No sé si lo hace a gusto de todos, pero llueve, que es lo que importa. Espero que no nos aneguemos, tampoco se trata de gota fría alguna, pero a la vista del estado de los pantanos, lo mejor que podía ocurrir es que tuviéramos un otoño lluvioso, con permiso de los habitantes del medio rural que son quienes en verdad entienden del asunto. No vaya a ser que la lluvia no sea la anhelada visitante que se esperaba. De cualquier forma, la tierra está seca y los embalses poco más o menos. Algunos, ante la escasez de agua, han dejado al descubierto vestigios la mar de interesantes.

Con la lluvia se ponen de manifiesto muchas deficiencias urbanas. La desastrosa pavimentación de arterias principales y no tan principales, las cloacas, más llenas de ratas que nunca y despidiendo un apestoso olor, debido a la cantidad de porquería que acumulan y los canalones de algunos edificios que pierden agua no sé si por agujeros o por su mal estado de conservación. Lo peor del pavimento son las baldosas de 'riego por aspersión'. Sí, hombre, esas que al pisarlas se tambalean atomizando el agua que aprisionan. Agua que moja el bajo del pantalón de los señores, en el mejor de los casos, porque la peor parte nos la llevamos las mujeres. El agua se atomiza y nos sube por donde no debe, con el consiguiente cabreo.

El responsable de obras del Excelentísimo Ayuntamiento de Zamora debería darse un garbeo por la ciudad y comprobar que lo que aquí digo bien cierto es. Es más, están pavimentando la calle Alfonso de Castro, estaba la pobre de pena. Muy monas las baldosas elegidas, lo que no entiendo es cómo hay ya charcos en la parte sobre la que ya se ha actuado. No hay ni una puñetera acera, ni un paseo, ni un solo pavimento llanito del todo. Los pequeños y grandes 'badenes' sólo conducen a la formación de charcos en cuanto llueve, como en estos días.

Los zamoranos no queremos ni chapuzas ni a chapuceros. Queremos que se hagan las cosas bien. Que el Ayuntamiento no tire el dinero que recauda y que en su origen es de todos los zamoranos. No vale con contratar obras y dejar a su libre albedrio a los contratados. Hay que vigilar, hay que permanecer atento, hay que ser escrupuloso. Recuerdo yo, con mucho afecto además, un concejal de obras, creo que de la etapa de Andrés Luis Calvo, se llamaba José Antonio, un señor muy afable, de gafas, que se cogía la bicicleta y se iba a inspeccionar todos los días las obras de Zamora para corregir posibles deficiencias. No me diga que no es una gozada tener un concejal como este hombre al que siempre recuerdo con afecto del bueno.

Son muchas las calles de Zamora que precisan nueva pavimentación. Que nadie crea que por ser más céntricas, Santa Clara y San Torcuato están en óptimas condiciones. Más bien están de pena. Transitar por algunas calles con zapatos de tacón es un suplicio mayúsculo; Encima, ahora con la lluvia y la de charquitos que se montan aquí y acullá, calarse es lo suyo. Por lo menos, la lluvia limpia las calles. Cuántas de ellas están más que necesitadas de riego. Ni en invierno ni en verano les llega la manga riega que, con un poco de detergente, buena falta les hace.

Si tiene que llover, que llueva. Hasta que a quien corresponda nos avise de que los embalses y los ríos van sobrados sin que se produzca riada alguna, por favor. Sobre todo porque la lluvia también limpia la atmósfera. A veces y por según qué zonas, el olor en Zamora es insoportable, si la lluvia se lo lleva con viento fresco, nuestras pituitarias lo agradecerán. Por fin, llueve, y hay que celebrarlo como lo celebra dando frutos la reseca tierra zamorana.