10 de diciembre de 2018
10.12.2018

La Purísima de Salamanca

La pintura de José Ribera en la iglesia de la capital vecina remite a la grandeza de la que es capaz el arte

09.12.2018 | 20:27

Si hay una ciudad en España equiparable a las grandes ciudades del Renacimiento como Florencia o Milán, enseguida pensamos en Salamanca; y si en ésta, un templo de traza y belleza italianas, sin duda el de "La Purísima". El nombre del mismo es todo un símbolo de su significado artístico y religioso pues el enorme lienzo de la Inmaculada que ocupa buena parte del retablo del altar mayor fue pintado antes que hubiera planos de la iglesia que lo habría de albergar, y también fueron encargados previamente otros lienzos y elementos decorativos de la misma. Este inusual procedimiento de ejecución de obra tiene el eco de una verdad cristiana para el creyente: un templo para María que lo fue primero de Dios.

La iglesia de La Purísima que hoy funciona como parroquia, en principio se erige como capilla conventual de Las Agustinas y como panteón de los fundadores de la misma: la familia Monterrey.

Por entonces, como es sabido, de Italia venía lo mejor del arte y, sin miedo a exagerar, de todas las artes. En Italia se encontraba el pintor valenciano Ribera. España poseía el virreinato de Nápoles gobernado a la sazón por Manuel de Zúñiga y Fonseca que encarga a Ribera el cuadro nombrado. El pintor valenciano además de conocer las últimas tendencias pictóricas estaba al tanto del debate concepcionista en España, polarizado entre franciscanos y dominicos, pero con tendencia popular a favor de la concepción inmaculada de María que defendían la mayoría de teólogos franciscanos, uno de ellos el eminente Duns Scoto, profesor en la Universidad de París, que en medio de la polémica hubo de ser trasladado a Colonia para evitar la persecución de sus contrarios.

Ribera concibe el cuadro con calculada exaltación a María y en la línea de lo que el pueblo devoto siente por esa mujer humilde que aceptó el sagrado destino en La Anunciación. La controversia concepcionista, o sea si María nació con o sin pecado original, dio para muchos debates, sermones y libros, pero podemos resumirla en el silogismo que se hizo repetir como una sentencia: "Potuit, decuit, ergo fecit", traduciendo: "Pudo, quiso, luego lo hizo"; refiriéndose a la inapelable voluntad divina, sobre la Inmaculada Concepción de María. Sin embargo no fue proclamado dogma hasta bien entrado el siglo XIX, aunque muchas Universidades exigían, siglos antes, el voto concepcionista para el ingreso. El pueblo también se inclinaba a favor de una mujer libre de todas nuestras limitaciones por el hecho de su altísima misión en la tierra. Surgen así las Inmaculadas en el arte, como un anticipo artístico de la solemne resolución papal.

La Inmaculada de la Iglesia de La Purísima de Salamanca es una pintura cuya dimensión remite a la grandeza de lo que representa pero el tamaño del valor artístico no es menor. Ribera consigue una Inmaculada que supera las de pintores tan excepcionales como Zurbarán, Velázquez y Murillo, que ya es decir. Aquí María flota en un cielo con colores malvas, ocres y terrosos, que van del amarillo resplandeciente al rosa vivo del atardecer. Salamanca tiene amaneceres y puestas de sol que el campo charro tiñe de color como si fuesen acuarelas que el suelo depara al pincel de los rayos solares. En este telón de fondo vemos a La Inmaculada con el vuelo de su manto azul, de brillo lapislázuli, que no le resta humildad ni misticismo. Una dama como la descrita en el libro sagrado del Apocalipsis: " Apareció una mujer vestida de sol, con la luna a sus pies y una corona de doce estrellas". Con la distancia del tiempo, uno mira este cuadro y se queda anonadado contemplando arte y devoción, esplendor y buen gusto, armonía de formas y colores, sutileza y maestría, expresividad y contención. Cuando un pintor acepta un encargo de tal magnitud, no puede por menos de tomárselo como un reto personal y poner todo de sí para no sucumbir ante la potencia del mensaje que ha de transmitir y el miedo a quedarse corto en lo que ha de plasmar, a sabiendas que ha de tener un uso devocional de siglos. Y a fe que Ribera lo consiguió todo. Es un cuadro perfecto en su estructura. Fondo y forma en total equilibrio. Y si tenemos la suerte de poder contemplar con detalle el semblante de María –un poco alejado del espectador debido a las dimensiones y altura del cuadro– entonces no hay duda que la belleza del alma de ese ser retratado merece tal pintura espectacular, hecha con tanto amor como arrebato, con tanto dominio como tacto expresivo; narrando, sin pasarse del discurso.

Nos seduce ahora, como entonces, esa mujer inmensamente bella, esa dama Inmaculada que nos mira desde un cielo salvador, y sin duda salmantino.

Bien merece un poético piropo que tomo prestado del insigne vate del Siglo de Oro, Don Félix Lope de Vega, que escribió "La limpieza no manchada" , obra de teatro sobre la Inmaculada, por encargo de la Universidad. "Zagala divina/ bella labradora/ boca de rubíes/ ojos de paloma/ Santísima Virgen/ soberana aurora".

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