13 de octubre de 2018
13.10.2018

Martes con mi viejo profesor

La escuela era el reflejo de una sociedad que no acababa de salir de los traumas de la guerra civil

13.10.2018 | 01:55
Martes con mi viejo profesor

Puede que les suene la cabecera de este artículo, pues copio del título de un libro de éxito que cuenta la intensa relación de un discípulo con su profesor. Un arreglo de cuentas contra el tiempo y el olvido. Un homenaje merecido a quien no lo pedía ni esperaba.

La semana pasada pude reencontrarme con uno de mis maestros de infancia. Ambos somos jubilados laborales; a él, una grave enfermedad estuvo a punto de jubilarle de la vida. Pero no podía morir, no sólo porque Dios no lo quiso, como él afirma, sino porque estaba pendiente, en la agenda de San Pedro, que volviéramos a vernos.

Era muy joven y yo muy niño cuando nos dio clase a un grupo de alumnos de Villarrín de Campos, que no han olvidado aquel profesor espigado y serio pero con don para enseñar los pronombres demostrativos y educar para saber vivir sin ellos.

Yo fui profesor también. Prefiero decir maestro, aunque esto lo deberían rubricar mis alumnos bajo el diploma que me dieron al acabar la carrera.

Ahora no toca hablar de mí, sino del maestro que veníamos diciendo. En aquel tiempo... (como empiezan algunos capítulos del evangelio) la enseñanza tenía lemas nada evangélicos: "La letra con sangre entra" y por tanto: "Quien bien te quiere te hará llorar". Nada de lo uno ni lo otro puso en práctica aquel jovencito profesor que llegó al pueblo con otros tres de igual método y talante. Nada de gritos, ni amenazas, nada de bofetadas o palmetazos.

Decía que en aquel tiempo, no tan remoto (años sesenta del pasado siglo) en España la enseñanza dejaba mucho que desear en muchas cosas, tanto en recursos humanos y materiales como en metodología. Tampoco la vida en el campo estaba exenta de carencias. Puede que tanta escasez dejase relegada en la mentalidad general la importancia de otras cosas que "no eran de comer". Era así, y la escuela era el reflejo de una sociedad que no acababa de salir de los traumas y penurias derivados de la guerra civil.

Que alguien enseñase sin manías autoritarias; nada violento y con ilusión, era de agradecer. Y vaya si el alumnado respondía a semejante entrega y dedicación!

Nuestro profe era de los que le gustaba su trabajo y se le notaba.

No le bastaba con las materias de libro, de las que hacía resúmenes digeribles como un puré, sino que sacaba tiempo para montar pequeñas piezas de teatro o coro musical.

Hay que tener pasión e ilusión poética para acompañar una zarzuela infantil con un armonio (!) pues así lo consiguió y con gran éxito entre niños y familias que no daban crédito a lo que veían y escuchaban arrobados. Los juegos de la fiesta colegial congregaban al pueblo, de público animando con carreras de sacos, bicicletas y hasta de burros, que en aquel tiempo era el biscuter más barato; competiciones deportivas con disputa de una copa que no daba menos alegría que la que por entonces ganaba el equipo de la capital de España.

Me gusta escribir, ya se ve, y con aquellos maestros entregados aprendí, entre otras cosas, la buena caligrafía, y el amor a las palabras bien puestas y servidas en la mesa blanca del papel. Concursos de Redacción y Declamación. Pequeña biblioteca de aula con aquellos libros enanos de la colección "ardilla". Competiciones de verbos, de cálculo mental. En fin... Podría enumerar más actividades intra y extraescolares (qué estarán diciendo mis colegas dejé en el tintero, pues aún escribíamos como Cervantes, solo que con pluma de latón), pero quiero añadir que yo mismo me asombro de poder acordarme de tanto, cuando apenas cumplía diez años. Bien se ve que la memoria es selectiva y elige quedarse con lo mejor. La suerte es tener mucho y bueno para elegir y no olvidar después de más de cincuenta años.

Mi viejo profesor, no se siente tal porque salió de un trance hospitalario tan grave que sólo cabría esperar de un joven robusto. Como tampoco quiere que le agradezca demasiado lo que él hacía, por gusto y vocación, esa que quiso desempeñar en la enseñanza primaria y secundaria, renunciando a ejercer en la universidad como se lo pedía el director de su tesis doctoral.

Martes con mi viejo profesor. En nuestro caso fue un sábado con radiante de sol de otoño que también nos estaba esperando, como un verano prolongado, para alumbrar tantas alegrías traídas a la mesa del café. Pagó él. No me dejó invitarle. Al despedirnos, sabíamos ambos que quedaban muchas cosas por contar y cantar, como aquella canción de Coro que él nos enseñó y dirigió en el salón de actos de la fiesta colegial: "Maite, yo no te olvido, ni nunca, nunca podré olvidar..."

Parece que además de buen profesor tuvo aciertos de profeta.

Gracias por siempre, hermano Graciliano.

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