De los programas de cine a la televisión a la carta

Dar un salto desde la consulta de los “programas de cine” que se repartían en la calle para hacer publicidad de las películas, hasta recurrir ahora a los listados de las distribuidoras que ofrecen todo lo habido y por haber, es algo equivalente a dar un brinco desde la singular imagen que ofrecían los conciertos del Maestro Haedo, con su luenga barba y boina roja, a las mil maneras de sumergirse en la música en este siglo XXI.

Y es que aquellos folletos de mano, denominados “programas de cine”, de pequeño formato, impresos en papel de mucho gramaje, tenían un particular encanto. Llevaban impreso en el anverso, además del título, una escena en color de la película en cuestión, y en el reverso el nombre del cine y el horario. Duraron hasta que la publicidad, pasadas unas décadas, descubrió otros caminos más eficaces y universales con los que fomentar el interés del público para acudir al cine. Al tratarse de una moda ya caducada, muchos cinéfilos coleccionan ahora esos programas ofreciendo nada despreciables sumas de dinero por ellos, especialmente si se trata de originales impresos hace muchos años.

Uno de estos días de encierro forzoso, debido al puñetero Covid-19, descubrí un álbum que contenía un montón de aquellos programas, y allí aparecieron gran parte de las estrellas de la época dorada de Hollywood, desde Yul Brynner a Ava Gardner, pasando por Spencer Tracy o Richard Wilmar. También había un “programa” de la película “Esplendor en la hierba” con la pareja “ideal” compuesta por Natalie Wood y Warren Beatty, estrenada, en su día, en el Cine Barrueco con el mismo éxito que “Rebelde sin causa” protagonizada también por la angelical Natalie y el efímero James Dean, ídolo de las jovencitas de los “sesenta”, compartiendo cartel. Nunca mejor dicho lo de compartir cartel, pues aquellos “programas de mano” no eran otra cosa que pequeños carteles, aunque no impedían que enormes murales fueran exhibidos en el centro de la ciudad. Murales pintados por artistas locales, como Vadillo e Higinio, quienes, según me informa mi cuñada Lucía, eran los que daban vida a escenas de las pelis que se pasaban en los cines de estreno, como el Barrueco o el Valderrey. Esos enormes carteles, pintados por artistas locales, eran colocados estratégicamente en lugares céntricos de la ciudad constituyendo un especial foco de atención para los zamoranos.

Ya en aquella época coleccionar “programas de cine” tenía su tirón. Me viene a la memoria un zapatero de la calle del Riego, cerca de la Costanilla, que tenía las paredes de su pequeño taller repletas de cientos de esos programas, sin que quedara espacio alguno para colocar uno más. Cientos de programas de cine que llamaban la atención de los clientes que ponían su calzado en manos de aquel artesano, que dejaba el calzado como nuevo, bien colocando un parche o poniendo unas mediasuelas. Por cierto, que uno de sus hijos, que le ayudaba en esos menesteres, era músico de la banda del Maestro Haedo, lo que venía a decir que a aquella familia le iba la cosa de la cultura.

Eran los años en los que el “emblema”, cuyo precio era de treinta céntimos, desequilibraba el presupuesto del domingo, pues había que mostrarlo para poder entrar al cine, y todo por aquella pequeña etiqueta de cartón cuya recaudación decían que iba destinada a “Auxilio Social”. Los niños, con frecuencia, eran requeridos para hacer recados, aunque a veces se hiciesen los remolones, escaqueándose bajo cualquier disculpa, de ahí aquel dicho de “tonto para los recados y listo para los polinomios”. Conozco a más de uno que el único recado que le gustaba hacer era el de ir a recoger el calzado al taller de aquel zapatero que disponía de tan pródiga colección de “programas de cine”, ya que les maravillaba ver juntas tantas películas, muchas desconocidas para ellos. No lo recuerdo muy bien, pero posiblemente aquel taller de reparación de calzado llegó a desaparecer en los años “setenta”, coincidiendo, precisamente, de manera romántica, con el final del reparto en la calle de los “programas de cine”.

Quizás aquel taller contribuyó a despertar en algunos niños la afición al cine, haciendo que vieran cientos de películas en salas oscuras, con el público en silencio, dejando que el sonido les envolviera por completo en sesiones “continuas” o en días “fémina”, en los que si se hacía una pequeña trampa dos chavales podían entrar mostrando una sola entrada, pues aunque aquella promoción iba destinada exclusivamente a las mujeres: bien para que entraran dos de ellas con una sola entrada o para una de ellas acompañada de un varón, bastaba con pedir a dos de ellas que te permitieran acceder al cine a su lado para “colarte” con algún amigo portando un solo tique.

El caso es que, ahora, con la cosa de la pandemia más de uno ha tenido que dar su brazo a torcer y conformarse con ver películas en casa. Pero, aunque las hayan visto en un pantallón, no resulta lo mismo que cuando se pueden disfrutar en el cine, donde apenas existen perturbaciones, pues en casa siempre hay alguien que habla, o bien llega a penetrar algo de luz en la habitación; además, es fácil caer en la tentación de levantarse y coger una cerveza del frigo o ir a hacer un pis, en mitad de la peli, si se hace menester.

Pues eso que, visionando algunas de aquellas películas, llamadas “clásicas”, no puedes impedir que te vengan a la memoria todas estas cosas, porque, sin querer, lo uno te va llevando a lo otro.