13 de agosto de 2019
13.08.2019

Las modelos del Tránsito

La dormición de María es un eufemismo piadoso para negarle a esa mujer excepcional una muerte como la nuestra

12.08.2019 | 20:01

La imagen del Tránsito que veneramos en Zamora es la de una mujer amortajada como una reina que en su caso viene a ser la reina de los cielos.

La imagen artístico-piadosa de María, tanto en esta advocación como en el resto, es decir, en sus funciones de madre de Jesús, según nos relatan los evangelios, ha variado a lo largo de los siglos.

Desde el momento que no tenemos una descripción de los rasgos físicos, la imagen plástica de su faz, o porte, ha estado vinculada a la idea del artista que la plasma, condicionado también por los fieles y el entorno en que dicha devoción se genera.

Las representaciones más antiguas de María nos llevan a las catacumbas donde aparece dibujada como "Teotokos", madre de Dios en griego: idioma de los primeros evangelios.

Otras imágenes muy antiguas de María provienen de los iconos bizantinos donde aparece pintada con su hijo Jesús.

La dormición de María es un eufemismo piadoso para negarle a esa mujer excepcional una muerte como la nuestra, desde el momento en que no cabe imaginar

que el cuerpo santo donde se hizo carne el Verbo Salvador pueda tener el mismo destino que nuestro cuerpo caduco.

La fiesta y devoción del Tránsito es la afirmación de la gloria de María "a título póstumo". Es más, no muere, sino que "transita", según los evangelios apócrifos, de una vida a otra, por gracia de Dios y en premio de su misión salvadora. La "dormición" de María es, por lo tanto, lo más aproximado que tenemos para expresar ese trance de la Madre de Jesús, sin el proceso cadavérico del ser humano. Pero hubo un artista que le gustaba transgredir reglas, osando tomar como modelo a un cadáver para el encargo de un lienzo sobre el Tránsito. Hablamos del pintor italiano Caravaggio. Ciertamente fue una sonora provocación cuando se supo que la modelo difunta era una prostituta ahogada en el Tíber. Se trata del cuadro que hoy podemos contemplar en el Museo del Louvre. Tiene la marca espléndida del arte de su autor, con ese estilo naturalista en el que fue un auténtico maestro y por supuesto con la atmósfera tenebrista inconfundible, de su invención.

También se aprecia ese cuerpo femenino muerto, con el vientre hinchado por el ahogamiento y una palidez "post mortem" nada complaciente con la faz piadosa de María que estamos acostumbrados a ver o imaginar.

No obstante el cuadro no tiene nada de morbo. Es una obra maestra de la pintura religiosa aunque no exenta de polémica en su momento. Caravaggio fue un genio indiscutible, de esos cuyo arte es capaz de "tapar la boca", como se suele decir, a las mentes más ortodoxas. De hecho su influencia es inconfundible en otros genios posteriores como Velázquez, Ribera, Rubens, Rembrandt etc.

Al hilo de todo ello, vale señalar, por contraste, la costumbre de esos genios de ponerle cara a la Virgen con los rasgos más amables de sus familiares, como parece ser que los tienen la figura de la Virgen y el Niño ( en realidad la hija del pintor) en la Adoración de los Reyes, de Velázquez. Muchos otros casos podríamos citar en los que los autores ponen su cara a santos o condenados, y es costumbre citar el autorretrato de Miguel Ángel, como un pecador, a modo de un guiñapo salvado, en su pintura del Juicio Final en la Capilla Sixtina.

También el genio por excelencia del Renacimiento erró adrede con la figura de la Piedad: esa madre tan bella y joven sosteniendo al hijo muerto que despliega una hermosura imposible en un ser recién muerto crucificado.

A la postre, la fe, la piedad y el arte crean iconos y arquetipos, por exceso o por defecto, que veneramos y, aunque en el fondo la fe es ciega, nuestra mirada necesita posarse en las alturas , y en esa inmensidad inabarcable orbita nuestra fe como una nave empujada por una combinación de antiguas energías: tradición heredada, piedad sentida y esperanza en el más allá, representada en una mujer que no muere sino duerme, que no se corrompe pues antes de que la tierra soporte el peso de su cuerpo será elevada.

Nadie mejor que un poeta excelso, como Gerardo Diego, entendió este final de triunfo y tránsito:

A dónde va cuando se va la llama?

A dónde va cuando se va la rosa?

Qué regazo, qué esfera deleitosa?

Qué amor del Padre la alza y la reclama?

No se nos pierde no, se va y se queda.

Coronada de cielos, tierra añora

y baja en descensión de Mediadora, rampa de amor, dulcísima vereda.

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