Está claro, no podemos únicamente circunscribir la España infectada al covid-19. Hay también una España infecta que encarna entre otros Pablo Iglesias, un sujeto encumbrado a una vicepresidencia del Gobierno que posee la extraña habilidad de representar a corto plazo todo lo que critica y denuncia para hacer carrera política. Empezó enjuiciando a la Casta para hacerse un hueco dentro de ella y personalizar lo peor de su ralea. Hizo campaña electoral como víctima de la "cloaca", y ahora la actualidad del "caso Dina" ha demostrado que es un ser acostumbrado a chapotear en ella. Por si fuera poco el enredado tejemaneje con su asistenta en que se ha visto envuelto, desafía a los medios de comunicación y los periodistas que se atreven a desentrañarlo. Algunos medios a los que ataca cuentan cómo, tras el robo del móvil de Dina Bousselham, contrató a una consultora chavista para convertir en entretenimiento viral la supuesta trama contra él, y con el fin de que Podemos se beneficiase de una campaña victimista basada en el fiasco. El victimismo sirve con frecuencia de escudo a los canallas. Es, por ejemplo, el arma más utilizada por los promotores del procés cuando se quejan del imaginario maltrato de Madrid o del Estado: una añagaza indecente, pero también una forma resuelta de movilizar las emociones y agitar los peores instintos de una sociedad entontecida.

Pablo Iglesias es ahora el señor de las moscas o de las ratas. Airea los nombres de periodistas y anima a su linchamiento público. Pero dentro de nada, cuando el vendaval amaine, hablará de crispación de la derecha.

El padecimiento de la pandemia que prosigue y el inquietante escenario de ruina que amenaza tras el virus han sido desplazados del primer plano de la información por la "cloaca" de Iglesias y los negocios de Juan Carlos I. La nueva normalidad no se abre paso sin la vieja anomalía del poder, seguimos siendo las sardinas de siempre en la misma lata.