La gente se muere y no se sabe por qué. Pero en el caso de Emilio yo sí sé por qué se ha muerto, porque era bueno y siempre se van primero los buenos, los más trabajadores, los que tienen que allanar el camino por donde hemos de caminar los demás. Petisco es, sin duda, quien más huella ha dejado en el ámbito rural zamorano en los últimos cuarenta años, quien más se ha preocupado por el futuro del campo, por ponerle ruedas a un trillo con las lascas de sílex carcomidas. Emilio nunca se rindió, era tozudo, siempre estaba empujando el carro, dándole vueltas al desarrollo, apuntando con el dedo a aquellos que ponían palos en la rueda, él siempre adelante, adelante, adelante.

A él se debe el desarrollo de la ganadería ovina provincial, que Zamora sea la provincia que más leche de oveja produce de España (el único número uno que tiene este territorio en las listas nacionales positivas); él, con el apoyo de Carlos Romero en Madrid, sacó adelante la DO Vino de Toro y también la DO Queso Zamorano, esta última calificación de calidad echó a andar a pesar de la oposición, sí, sí, que algunos no lo hemos olvidado, de la Junta de Castilla y León, que quería un sello más ambiguo, más regional, más “castellano”.

Emilio Petisco, que hubiera sido un político con responsabilidades de ámbito nacional si no se hubiera tropezado con el lastre provincial y regional de su partido, era, sobre todo, un técnico que sabía mucho de campo, de la teoría y de la práctica (hasta llegó a ser cabrero durante varios años), un hombre que confiaba en los valores de agricultores y ganaderos, en la fuerza de la tierra. Sin él (y otra vez meto entre paréntesis a Carlos Romero) el campo español hubiera sido aún más moneda de cambio en la negociación para entrar en la Europa moderna.

Adiós amigo, no fui a verte en los últimos meses porque no quería verte dudar. Tú, que lo tenías todo tan claro. Sit tibi terra levis.