En estos momentos en Roma se está celebrando el Sinodo Amazónico. La viuda del evangelio de hoy representa a tantas mujeres que viven indefensas... a esos 33 millones de habitantes y sus cerca de tres millones de indígenas en el Amazonas que representan en torno a 390 pueblos y nacionalidades. Es el grito de la viuda ante un juez despótico, el grito de tantos pueblos que reclaman su dignidad. Es el grito de la naturaleza ante los intereses económicos de aquellos que solo se buscan a si mismos.

El relato de Lucas comienza con una breve parábola indicándonos que Jesús la contó para explicar a sus discípulos "cómo tenían que orar siempre sin desanimarse". La parábola ha sido leída casi siempre como una invitación a cuidar la perseverancia de nuestra oración a Dios.

Pero para entender este grito hay que tener en cuenta el contexto histórico del momento. Año 62: es asesinado Santiago, hermano del Señor; año 64 Nerón incendió Roma; año 66: los judíos se rebelan contra Roma; año 70: los romanos conquistan Jerusalén; año 81: el emperador Domiciano sube al trono y es perseguidor implacable de los cristianos....

En este contexto de angustia y persecución se explica muy bien que la comunidad grite a Dios día y noche, y que la parábola prometa que Dios le hará justicia frente a las injusticias de sus perseguidores. Sin embargo, Lucas termina con una frase desconcertante: "Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?"

Es decir, ¿los cristianos tendremos la valentía de orar con perseverancia y al mismo tiempo de luchar contra las injusticias? La Venida del Reino de Dios nos implica tanto, que no puede hacerse realidad sino es con el compromiso de los cristianos en tantas situaciones del mundo y también en cada uno de nuestros ambientes. Esa es la verdadera oración: la que nace de un corazón dispuesto a enfrentarse a los poderosos.

Ante la vuelta del Señor hay que estar despiertos. Esa no era entonces la actitud habitual de los cristianos, ni tampoco ahora. Lo habitual es vivir el presente, sin pensar en el futuro, y mucho menos en el futuro definitivo, que nos resulta, hoy día, mucho más lejano que a los hombres del siglo I. Eso es lo que quiere evitar el evangelio cuando termina desafiándonos: Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? Que nuestra fe no se limite a cinco minutos o a un comentario, sino que nos impulse a clamar a Dios día y noche.