Salir de la ciudad y adentrarse en el campo es una medicina que de tan simple no necesita prospecto, pero si hubiésemos de escribir los efectos saludables de una temporada de desconexión de la urbe, cualquiera de nosotros puede hacer una lista de efectos secundarios benéficos.

Hace un año por estas fechas escribía para ustedes algo de ello titulado “Desconexión”. He vuelto a una aldea de la Galicia profunda, de la España vaciada donde se llena el espíritu. Lo que hoy disfrutamos aquí, sosiego y aire puro, antaño era sinónimo de atraso y aislamiento. Aquí fue dura la vida, como en la mayoría de los pueblos. Ahora las aldeas y municipios remotos tienen el atractivo de lo que les aisló del progreso: silencio, contacto con la naturaleza, desconexión, si somos capaces de olvidar un poco el móvil, y la tele. En eso estamos donde he venido a parar con la familia. El tiempo detenido aquí puede verse en molinos de agua con acequias secas, sendas cegadas por la maleza que fueron caminos de carro y atajos atrevidos entre aldeas próximas. Sin embargo quedan muchas veredas agradables de paseo y arroyos que siguen su camino con o sin gente. Y amaneceres espectaculares ya sea con el sol dorando el bosque o la niebla desperezándose en los prados.

Estoy en la Ribeira Sacra, cuyo nombre puede que explique la dispersión de monasterios por esta zona, Aquí vinieron a refugiarse frailes que huían de la presión musulmana desde Al Andalus, al igual que otro tipo de gente mozárabe recaló en Zamora. Los frailes sabían elegir el sitio de su retiro. Los enclaves monásticos son mayormente bellísimos y en lugares fértiles. El silencio y el quedar alejados de las vías de comunicación amparaba su recogimiento protegiéndoles a la vez de ataques y expolios. Por lo que respecta a la gente campesina de aquí, también supo adaptarse al medio aunque en un espacio natural de poca extensión cultivable por lo agreste y montañosa. El paisaje es de una belleza hoy tan espectacular como el esfuerzo y trabajo que debió suponer sacarle provecho en condiciones tan difíciles.

Si madrugo para pasear al fresco no puedo por menos de pensar en gente que a la misma hora, o antes, ya estaba de faena por los campos y caminos que recorro. Aquí vengo como un forastero aunque ya me conoce la gente, los prados y los pájaros. El verano lo paso aquí, como la vida de los monasterios: “ huyendo del mundanal ruido”, procurando escapar de las razias del estrés, con temperaturas benévolas y aire puro.

Un cielo limpio como el de nuestra tierra zamorana permite por la noche contemplar el firmamento con el silencio y la tranquilidad que también aprovechan los murciélagos al comienzo de la oscuridad, justificando el apelativo que dan a este animal esquivo en ciertos sitios de Galicia: “abrenoite”. ¡Qué acertado sobrenombre del ave nocturna por excelencia! “Ave que abre la noche”. No podría el habla popular encontrar atribución más bella. Murciélagos en vigilia; tordos madrugando; criaturas del aire con las llaves del día.

Por la noche, salimos al fresco a ver el cielo estrellado sin eso que llaman contaminación lumínica. Los niños también se apuntan al espectáculo, descubriendo estrellas fugaces, luces de aviones lejanos o figuras imaginarias. La noche es un aula oscurecida con el mapa celeste que cubre el mundo.

Si la gravedad es un fenómeno físico que tiende a dejarnos en el suelo, el cielo estrellado del verano diáfano produce el efecto contrario porque al contemplarlo nos eleva por momentos, con la mirada ascendiendo hacia el campo celeste de millones luces. No sé si será porque polvo de estrellas al cabo somos y una atracción por familiaridad genética nos une; el caso es que notamos cierta agradable levedad, una sensación de alas que te suben del mundo al universo infinito, al espacio inmenso donde todo se produce y se pierde, se crea y revive, se sucede a sí mismo como el día a la noche que ahora domina, con tiempo limitado, hasta que los pájaros nos avisan de su fin o del inicio.

Vengo a entender que todo lo explica alas que me faltan, una estrella que busco y paz que necesito.

No sé por qué los incontables puntos de luz me recuerdan tantas preguntas que aquí abajo nos hacemos, ya de asombro como de absurdo, de gloria o desgracia. Siempre la humanidad ha estado pendiente de las alturas buscando respuestas a desazones crecientes. Pero quiero ver también allí arriba vidas que fueron, fulgores de amor que perduran. Un cementerio nocturno con el dolor enterrado y con la esperanza brillando, según prefiramos creer.

En todo caso, la noche espejada refleja el alma. Miro ese cielo estrellado que no mira y sé que mi pupila es un prodigio mayor que cualquier luminaria que contemplo, pues ella no tiene conciencia ni intención de imaginar quién la observa. No tiene dolor, tampoco sufre ni goza, sólo brilla. Pero gracias a ese destello unido al de millones de hermanas luciendo, presumo que voy a la cama más sereno y ligero, quizá con más claridad por dentro. Sólo quizá. Tengo más noches para vaciarme y soltar lastre, para mirar con ustedes el cielo estrellado del verano de mi tierra, que es el mismo que el de aquí, aunque parezca lejos.

No quiero apearme de este viaje visual sin mencionar a otro extasiado nocturno, García Lorca, que antes que yo hizo el camino virtual por La Vía Láctea:

Esta noche ha pasado Santiago

su camino de luz en el cielo.

Lo comentan los niños jugando

con el agua de un cauce sereno.

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Era dulce el Apóstol divino

más aún que la luna de enero.

A su paso dejó por la senda

un olor de azucena e incienso.