06 de febrero de 2019
06.02.2019

Se debería pensar no sólo en el qué, sino también en el cómo y en el de qué manera

La sociedad de libre mercado obliga a estar preparado para cuando surgen los cambios

05.02.2019 | 21:33

Si se cabrearan los carniceros del mercado minorista por dificultades surgidas en su relación con los ganaderos que les suministran las reses, o con las grandes superficies, no parece probable que les hicieran un corte de mangas a sus clientes, cerrándoles sus establecimientos sine die, porque, probablemente, en la medida que fuera pasando el tiempo, los partidarios de la carne se irían pasando al pescado ya que, al fin y al cabo, ese otro alimento también tiene proteínas. De nada serviría a los carniceros argumentar que la competencia de las grandes superficies les estaba haciendo la puñeta, porque el paso ya estaría dado, y lo mismo, que se acostumbra uno a una cosa se acostumbra a la otra, puesto que, en materia de alimentación, como en casi todo, no hay nada escrito.

Algo parecido sucedería si echaran el cierre determinadas franquicias de la industria de confección, porque la gente en lugar de comprarse las bragas de "Suave y delicada", se compraría las de "Sugestivas" de la competencia, que al fin y al cabo cumplen una misión parecida. Y lo mismo sucedería con los calzoncillos, pues tanto daría comprar los de la marca "Sugerentes" que los de la "Aquí estoy yo". Y a poco que se descuidaran los comercios, cuando decidieran volver a subir la trapa de sus establecimientos, se encontrarían con que la gente no les habría echado de menos en la medida que ellos habían imaginado, porque, al fin y a la postre, los gayumbos son todos parecidos.

Y es que no se puede castigar a los buenos, en esos casos a los clientes, para llamar la atención de los malos, que, en esos ejemplos, al tratarse de meras hipótesis, no sé sabe bien quiénes podrían ser.

Pero hay gremios que no parecen tener tal sensibilidad, como podría ser el de los taxistas de las grandes ciudades que, para reclamar a la Administración determinados derechos, que ellos entienden le corresponden, colapsan las ciudades haciéndole la puñeta a la gente, sin prestarles ese servicio público e impidiéndoles desarrollar con normalidad las actividades cotidianas cortando el tráfico de determinadas calles, aunque esos ciudadanos no sean otros que sus propios clientes, que nada tienen que ver con el objeto de sus reivindicaciones. Pero no parecen ser demasiado conscientes de ello, ya que al considerar que su futuro está en peligro actúan en función de aquello de "lo demás a mi plin y a mi plin lo demás", que decía una vieja vieja canción sandunguera.

Y los desdeñados clientes, durante ese periodo de tiempo, en que los han dejado de lado, se han ido acostumbrando a desplazarse de otra manera, porque en todas partes existen otros servicios públicos de transporte, ya sean autobuses, metros o tranvías. Y mucha gente ha llegado a usarlos por primera vez, habiendo podido comprobar que funcionan estupendamente, y que, sorprendentemente para algunos (Como para Joan Gaspar, conocido empresario catalán) no pasa nada por viajar en ellos. No hay mal que por bien no venga, porque con toda seguridad habrá más de uno que continuará usando esos otros tipos de transporte público cuando los taxistas decidan volver a prestar sus servicios.

Otro dato a tener en cuenta está siendo la constatación de que existe una mayor fluidez en el tráfico, en ciudades como Madrid, durante la huelga – 16.000 automóviles menos circulando – lo que indica que, si bien los taxis prestan un servicio necesario, también contribuyen a que el tráfico se haga mucho más espeso, puesto que, se encuentren ocupados o no, circulan en continuo movimiento por el centro de la ciudad.

Es lo que tiene vivir en una sociedad de libre mercado, que de vez en cuando cambian las condiciones y aparecen nuevos problemas, pero hay que estar preparados para irse adaptando a ellos. Eso ha pasado y seguirá pasando en muchos sectores, con independencia que podamos estar a favor o en contra de ellos.

Cada cual es libre de defender sus intereses como crea menester, pero siendo consciente de los inconvenientes que puede llegar a crear. De manera que no estaría de más, antes de actuar, pensar no solo en el qué, sino también en el cómo y en el de qué manera, porque hasta ahora los únicos perjudicados en ese conflicto de los taxis están siendo los propios usuarios.

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