirus. Su impacto, inesperado y con una brutalidad propia de otros tiempos, ha cambiado por completo nuestros modos y costumbres, la forma de relacionarnos, las idas, las venidas, nuestra escala de valores incluso, pero ello no justifica la tensión política que se está viviendo. En absoluto. Y es que, de un tiempo acá asistimos a intervenciones parlamentarias que parecen sacadas de oscuros manuales y más propias de tugurios con olor a orines y aguardiente barato que de quienes se supone están llamados a liderar el país.

En boca de un magistrado, tenemos a los políticos más tontos y maleducados de la historia. Yo no me atrevo a decir tanto, la verdad, pero, a tenor de lo que escucho, esos virtuosos de la demagogia surgen como setas a lo largo y ancho del espectro parlamentario. Es como si hablando de los llamados padres de la patria, (con las consiguientes excepciones, por supuesto), la estupidez no supiera de siglas, partidos o ideologías.

Miren ustedes, señorías. Por más que se empeñen en cargársela al de la bancada de enfrente, la responsabilidad en la gestión del COVID- 19 es de todos, compartida, por tanto basta ya de escurrir el bulto y unan esfuerzos. ¿Es que no les parece suficiente el número de víctimas para aparcar sus intereses partidistas? O son, tal vez, los contagios, ¿les parecen pocos? Dígannos qué más tiene que pasar en este país para que de una vez por todas centren su esfuerzo en la crisis y sus secuelas de desigualdad y pobreza, ¿que nos quedemos sin sanitarios?, ¿que se hunda el cielo? ¿O es que piensan, acaso, sacarnos de la emergencia en la que nos encontramos con la violencia verbal de la que hacen gala?

No, señorías, no se equivoquen. Por más que insistan, el exceso dialéctico no lleva a ninguna parte salvo a la división y el enfrentamiento. Y les diré más, cuando el uso de la violencia verbal se convierte en norma, en práctica habitual del quehacer parlamentario como es su caso, no sólo supone desvergüenza por parte de quien la ejerce sino también, y lo que es más grave, crispación en la sociedad, descrédito de las instituciones y una burla para el país de todo punto inaceptable.

En un parlamento serio se analizarían los errores en la gestión de la pandemia debatiendo con serenidad, argumentando, presentando propuestas. En el nuestro no. Ustedes, señorías, (con las debidas excepciones, insisto), suplen la exigencia moral que suponen el compromiso y la decencia con el garrotazo del insulto. ¡Lamentable ! O inquietante. No sé. En cualquier caso, urgen medidas.

El abandono de la democracia a cierto utilitarismo que pasa por una absoluta dejación de la ética y que desde hace tiempo campa a sus anchas por estos lares debe acabar de inmediato. En ustedes está, señorías, recuperar el sentido común y abandonar esa falta de decoro que ha convertido el parlamento en un sombrío corral de comedias. ¡Inténtenlo!, con firmeza y sin complejos. Es tan sencillo como cambiar la forma de hacer política. Sólo eso. ¡Hagan un esfuerzo, señorías! Es mucho lo que está en juego.