De menudo lío acaba de sacarnos Íñigo Errejón. Quizá no llegue a ser como para votar su candidatura, pero sí es para agradecérselo.

Plantear otras elecciones con los mismos candidatos, los que fueron incapaces de alcanzar un mínimo acuerdo para investir al que más escaños logró, invitaba, por responsabilidad, a hacer novillos del colegio electoral o a cambiar el voto.

Elegir a un partido con el que no se está de acuerdo no tiene sentido, pero votar todos lo mismo que el pasado 28 de abril era una irresponsabilidad que solo llevaría a una nueva "ininvestidura" y a unas nuevas elecciones y, a la larga, a que la jornada electoral, esa fiesta de la democracia, acabe siendo el botellón de la democracia con resaca asegurada.

Y otra vez los líderes de los partidos a interlocutar, esa forma de hablarse que da descargas eléctricas, y el presidente en funciones a salir en el telediario escuchando a representantes de la sociedad civil, hasta llegar a las peñas futbolísticas y a los clubes de lectura, y otra vez a botar las tres carabelas que salgan a explorar la geometría variable, a pedir en positivo el no contra el "no es no", a fundar la escuela española de abstensología para estudiar abstención, a la dialéctica del voto gratuito o el veto cruzado.

Más rondas y rondas de negociaciones, de consultas, más encuestas, pronósticos, proyecciones y estrellas Michelin para el CIS. Por no tratarlo, cronificarían la afasia y el estrabismo de Pablo Casado; Pedro Sánchez se habituaría a los remedios para el insomnio; aumentaría el riesgo de que el quiste del "no" de Albert Rivera se volviera maligno y Pablo Iglesias sufriría nuevos politraumatismos en el ego.

¡De menudo lío acaba de sacarnos Íñigo Errejón!