11 de diciembre de 2018
11.12.2018

Los caballeros de la angustia

A propósito del partido entre el River Plate y el Boca Juniors

10.12.2018 | 22:46

Nadie nos ha explicado con suficiente claridad por qué se jugó en el estadio Santiago Bernabeu de Madrid la final de la Copa Libertadores, una competición que organiza la Conmebol, entidad deportiva privada que escapa de la jurisdicción del Estado argentino y a la propia FIFA. Y tampoco nadie nos ha explicado por qué unos incidentes entre seguidores de uno de los dos equipos finalistas (en este caso el River Plate) y la policía obligó a cambiar de escenario trasladando el final de la susodicha copa desde Buenos Aires a Madrid. Y menos todavía por qué un asunto de importancia exclusivamente local se ha transformado en un acontecimiento mundial gracias a la entrada en el negocio de poderosos medios de comunicación, que habrán sabido prefabricar un ambiente favorable a la rentabilidad publicitaria de sus patrocinadores. Una estrategia que no nos resulta extraña porque ya en el ámbito del fútbol español se dio durante unos años hasta que el halago y la protección a las organizaciones de hinchas violentos para animar la grada derivó en muertes como la del aficionado guipuzcoano Aitor Zabaleta y la del coruñés Francisco Javier Romero Taboada ("Jinmy").

Aitor Zabaleta, de cuya muerte se cumplen 20 años, fue apuñalado por supuestos hinchas del Atlético de Madrid y 16 años más tarde sufrió "Jinmy" parecida suerte sin que hasta la fecha se haya podido saber quiénes fueron sus agresores. La culpabilidad de los dirigentes de los clubes por estos siniestros patrocinios es obvia pero en aquellos tiempos era cosa sabida que los líderes de esa organizaciones, que no dudo en calificar de criminales, gozaban de privilegios como entradas gratuitas, locales para reunirse y hasta viajes pagados en autocar. De aquella época oscura recuerdo haber presenciado a la puerta de un estadio cómo el presidente de un club esperaba impaciente la llegada del autobús que traía a sus matones para introducirlos en la grada reservada a ellos. A todo esto, los ultras, que habían destrozado previamente los servicios de una gasolinera para abrir boca, venían escoltados por dotaciones de la policía nacional encargada de abrirles paso como si fuesen un rebaño de especial calidad. Todo esto afortunadamente ya pasó y tanto las autoridades como los dirigentes de los clubes parecen haber entendido que fomentar la barbarie es una actividad peligrosa. Y tal parece que en Argentina aún no han aprendido una lección tan elemental.

En otro orden de cosas, me hubiera gustado mucho que estuviese todavía en el mundo mi querido compañero, el periodista Marcelo Otero, para que me explicase lo que significa deportiva, social y políticamente un partido entre el River Plate y el Boca Juniors. Era todo un espectáculo oírle imitar la retransmisión de un encuentro entre dos equipos argentinos y cantar los goles con ese estilo ululante, orgásmico y exaltado de los locutores deportivos de su país O por qué llamaban los "caballeros de la angustia" a la famosísima delantera de River en la que figuraban Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Lostau. Esperaban hasta el último minuto para marcar el gol de la victoria.

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