24 de mayo de 2020
24.05.2020
La Opinión de Zamora
Siete días y un deseo

Tres historias

Los valores tras el tiempo de crisis

24.05.2020 | 00:51
Personas aplaudiendo desde sus balcones

Jorge. 49 años. Licenciado en Geografía e Historia. Empleado público. 25 años trabajando en centros penitenciarios. Ha pasado por cuatro prisiones. Desde que se decretó el estado de alarma ha descubierto el significado de las prisiones, el concepto de libertad y la empatía. El confinamiento le ha supuesto un maremoto en la escala de valores que venía defendiendo desde que era un chaval: al enemigo, ni agua. Y los enemigos siempre eran quienes infringían las normas, sin meditar en lo que hay más allá de los actos rebeldes o en las conductas que ponen en jaque el orden social. En estos meses ha llegado a la conclusión de que tal vez ha vivido con los ojos cerrados, con una venda que le impedía ver más allá de la realidad inmediata. Hace unas semanas le sorprendió que los presos de distintas cárceles españolas apoyaran a los funcionarios para que estos tuvieran acceso a las medidas de protección sanitaria para luchar contra el maldito virus. Los presos apoyando a los carceleros, como dice él. Y está descolocado.

Eva. 38 años. Licenciada en Sociología y Diplomada en Trabajo Social. Compagina el trabajo en una empresa de consultoría e investigación de mercados con la realización de un Máster en Planificación Estratégica de Recursos Humanos. Es un cerebrito, una currante y una hija ejemplar. Siempre ha tenido las ideas muy claras: la formación es imprescindible para alcanzar la cima del éxito profesional. Sus objetivos se están cumpliendo. Reconoce que apenas tiene tiempo para el ocio y la diversión. El trabajo la tiene atrapada, incluso durante el confinamiento, que lo ha vivido como si tal cosa. El estrés, para ella, no existe. Disfruta haciendo lo que hace. Pero hay un detalle importante: durante los últimos meses, ha empezado a cuestionar algunas decisiones de su trayectoria personal. Necesita parar y reflexionar sobre el sentido de lo que hace. Así, tal cual. Cuando pueda, hará un viaje a Bután, el país que decidió medir el bienestar de la población con un índice Nacional de la Felicidad. Y cuando regrese, me contará lo vivido.

Abelardo. 89 años. Un abuelo encantador. Los siete nietos y los dos biznietos lo adoran. No es para menos: siempre ha estado con ellos, jugando, riendo, pasándolo bien. Desde que se jubiló, hace más de 20 años, sigue al pie del cañón, con sus rutinas de siempre: el huerto, los paseos matinales y vespertinos, la solana, el chato de vino, etc. Solo ha salido del pueblo en ocho ocasiones. Las tiene grabadas en la memoria: una vez a San Sebastián, otra a Madrid, otra a Melilla, donde hizo la mili, y cinco a Zamora. En total, dos años y medio por ahí, como dice él. El resto del tiempo siempre lo ha pasado en el pueblo, donde vive más feliz que una perdiz. Reconoce, sin embargo, que el virus lo ha trastornado un poco. Ver tantos fallecidos le inquieta. Lo importante, dice él, es cuidarse y no acaparar. Que para ser feliz solo se necesita que en la mesa nunca falte un plato de comida y que los demás se sigan acordando de ti. Su mujer se ríe.

(Nota: aunque los nombres son ficticios, las historias son tan reales como la vida misma).

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