27 de abril de 2019
27.04.2019
Los telares de Cris

De puertas adentro

España se olvida del mundo en una campaña de batallas internas

26.04.2019 | 20:42

Cuatro candidatos, dos debates -seguidos-, exactamente ni una palabra sobre política exterior. Tampoco sobre la de nuestro vecindario: ni presidenciables, ni periodistas, mencionaron la Unión Europea. Una España ensimismada se ha olvidado del mundo en unas elecciones bajo los mismos vientos que ya desbordaron lo imaginable en Estados Unidos, Brasil, Reino Unido o Italia.

Esta película ya la hemos visto. Spain no es tan diferente. Sin embargo, lo vivimos con el asombro de quien ignora. Nos las creemos; juramos sobre las encuestas como si hubieran hecho algo más que fallar estrepitosamente en los últimos años. Mirar por la ventana al mundo sirve, también, para saber por dónde viene la tormenta, cómo cala.

"Dicen que cuando en Nueva York son las tres de la tarde, en Europa son las nueve de diez años antes", escribe Enric González en sus Historias de Nueva York. El Washington de 2016 nos anunció la cresta de la ola que tarde o temprano acabaría por llegar, también, a nuestra orilla.

Dos días antes de las elecciones, un domingo de noviembre, campo a través, Donald Trump candidato convoca por sorpresa un mitin a medianoche. No hay luces, apenas organización, llega tarde. Hileras de personas, coches amontonados, dibujan en esas tierras de la Virginia rural la silueta de una peregrinación espontánea.

A los periodistas nos reciben con el grito de "Fake news" (noticias falsas), siempre en mayúsculas, como les ha enseñado a rezar cada mañana su magnate en la homilía matutina de Twitter. Cuando, por fin, aterriza, estalla un entusiasmo colectivo incoherente con una madrugada de lunes laborable a la intemperie del final del otoño. Ese día supe que Trump no sólo iba a ganar, sino que lo iba a hacer con holgura y escándalo.

La noche en que Hillary Clinton perdió su sueño presidencial ante un candidato concebido como mero entretenimiento, yo gané la apuesta en la redacción. Solo los que habíamos cubierto la campaña de Trump le dimos por ganador. Afiné el resultado esa noche de caminata con sus seguidores. No (todos) eran como los habían pintado. El trumpismo era más amplio de lo que se estaba contando. La caricatura acabó por retratar a los medios.

Ridiculizar a un grupo de votantes solo sirve de revulsivo. Clinton llamó "deplorables" a los seguidores de Trump. Al día siguiente ya sacaban pecho con sus camisetas de "orgulloso deplorable". Meses antes, en la Convención Republicana de Cleveland que bendijo a Trump como candidato, me dediqué a escuchar y perfilar a sus votantes inesperados -mujeres, latinos, jóvenes profesionales-. Esta película ya la hemos visto. Todo lo que nos preguntamos está tras la ventana. Abrámosla.

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