10 de noviembre de 2018
10.11.2018
Los telares de Cris

La ciudad de la furia

Un mes en Buenos Aires son tres años en cualquier otro lugar del mundo

09.11.2018 | 20:33

El 7 de noviembre siempre ha sido solo el cumpleaños de mi madre. No tengo ningún otro recuerdo en tres décadas asociado a esa fecha que no sea escribir un poema a mamá en una hoja de olor o enviarle flores al trabajo desde otro país. Ese nunca quedó refutado, como tantos otros, con Buenos Aires. Este 7 de noviembre fue algo más que el casi sesenta aniversario de mi madre: cumplí un mes en la gran capital argentina. Un mes que habrían sido tres años en cualquier otro lugar del mundo.

Hace cuatro sábados os hablaba en esta página de la vida de barrio en una ciudad cincuenta veces más poblada que Zamora, tres veces más densa que Madrid y con un área metropolitana que triplica la de Barcelona. Desde entonces, he conocido y me han atravesado tantos Buenos Aires como veces se levanta viento en esta primavera austral incipiente. ¿Qué te gusta más de Buenos Aires?, me preguntaba Anna el 19 de octubre (Instagram es una gran manera de documentar la vida) mientras comíamos unos panchos (perritos calientes) junto al estanque del Parque Centenario. La interrupción, qué pasan cosas, le respondí.

La calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre ti como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mires. ¡Oh, cómo cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba con otras gentes, que escribía Cortázar. Si tuviera que definir a Buenos Aires en un perfil de citas, diría que es impredecible, estimulante, espontánea, brutal, chamullera, entrañable, espectacular, intensa, nostálgica, exagerada, creativa, histérica, apasionada y apasionante. Una montaña rusa en una llanura. Las calles no tienen cuestas y no es una ciudad de altura porque se necesita todo el aire que un pulmón humano puede albergar para llegar respirando al minuto siguiente.

Si no habéis tenido mucho contacto con la argentinidad, os habrá llamado la atención una palabra de esa lista. El chamullo. Los españoles diréis: nosotros también tenemos palabrería. No, queridos compatriotas. Nuestra palabrería son juegos florales al lado del chamullo argentino. Aquí algo, para nosotros, tan literal e inofensivo como un "te aviso" es una declaración de guerra. Un "te aviso" significa que jamás te van a avisar de nada. Si "te avisan", date por jodida.

Pero lo que hace al chamullo un arte oscuro es lo que viene después de no avisarte. Si se te ocurre decir -ay, inocente mesetaria honesta y literal- oye, qué onda, nunca me avisaste, ahí llega la guinda del chamullo. Qué cuentos chinos, señores. Qué dominio del trilerismo. Es como ver a alguien moviéndote tres vasos sin bolita dentro y que, cuando levantes uno y no haya nada, te diga ay, qué pena, la próxima vez seguro. Seguro que Chenoa escribió el "cuando tú vas, yo vengo de allí" en un viaje a su Argentina.

Así es Buenos Aires. Puede ofrecerte lo más hermoso y lo más brutal en olas de menos de dos minutos de separación. Si alguien quiere introspección, tranquilidad, saber qué va a pasar en las próximas tres horas, que no se instale en Buenos Aires. Pero si tienes ganas de vivir la vida en su máxima potencia, de traspasar fronteras internas que ni sabías que existían y explorar todos los más allá, esta es LA ciudad. Este es un amor salvaje.

La ciudad de la furia, ya lo anunció al mundo la gran banda de rock argentina Soda Stereo en su Doble vida de 1988. Una ciudad que tiene lo más importante para un escritor y para muchos seres humanos entre los que me incluyo en primera fila: pasan cosas. No dejan de pasar cosas. Cualquier comparación con Buenos Aires, es injusta. Esto es un coctel único de genes, historia, geografías y coyunturas, como dicen aquí. Siete días antes del cumpleaños de mi madre, yo celebré mis 31. Creía que había hecho fiestas épicas difíciles de superar en una ciudad en la que no llevaba ni un mes y donde no tenía historia. Pero, Buenos Aires. Uno de los mejores cronistas de Iberoamérica y una gran artista de sonido cinematográfico se fueron a las siete de la mañana a comprar más cerveza mientras yo repartía churros rellenos de dulce de leche hechos por unos amigos venezolanos. Hacía dos horas que había amanecido. Solo en Buenos Aires.

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