21 de mayo de 2019
21.05.2019

Los siglos del gótico

Las centurias de este arte son las de la Europa cristiana en su expresión artística más sobrecogedora

20.05.2019 | 20:57

El incendio de la catedral de Notre Dame ha hecho verter lágrimas de incredulidad ante el tamaño del desastre ocasionado por el fuego. La visión de las desgracias en tiempo real es una característica, un tanto siniestra, de nuestro tiempo. Sobre otra desgracia lloraba, con su pluma fecunda Chateaubriand, al contemplar el estado lamentable de un edificio pionero del gótico: La abadía de Saint Denis, que fue arrasada en tiempos de la Revolución francesa, y profanados los sepulcros del panteón real; como lo fue también la catedral de Notre Dame convertida por Robespierre en templo de la diosa razón, destruyendo la chusma incontrolada las estatuas de la fachada creyendo descabezar a los reyes de Francia cuando en realidad eran los reyes de Judá.

Chateaubriand reaccionó frente a los innumerables ataques, ejecuciones y destrucción del patrimonio religioso durante Revolución, con un libro que se titula: " El genio del cristianismo" y un subtítulo revelador de las intenciones y propósito del autor: "Ensayo de las bellezas de la religión cristiana y su poder para inspirar la capacidad creativa del ser humano" . Una defensa del cristianismo sobre la base de su riqueza histórica en todos los campos, filosófico, artístico, cultural etc. Es en la parte artística donde el autor, a mi entender, brilla con especial encanto. En otros apartados ha quedado desfasado o le falta rigor, a veces. Chateaubriand se enorgullece de esa Religión que ha sido capaz de crear, en medio de tantos avatares históricos, una civilización que enlaza con la tradición clásica grecorromana en los aspectos más sobresalientes de su genio artístico creativo. Nos dice en la introducción: "Es la Religión de Miguel Ángel y Rafael" y de tantas otras personalidades que han ido jalonando los siglos e inspirándose en las Sagradas Escrituras en su quehacer artístico. El autor se centra en su país para mostrar errores y aciertos con apasionamiento y brillantez. Su paisano, el gran Víctor Hugo, autor de uno de los títulos fundamentales de la literatura del Siglo XIX: "Nuestra Señora de París" aspiraba a ser en sus comienzos: " Chateaubriand, o nada". Notre Dame de París fue durante siglos la edificación que destacaba abrumadoramente sobre la capital hasta que la torre Eiffel le disputó el protagonismo visual como como icono también de la ciudad frente la catedral gótica.

De mis primeras lecturas de Historia conservo un volumen de la editorial Daimon: "Los siglos del gótico", englobando en esta titulación artística los acontecimientos bélicos, sociales y políticos de la época. Siglos XIII y XIV. Pareciera que el título mete dentro de las catedrales todo lo que aconteció, viniendo a ser ellas la síntesis, cofre, archivo, registro y memoria de tantos hechos. Al fin y al cabo eso fueron tales edificios, en buena parte. Nuestra memoria en piedra. También hubo gótico civil, pero de menor entidad, aunque importante.

Englobar así un tiempo tan complejo y violento es una manera de dulcificar el período histórico? Puede que sí. Y se agradece. Los países, como en todas las épocas, lucharon entre sí por cuestión de dominio e intereses estratégicos. Pero a mayores existía una sana competencia por construir la

catedral más alta, más luminosa, más bella: "Los siglos del gótico". El editor optó por este título del volumen 5 de La Historia Universal que al leerlo nos salpica la sangre de la "Guerra de los cien años" y la Peste Negra, pero también nos deslumbra el despegue de la Universidad de Salamanca, de la literatura italiana, con Dante y Petrarca a la cabeza, y por supuesto la esbelta magnificencia de las catedrales góticas. Competencia y colaboración muchas veces; tanto fue así que el cabildo de Milán requirió la ayuda y consejo de los mejores maestros de obra de la época para solucionar el problema de sustentabilidad de los muros de "IL Duomo". Hoy podemos ver la perla de Milán como una blanca llamarada de piedra que sube hacia el cielo en pináculos y chapiteles que se prolongan desde los contrafuertes para aligerar la pesadez de los apoyos en los muros.

Pero el gótico nos vino de Francia. Allí nació, en concreto en la abadía de Saint Denis, panteón de los reyes y obra gótica pionera del abad Suger. Después, iglesias-catedrales más grandes y complejas: Amiens, Chartres, Notre Dame, fueron el modelo o inspiración de otras en España y Europa. León, Burgos, Salisbury, Colonia, etc. sin contar los monasterios cistercienses, como Moreruela, en nuestra provincia, que fueron la otra vía de expansión del gótico por el continente.

El incendio de Notre Dame nos ha recordado esa época artística gloriosa, aquellos siglos en que los rascacielos eran propiamente las catedrales (con mejor atribución del mismo nombre que hoy damos a cualquier edificio de gran altura). Las catedrales, en el gótico, ganaron en altura como un ser vivo que crece y se desarrolla con proporciones y belleza armoniosas. Son un prodigio de arte y arquitectura, de estética depurada y luminosidad bellamente conseguida. Pero ante todo son la expresión de fe cristiana de los diversos colectivos humanos que intervinieron para levantarla. Ninguna empresa o proyecto de país, de ciudad o nación pudo atraer tanta colaboración y apoyo por parte de la sociedad de su tiempo. Eran planes arquitectónicos de tal envergadura que raramente veían concluidos las generaciones que los empezaban. Sin embargo podemos contemplar unas construcciones que, en la mayoría de los casos, nos muestran cabalmente la conclusión de un proyecto a largo plazo que no lo malograron frecuentes interrupciones de edificación, ni las guerras, ni los avatares políticos, o desastres naturales.

No hace falta decir que siendo un edificio religioso, la catedral se construyó con recursos incontables de la sociedad civil, tanto económicos como de mano de obra. A pesar de que no faltaron conflictos y protestas a lo largo de tan prolongada obra, las ciudades se tomaron la edificación de los emblemáticos edificios como un signo de identidad del que estaban merecidamente orgullosos. Buena parte de las urbes actuales tienen en la catedral la imagen que les caracteriza. Zamora tiene su mejor panorámica desde la barbacana sobre la que se alza la catedral con su torre-fortaleza dominando la extensa planicie y el río a sus pies. No es casualidad; el emplazamiento, obedece a su historia mayormente defensiva, así como la historia es tributaria del edificio y lo que significa de raíz cultural y conformación de costumbres y tradiciones que aún perduran.

Los siglos del gótico pasaron por Zamora con los deberes de obra religiosa hechos, pero aún así la catedral se apuntó a la moda ojival con la construcción de la capilla mayor.

Los siglos del gótico son los de la Europa cristiana en su expresión artística más sobrecogedora.

El incendio de Notre Dame fue un episodio triste aunque, por desgracia, muy frecuente en la vida de iglesias y monumentos con larga historia. Ya recordó José María Sadia en las páginas de este diario el que sufrió la catedral de Zamora.

Cuando veíamos la compleja cobertura de andamios que rodeaban la cúpula y chapitel de la catedral de París, como un airoso tejido metálico, no podíamos imaginar que tal artilugio técnico del que no se disponía en su construcción hace siglos, acabara siendo una tela de araña siniestra y por poco mortal.

Pero hay hechos que no quiero pensar sean presagio de otros. Es decir que Europa no arda. Que no prenda el fuego de la autodestrucción, después de haberse salvado de tantas guerras. Quiero pensar que Europa sea el trasunto de sus catedrales, esto es, la gran casa, el gran edificio capaz de resistir a incendios y terremotos naturales y políticos. Quiero también que no pierda su identidad histórica. "Europa, sé tú misma" pedía acertadamente Juan Pablo II. Ya sé que hay más rasgos de identidad junto con el cristiano. Pero ya que el artículo va de catedrales me gustaría acabar con los versos que el gran poeta Gerardo Diego dedicó a la fachada barroca de Santiago de Compostela, ciudad tan significativa en la Unión Europea:

"Aquella noche de mi amor en vela

grité con voz de arista aguda y fría:

-Creced, mellizos lirios de osadía,

creced, pujad, torres de Compostela."

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