12 de febrero de 2019
12.02.2019

Sobre el poder y sus vicios

El retrato cinematográfico de los líderes de Estados Unidos

11.02.2019 | 21:24

El frío y la curiosidad me llevan al cine para ver "El vicio del poder", una película de la que había leído críticas muy elogiosas y que tiene, además, el aval de ocho nominaciones a los Oscar de Hollywood.

La obra pretende reflejar el clima de histeria que se apodera de la sociedad norteamericana tras los atentados del 11-S y la subsiguiente reacción del gobierno de Washington que desembocaría en las agresiones militares contra Afganistán primero y contra Irak después que fueron escogidos como chivos expiatorios de la venganza imperial. Pero la trama cinematográfica se centra principalmente en la figura de Dick Cheney, vicepresidente con Bush, a quien se atribuye la formulación teórica del derecho a la represalia sobre dos naciones que no habían tenido nada que ver con la autoría de los atentados como se comprobó con el paso del tiempo.

Al Afganistán gobernado por los talibanes (por cierto antiguos socios de los norteamericanos para combatir a la Unión Soviética) se le atribuyó ser refugio preferente de los terroristas. Y al Irak gobernado por Saddam Hussein la supuesta posesión de unas llamadas "armas de destrucción masiva" cuya existencia nunca se pudo probar y que pasarán a la historia como una burda manipulación. (Si Saddam Hussein estuviera realmente en posesión de esa clase de armas nadie se hubiera atrevido a atacarlo). En aquel momento, con Bush huido de la Casa Blanca, Cheney se revela como el hombre frío que sabe aprovechar los atentados del 11-S para justificar la "guerra global contra el terrorismo". Y de paso prolongar el gran negocio de la carrera armamentística en una potencia que con la desaparición de la URSS se había quedado sin enemigo. De hecho, Cheney compareció ante los medios de comunicación para anunciar que en esa guerra contra un rival poco menos que invisible, los Estados Unidos se verían obligados a combatir en el "lado oscuro", una forma eufemística de aludir a toda clase prácticas represivas incluyendo entre ellas el asesinato, el secuestro y la tortura de elementos considerados como subversivos. Un "lado oscuro" de la acción política que incluía también la existencia de "contratistas" (combatientes aportados por entidades privadas), el envío de prisioneros a celdas de países amigos que toleraban los interrogatorios bajo tortura, difusión de noticias falsas etc, etc. Una forma siniestra de combatir que el secretario de defensa Ronald Rumsfeld (buen amigo de Cheney) quiso justificar en un artículo titulado "Un nuevo tipo de guerra".

La película no nos descubre nada que una persona medianamente bien informada no supiera antes de meterse en el cine, pero tiene el aliciente de mostrarnos en primer plano la vulgaridad de una clase política que no tiene nada que ver con la altura intelectual de los padres fundadores de los Estados Unidos de América del Norte. Y asusta pensar que personajes de esa calaña (como Trump ahora mismo) puedan acumular tanto poder. Porque el retrato que en la película se hace de Cheney, un hombre de pocas palabras y pocas lecturas, es demoledor. Y su ascensión al poder desde un pasado juvenil alcohólico y violento sería inexplicable si no conociésemos casos parecidos.

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