Salir de mí

En vacaciones uno quiere hacer la vida de otra forma, en otro lugar, nuevo ambiente, distinto aire y paisaje. Es el cambio que pide el cuerpo después de la rutina, del vivir pegados al reloj y horario que nos marca la realidad constante del trabajo. Lejos de casa, olvidarse de aquella, como si otro nido acogedor aguardara al forastero que soy en estos pagos apartados de mi yo, de la aburrida soledad en medio de tanta gente cotidiana. No niego que es una suerte salir de mí, del vivir no vivido, acumulado a la espalda. Aquí, en plena naturaleza, soy más despojado y libre. No necesito a ese hombre agobiado, insatisfecho, al que ponen en bandeja los dolores del día.

Me levanto y estoy mirando el prado, tan desnudo como yo, tan callado también. Algo me recuerda el Evangelio: “Mirad los pájaros, mirad los lirios…”. O de otro modo: alarga la mirada, levanta la vista, sólo eres una hierba entre millones en la pradera de la vida en que naciste. Menos globos y menos lobos. Estira el cuello al sol como la espiga, y como el grano no te olvides del fin que aguarda a tu entraña de harina, a tu piel de salvado que retornará a la piel de la tierra que fue tu cuna.

Ya se ve que voy andando por el campo. Mientras camino me noto distinto y otro. Era lo que necesitaba: abandonarme al paisaje, dejarme llevar. Por donde piso vinieron buscando soledades hace más de mil años gente llamada anacoreta, ermitaños escapando del bullicio y el estrés que Fray Luis de León llamaba “mundanal ruido”. Y mil años después quienes llegamos a este espacio natural, colgado en el cañón del río, podemos notar que este soto poblado de castaños es algo así como un agujero cósmico benéfico engullendo lo peor de uno. Se pierden los pesares. La paz te invade. Aquí vivieron antaño monjes, levantaron cabañas y ermitas para meditar a solas; luego pusieron en común ideas y esfuerzo. Cambiaron, de rezar en privado a cantar en coro. De la Iglesia –que hoy sigue erguida, como los robles centenarios que rodean sus paredes y a la sombra de castaños frondosos que fueron el sustento de vidas austeras más preocupadas por la dieta del alma que la del cuerpo– admiramos la sobriedad de estilo y de diseño, el eco de los muros que replicaron oraciones y cantos en medio del “silencio sonoro” que aquí escuchas, junto a un río que transcurre, también silencioso, por el cañón que ha ido esculpiendo en su camino.

El tiempo deja registro en la piedra dura del granito. Hoy el precipicio atrae pero sólo es un accidente geográfico de serena belleza que se deja fotografiar mientras la bruma no lo impide.

En el monasterio ya no aparecen tumbas; quienes antaño fueron enterrados con laboriosa lápida (abades y señores) su lauda sepulcral fue usada por generaciones posteriores de monjes como sillar de nuevos paramentos o dintel útil de ventana. No somos nada, parecen recordarnos los frailes anónimos que aquí vivieron y murieron. Nada somos. Y la gloria no perdura, aunque se vista de piedra.

Sigo andando por el bosque en talud, precavido de no caer por la empinada senda de la tupida vegetación autóctona que cubre heroicamente laderas de vértigo donde también la gente de aquí plantó con no menos heroísmo viñedos en bancales que maduran tranquilos al calor templado de la Ribeira Sacra.

Sigo andando. Ahora piso matorral que cubre la escasa capa vegetal del monte ardido. Es pena ver maleza donde ayer hubo bosque. Pero cabe mirar desde otro ángulo la desdicha. La naturaleza nos enseña su religión intrínseca, la virtud de resucitarse, de renacer de sus cenizas hasta levantar, con el paso de los años, un nuevo monasterio vegetal con torres de arbolado, que serán templos de silencio y cantos de oración, con el viento entre las hojas.

El Dios de San Francisco anduvo por aquí, y el de Antonio y Benito, Fructuoso, Bernardo, Rosendo; y el de siete obispos anónimos que pidieron ser enterrados a poca distancia de este pequeño cenobio, en otro más grande que hoy es Parador.

El monasterio de lejos no se divisa, oculto como está, entre la vegetación de la que surgió un día. El propio edificio se esconde de nosotros en este bosque virgen donde será, con el paso de los siglos, ruina humilde, tumba de sí mismo, bajo maleza que arde y reverdece.

Escrito queda, en Santa Cristina de Ribas de Sil ( Orense), donde el tiempo se detiene.