Como el verano y las vacaciones andan a la par y repartidos, según toque en cuanto a curro y clima, hoy es un día de esos que pinta bien para una jornada familiar que se diría de postal. Con un amanecer de primavera y una temperatura de lo mismo en pleno verano, salimos al campo como mucha gente lo hace en fin de semana. Un guión nada original, un plan estándar que ahora apetece llevar a cabo más que nunca y más que antes.

Se empieza a celebrar lo que era poco menos que costumbre, rutina dominguera de pobres sin chalet. Y ahí estamos, o aquí hemos llegado como forasteros inesperados. El campo es nuestro. Cualquiera de ustedes ha tenido un día así: bonito, apacible, con el tiempo tranquilo y los niños enredando en la hierba junto al río.

Extendido queda el mantel sobre la mesa del área recreativa o merendero. La tortilla y empanadas, la ensalada y las croquetas caseras, la sangría, el postre dulce o los yogures y la fruta, dibujan un bodegón suculento y fugaz. Los niños acaban primero porque tienen más ganas de escaparse que de ahuyentar el hambre.

Los adultos se mimetizan con los árboles y rocas. Prefieren no moverse de su sitio. Apetece conversar en torno a la mesa o en la hierba blanda. El día transcurre como deseamos, sin noticias que no sean la política familiar, o lo que a cada cual se le ocurra para pasar el tiempo mientras el tiempo pasa, como el remanso del rio, como la brisa leve, en sombra acogedora. Es lo que veníamos buscando, rutina de pequeño rebaño mientras la inmunidad del mismo no llega. Pero sin perder de vista a los niños. El campo, el bosque, el río, son decorado perfecto para un día de asueto, no sin riesgo para los pequeños. Los mayores nos vamos relevando en el paseo con ellos.

Todavía no he contado nada nuevo, ni falta que hace. Estarán ustedes conmigo que lo mejor es volver a casa tan contentos como salimos de ella.

Puede que de un día tan familiar y felizmente discreto sólo quede la foto. No cazamos un tigre ni hubo que lamentar percances infantiles de importancia. Cuidado con la instantánea fugaz. No la borren. No salen demasiados días perfectos. El móvil es traicionero: guarda demasiado y a veces prescinde de lo que más buscamos. Esa foto salió bien por algo.

Nuestro día y el de ustedes se parecen mucho; puede que estuviesen cerca merendando, y si ocurría lejos hay que admitir que la felicidad familiar tiene plantilla y calco que valen para cualquier parte del mundo. El caso es estar juntos, como los árboles quietos en la pradera sombreada. No muchos momentos se dejan retratar así. Casi siempre hay alguien que estropea la foto, o incidentes y pesares que impiden disfrutar de sol y sombra equilibrados en un día radiante.

Así pues, hemos logrado enmendar el refrán que dice: "Quien se mueve no sale en la foto". Salimos a movernos tras días de quietud obligatoria y el objetivo de la cámara nos ha pillado andando. Y salimos bien.

Mi familia y la de ustedes lo merecen. El campo nos aguarda porque lo amamos con respeto y en la misma medida nos corresponde. No exagero, ahí queda la foto.