23 de abril de 2019
23.04.2019
El trasluz

Ni tanto ni tan calvo

Las prisas del mundo actual

22.04.2019 | 21:12

Cuando las catedrales se comenzaban en románico y se terminaban en gótico, el mundo iba más despacio que ahora. Mucho más despacio, de hecho. No había prisa. O no había instrumentos para ponerla en marcha. La historia de los seres humanos se podría resumir en la historia de la velocidad, aún por escribir. Notre Dame se construyó en dos siglos y se destruyó en una tarde. La destrucción, seguramente, se debió a las prisas, no a las prisas por destruir, se entiende, sino a las prisas por terminar la jornada laboral interminable y mal pagada. Ya veremos lo que dice la autopsia, pero lo que dice la realidad es que cada día hay que ajustar más los presupuestos. Si te presentas a un concurso de restauración de una obra de arte, lo primero que tienes que conseguir es que el papel se lea rápido. No estamos para perder el tiempo con matices. Eso es lo que se pierde uno cuando corre: el matiz. Por eso un servidor camina en lugar de hacer footing o running, ni idea de cómo se dice ahora.

Según los expertos, no podemos mantener la atención en nada más de cinco segundos porque el tiempo apremia. El tiempo, cuando las catedrales se levantaban en dos siglos, era el mismo de ahora, pero nosotros somos distintos. Todos los viajes nos parecen demasiado largos porque lo que nos interesa es llegar. Llegar, se entiende, para salir pitando de nuevo a otro lugar en el que tampoco haremos noche. Lo de "hacer noche" es una expresión de otro tiempo. Nadie pregunta ya dónde haremos noche porque se llega en el día a todas partes. Las prisas han alcanzado su cénit con la irrupción de las nuevas tecnologías. En lo que antes ibas a Correos para enviar un telegrama, produces ahora dieciocho correos electrónicos o cuarenta wasaps.

Recibes la noticia del fallecimiento del abuelo antes de que se haya muerto. Esta es otra de las consecuencias de las prisas: que sucede antes lo que debería suceder después. Las elecciones no han llegado, pero tenemos la impresión de haberlas sufrido ya, y más de una vez. Quizá dos o tres siglos sean demasiados para construir una catedral, pero tres horas para acabar con ella son demasiado pocas.

Ni tanto ni tan calvo.

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