Muchos españoles estaban fuera de casa cuando a primeros de marzo, de manera rápida e irreversiblemente, el país y casi todo el mundo quedó paralizado por una cuarentena inimaginable que nunca habíamos vivido.

Un amigo estaba en Colombia, había llegado el 7 marzo y se deponía a regresar una semana más tarde, terminado lo que le llevaron allí. Se alojaba en un hotelito, que era más bien una antigua casa señorial convertida en residencia, en un barrio residencial, una solución económica y excelente para la semana que había pensado.

Cuando se cerraron las fronteras, Colombia fue de los primeros países latinoamericanos en decretar la cuarentena obligatoria, y cerrar sus fronteras. Cuando mi amigo trató de reaccionar, era tarde, imposible salir del país: estaba atrapado a 10.000 km de casa, con un poco de ropa, algunos pesos colombianos, viviendo en un hotelito sin mayores comodidades.

Nunca en sus viajes había recurrido al consulado español, también le faltó agilidad en contactarlo, cuando logró comunicarse le informaron que estaban haciendo listas para realizar retornos por vuelos humanitarios, pero eran muchísimas las personas que estaban esperando un cupo en algunos de esos vuelos. Le informaron que estuviera atento que lo llamarían cuando fuese su turno de retornar.

En tiempos normales, tres vuelos diarios desde Bogotá con destino Madrid y Barcelona, 9 vuelos directos semanales desde Medellín y Cali, dan testimonio de la gran cantidad de pasajeros que vuelan de y hasta Colombia, por turismo, por trabajo, visitas a familiares, cuestiones médicas o diligencias personales, podemos imaginar la cantidad de personas que quedaron atrapadas en Colombia esa segunda semana de marzo.

Mi amigo pasó en ese hotelito esos casi 4 meses de confinamiento, tirando de tarjeta de crédito y usando una y otra vez la ropa que llevo, que era todo su equipaje que llevaba para una semana que esperaba pasar en Medellín. El 1 de julio le avisaron por email, que había un cupo en un vuelo chárter de retorno, de una aerolínea desconocida. No dudó en anotarse, porque nunca había alcanzado un cupo en los tres vuelos semanales que organizó el consulado.

Había que pagar, no sin dudas, ¿qué tipo de organización humanitaria estaba detrás de ese costoso vuelo? Una vez pagado, le llegaban las instrucciones del viaje. Debía estar el día 2 de julio a las 5 am. En una estación del metro, para ser llevados a Bogotá para el vuelo, programado para las 10 pm.

En un amanecer frío, bajo una llovizna persistente, abordaron un bus, bastante modesto, 21 españoles rumbo a Bogotá.

Montañas, ríos inmensos, llanuras y planicies, fue un viaje de 9 horas recorriendo Colombia por carreteras casi vacías. En Bogotá, dos horas de espera afuera del aeropuerto, hasta las 5 p.m. cuando empezó al chequeo del vuelo, en un aeropuerto vacío lleno de controles.

Lentamente, la cola larguísima de viajeros que venía de todos los rincones de Colombia, acabó en la sala de espera 62, donde un avión blanco, sin ningún nombre ni identificación esperaba a los viajeros. A las 10 pm en punto todos estaban sentados, esperando el despegue.

Una hora más tarde, la gente se sentía muy nerviosa, ¿porque no salían? La auxiliar de vuelo contó una historia inverosímil, todo el montaje de los equipajes era manual y lo realizaban 3 operarios, casi nada, un promedio de 500 maletas.

Pero la inquietud iba en aumento, el avión prendió sus motores y que desastre, esta vez habló el jefe de cabina para informar que motor 3 no encendía y que llamarían un mecánico para revisarlo, ya eran casi la medianoche. Unas tres horas más tarde, un grupo de viajeros, una madre con niños pequeños, un hombre que no soportaba la mascarilla y otra decena de persona pidieron bajarse del avión, no habían pagado tanto dinero para un viaje de tan poca calidad. Pasaron 3 horas más y la demora ahora era buscar sus equipajes para bajarlos del avión, por fin a las 4 a.m., seis horas más tarde de lo esperado, el avión partió.

En avión era muy antiguo, nada de pantallas, enchufes para móviles o portátiles, no había música y lo peor era el hambre, en el aeropuerto no había nada abierto y las chicas auxiliares repetían una y otra vez, “no podemos dar comida si no estamos volando”.

Entre toda clase ruidos, traquidos, que parecía que el avión se descompondría, logró salir y voló las once horas del viaje, sin tropiezos.

Llegaron a las 9.45 pm, todas las conexiones se perdieron, el último AVE a Barcelona ya había partido, la única opción de llegar a casa para muchos, era tomar un autobús, o sea siete horas más de viaje.

Volver a casa para los miles de españoles atrapados en numerosos países, no solo era un sueño o una necesidad, tenían una motivación tan fuerte, que ni las durezas del viaje, los riesgos o el peligro, lograron derribar la moral estos españoles que lo han logrado, y para los que aún siguen intentando, una voz de aliento, ningún obstáculo podrá retenerlos, no hay nada como retornar a casa.