En estos días se cumple un año del adiós de mi madre. Ella nació en 1933 y vivió la guerra española de pleno como niña, quizá sin conciencia, pero en su mente el mensaje de este mundo como un valle de lágrimas no le abandonó nunca.

La realidad de su vida en la que el hombre valía más que la mujer, fue una enseñanza que recibió cada día de la relación de su padre y su madre y en su mirada a toda la sociedad donde todos los poderes eran asumidos por hombres. Algo nada reseñable y que se asumía con toda normalidad, teniendo en cuenta que hasta el 1981, cuando ella rondaba los cincuenta, no alcanzo la mujer como madre los mismos derechos frente a sus hijas e hijos que el padre.

Rosalina, su madre, huérfana a los cuatro años, que mantuvo siempre su niña interior, hizo que ella asumiera una responsabilidad y madurez a la altura de ese valle de lágrimas. La situación no daba para mucha reflexión. Era preciso asumirla y actuar según se pudiera: rezando, padeciendo, aguantando. Durante años en la mañana acudía un ratito, a cualquier iglesia, para ver a Jesus para hacer sus pedidos.

Seguramente la alegría de mi padre y su también inmadurez la sedujeron e hicieron pensar en un mundo más feliz, pero nada más lejos de la realidad. Con su matrimonio a los veinte años le cayó el papel de cuidadora de dos ancianos. Mi nacimiento a sus veinte años la ató inexorablemente a esa realidad que, según la "Santa Madre Iglesia" debía seguir soportando, pasara lo que pasara y eso que pasaba mucho.

En ese camino sin salida nacieron mis tres hermanas también, constituyéndonos en el motor de su vida. Su objetivo era nuestra futura independencia y para esa independencia, que ella no había tenido, trabajó sin descanso y sin apoyo. Además de la vida quería regalarnos la libertad.

En su mente no entraba el ser una convidada de piedra de su existencia. Le era difícil soportar que las decisiones sobre la formación y estudios o carencia de estos de sus hijas, las obras en su hogar, la forma en que llevar la economía se pudieran tomar considerando su opinión como de segundo orden.

Desde luego Hortensia fue una víctima del machismo inserto en la sociedad, pero no dejó de afrontarlo con dignidad y rebeldía, divorciándose cuando había pasado los cincuenta y ya, su hija pequeña, estaba en la universidad. Enfrentó, por esa decisión, que algunas personas, dejaran de saludarla por eso.

Su existencia fue un seguir adelante con infinito amor hacia sus hijas y comprensión hacia sus padres que en múltiples ocasiones la colocaron entre la espada y la pared.

Llegaron luego sus nietas y nietos que llenaron su vida de felicidad y alegría, lastima que sus penas anteriores se hubieran quedado anidadas en su colon y a sus casi 86 años se la llevaran.

Tras una vida junto a ella sé que ahora está en paz. Ella se quería ir, con su infinita generosidad, para dejarnos seguir viviendo, sin limitarnos con sus cuidados, y porque también entendía que la vida sin calidad no merecía ser vivida.

Su dura realidad ha dejado en mi alma un mandato: dar a conocer el valor y los aportes de las mujeres.

Frente a todos sus regalos tangibles e intangibles yo hubiera querido regalarle una vida en igualdad y su ejemplo e inspiración me animan para que al menos la tengan sus biznietas y biznietos.

Gracias madre por tu rebeldía, por ser una heroína cotidiana que enfrento un mundo machista con dignidad y nos enseñó a actuar buscando soluciones para conseguir otra realidad menos excluyente para las mujeres.