07 de abril de 2019
07.04.2019
Sociólogo

Feria Raíces

06.04.2019 | 18:50

Me encanta el vocablo "raíces". Suena a experiencias vividas y compartidas, a esos vínculos que hemos forjado con quienes nos han precedido en un espacio, localidad o territorio, a las tradiciones y los saberes de antaño que nos han hecho ser lo que ahora somos. Todos tenemos raíces: el hogar, la familia, el pueblo o la ciudad de nacimiento, el barrio donde se ha jugado al escondite, el colegio donde nos han enseñado a juntar las letras, los parques donde alguien ha dado o recibido un beso por primera vez, los bares de las fiestas y el cachondeo, las plazas de los encuentros fortuitos, las estaciones donde hemos saltado de alegría por la llegada de un ser muy especial y, tal vez, derramado lágrimas por alguna despedida, o, ¡vaya usted a saber!, cualquier lugar que haya dejado huella en nuestra vida. Sin raíces es imposible entendernos a nosotros mismos y, por consiguiente, entender a quienes nos rodean. Las raíces son nuestro adn comunitario, ese legado de experiencias acumuladas que hablan de uno mismo y de los demás.

Por eso me encanta que se haya bautizado con tan hermosa palabra a la Feria Raíces, que ya va por su tercera edición. Una feria que pretende ser un escaparate de las personas que residen o trabajan en el mundo rural, ese espacio que hemos puesto de moda durante las últimas semanas a causa de las manifestaciones o revueltas de la España vaciada. La muestra, que podemos saborear en el recinto ferial de Ifeza, en la capital zamorana, nació hace tres años por el empeño de los Grupos de Acción Local (GAL) de Zamora. La finalidad, entonces y ahora, sigue siendo la misma: promocionar y fomentar el entorno rural de nuestra provincia en sus diferentes vertientes: cultura, artesanía, etnografía, gastronomía, etc., auténticas raíces de un territorio que necesita mantener sus esencias sin perder de vista que, para avanzar y seguir adelante, hay que conservar y mimar esos recursos que, además de ser únicos, forman parte de nuestras señas de identidad. Y lo son porque han sabido madurar sin perder de vista el origen, esto es, las raíces.

Yo he tenido la suerte de recorrerla el viernes y el sábado. Despacito, una veces solo y otras en buena compañía. Disfrutando del espectáculo de ver, oler o saborear un chocolate único, un queso espectacular, un chorizo que dan ganar de devorarlo, un vino que alimenta con solo verlo, una miel que endulza mucho más que la vida, unos garbanzos que solo esperan estar acompañados por algunos ingredientes y tantos productos más que hablan de nosotros, de un modo de hacer y también de ser. Quienes tuvieron la ocurrencia de poner en marcha esta feria deben estar orgullosos y contentos. Ha sido y sigue siendo un escaparate perfecto para darnos a conocer aún mucho más. Pero también es un espacio ideal para reflexionar sobre el presente y el futuro del mundo rural. No podemos quedarnos únicamente con la imagen de la decadencia y decrepitud de lo rural. Porque en los pueblos sigue habiendo vida, como demuestran todas las personas que durante estos días exponen sus productos en una feria que, de no existir, habría que inventarla.

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